Plan B (RyoDa) Cap 3



Título: Plan B
Autor: Lilith
Pairing: Ueda Tatsuya + Nishikido Ryo + OC
Fandom: KAT-TUN + Kanjani8
Tipo: Fic x Cap (4/4 Terminado)
Género: Shonen-Ai  / Angs / Romance / Escolar / AU /
17/05/14
N/A: Sería como genial si escucharan la canción que inspiro el fic en el capítulo 4 cuando Ryo se sube al escenario en el Festival Escolar ^^b Para hacerlo, sólo deben dar click al nombre de la canción junto a la notita musical.
To: Todas las fans que odian el RyoDa porque dicen que Ryo siempre es un bruto con Ueda y que su relación sólo es sexo DoSM. En especial a Tawsuna-sensei que dice que por eso no le gusta y prefiere el MaruDa XD 




PARTE 3: El oscuro laberinto y la bruja invisible.

Después de ese día, no pude sacarme de la cabeza su hermosa sonrisa. ¿Cómo podía verse tan diferente con tan sólo poner ese gesto simple en su rostro? Era como si fuese una persona totalmente diferente. Cuando volví, estaba profundamente dormido. La enfermera en turno me sorprendió acomodándole la almohada y mirándolo como bobo. Afortunadamente, se tragó el cuento aquel de que era mi mejor amigo desde el parvulario y hasta me permitió quedarme a pasar ahí la noche ya que al parecer no tenía ningún familiar, cosa que yo le confirmé con otra mentira para que me permitieran pasar el mayor tiempo posible a su lado no sólo ese sino todos los días mientras estuviera hospitalizado. Esa primera noche no pude pegar ojo. ¿Era verdad? ¿No tenía familia? Eso podría explicar tantas cosas de su comportamiento hostil. Pero... ¿por qué le había mentido a la policía con respecto a lo que le había pasado? ¿En serio le habían creído eso de que lo habían querido asaltar unos pandilleros y que su error había sido tratar de defenderse? No podía entender lo que pasaba por su cabecita loca. Pasé las primeras horas mirando su apacible rostro dormido. Probablemente era sólo debido a los tranquilizantes que le habían suministrado hacía un rato, pero yo prefería pensar que se debía a mi compañía. Me habían entregado sus pocas pertenencias: su chaqueta junto con el resto de su ropa, el maldito celular y su cartera. Sabía que estaba mal pero, mi curiosidad pudo más y terminé encendiendo el teléfono. Estaba muerto, la batería se había agotado. Por suerte para mí, era justo el mismo modelo que el mío, así que le cambié la batería. Nada. No había contactos en la agenda, ni mensajes de texto, historiales de llamadas, fotografías, historial de navegación, nada… era como si lo acabara de sacar de la caja. ¿Había arriesgado su vida por esto? No. Él no parecía ese tipo de persona. Algo mucho más importante debía haber de fondo para que hubiera arriesgado su vida de ese modo. Casi se me sale el corazón por la boca cuando el maldito aparato vibró entre mis manos mientras yo pensaba mil y un explicaciones para su temeraria acción. Un número desconocido, era de esperarse. ¿Estaba bien si tomaba la llamada? Podría ser alguien que lo conocía, tal vez algún pariente preocupado por su repentina desaparición. Movido por esa posibilidad salí de la habitación para contestar.
-¡MALDITO INFELIZ! ¡¡¡Sólo deja que te ponga las manos encima y te voy a arrancar la piel para hacerme una muñeca inflable con tu cara!!!- Brinqué en mi lugar. ¿Quién carajos le llamaba que le hablaba de esa manera? La voz me sonaba de algún lado. ¿Tal vez alguien de la escuela? –¡Casi me matas, imbécil! ¡Unos milímetros más y me das en la carótida! - ¿Pero de qué diablos iba este sujeto? -¿Por qué no dices nada? ¡¿Te has orinado del miedo al comprobar que no tuviste tanta suerte como para matarme cuando me apuñalaste?!- Abrí los ojos como plato. ¿Acaso realmente Ueda lo había…?
-¡Jefe!… no debe exaltarse de ese modo… El médico se lo advirtió…- Esa voz. Eran los sujetos del callejón.
-¡TE VOY A MATAR! ¡SÓLO DEJA QUE LES PONGA LAS MANOS ENCIMA A TI Y A LA ZORRA DE MIYUKI! ¡SE VAN A ARREPENT!…- La llamada se cortó. De inmediato borré el historial y le quité la batería al teléfono. Estaba sorprendido, pero al mismo tiempo me sentía bien, Ueda se había defendido y le había dado su merecido a ese tipo… Mi orgullo pronto dio paso al miedo. Con lo peligrosos que parecían esos sujetos, de seguro no bromeaban cuando decían que lo iban a matar por lo que había hecho. ¿Quién carajos era esa tal Miyuki? ¿Todo esto era por una estúpida mujer? ¿En qué rayos estaba metido este chico? Cada vez entendía menos. Me dolía horrible la cabeza. Necesitaba tomar un poco de aire fresco y caminar. Tenía que despejarme, o de lo contrario regañaría a Ueda por haber sido tan estúpido como para no haberse asegurado de matar al miserable ese que lo había lastimado así por segunda ocasión… ¿había sido la segunda ocasión? Casi podía asegurar que no.

-¡Yoooh!- No se veía muy feliz cuando me vio llegar a la mañana siguiente. -¿Me extrañaste, dulzura?- Su cara de palo nuevamente se hacía presente.
-Nada de “dulzura”… ¿Le mentiste a la enfermera para pasar la noche aquí?-
-¡Ay, no puede ser!... ¿No te importa el hecho de que alguien se preocupa por ti y quiera cuidarte mientras estás en el hospital sino la posibilidad de que haya pensado aprovecharme de ti mientras dormías?- Chasqueé la lengua haciéndome el indignado. –Maldita sociedad enferma…-
-¡Deja de hacerte el payaso! Tienes mis cosas, ¿verdad?- Asentí. Me estiró la mano. -¡Dámelas!-
-No quiero… no premio a los gatitos que se portan mal…- Ok. Oficialmente había resuelto el misterio de cómo lucía enfadado y no me había gustado el hallazgo. El puñetazo que me dio en el brazo por seguro dejaría un morete aparatoso durante varios días. Le entregué sus cosas, lo único que le importó fue el estúpido celular. -¿Qué le hiciste?-
-¡¿Yo qué?!... ¡Así estaba cuando me lo dieron!… se debió dañar cuando te apalearon en el callejón la otra noche…- Sí, sabía que había sido bajo de mi parte mentirle de ese modo, pero no lo expondría a esos sujetos otra vez. Prefería aguantar su berrinche porque su celular estaba inutilizable a que esos tipos volvieran a llamarle o peor aún, que este tonto gato kamikaze terminara de nuevo poniéndoseles de costal de arena por sabrá Dios qué motivo. Sin embargo, la explosión de enojo nunca llegó. En su lugar, un rostro pálido e inexpresivo. -¿Ueda?...- ¿En serio estaba llorando?
-Miyuki…- Temí que se rompiera en ese preciso instante si le hablaba siquiera. Se veía tan frágil y distante.
-¿Ueda?...- Salió de las cobijas y se sentó en la orilla de la cama con toda la intención de levantarse. -¿Qué haces? La enfermera dijo que no era buena idea que anduvieras por ahí todavía…- Si acaso me escuchaba, no daba señales de ello. Me manoteó bruscamente con la mano sana cuando intente detenerlo. Temí que se lastimara la otra mano, así que me hice a un lado para que saliera pero lo seguí de cerca. Parecía un zombi recién levantado de su tumba. Lo iba cuidando porque estaba seguro de que en cualquier momento se iría de bruces con sus propios pies. Llegó dando traspiés hasta la sala de espera y comenzó a mirar en todas partes como un loco. De la nada echó a correr hacia un rincón. ¿Un teléfono público? -¡Hey! Tranquilo…- Obviamente no le daba tono porque no traía monedas. -…niño tonto… si necesitabas hacer una llamada me lo hubieras dicho…- Le extendí mi celular. Lo tomó como si fuera su vida la que dependía de ello. Marcó las teclas más rápido de lo que creí que fuera posible. Pero nada. Intentó una y otra y otra vez… sin ninguna respuesta. Se dejó caer de rodillas al suelo.
-Miyuki…- Me sentí horrible por verlo en ese estado. ¿Quién demonios era esa mujer para que él se pusiera así?
-Tranquilo… regresemos al cuarto… puedes volver a intentar llamarla más tarde, ¿vale? Te prestaré el celular todas las veces que quieras hasta que lo consigas…- Apenas sintió mi mano en su hombro, se giró y se echó a llorar como niño pequeño en mi pecho. Lo estreché con fuerza. –Ueda…- Estuvo triste y callado el resto del día. Marcando una y otra vez aquel número, que ya me sabía prácticamente de memoria, hasta que el cansancio lo venció. ¿Había hecho bien al descomponerle el teléfono? ¿Le habría pasado algo a esa chica? ¿Qué tenía que ver ella en todo esto? Empezaba a sentirme realmente mal por lo que había hecho. Pero entonces recordé el tono amenazante de aquel sujeto y concluí que había sido lo mejor. Preferible tenerlo deprimido que muerto. De eso estaba seguro.

Los siguientes tres días se pasaron tan lentamente que dolía. Estaba más tranquilo, pero no había vuelto a su ánimo habitual. Aunque... ¿cuál era su humor habitual? Entre más tiempo pasaba a su lado, más me daba cuenta de que no sabía nada de él. En algún punto, aquello se volvió insoportable para mí. Quería estar a su lado pero no sabía cómo. Quería decirle algo que lo hiciera sentir mejor, pero no sabía qué. Necesitaba un poco de espacio para respirar, me estaba ahogando entre mis propios sentimientos, así que esa mañana me fui derecho a la escuela en vez de pasar primero al hospital.
-¡Qué milagro! Yo pensé que ya te habían abducido los extraterrestres… ¿dónde estabas, Ryo-chan?- Por primera vez entendí lo fundamental que era su estúpida y molesta existencia en mi vida. -¿Ryo?...- Entendía la razón de su desconcierto. No era normal que yo lo abrazara ni que nos diéramos cursis muestras de afecto.
-Déjame estar así un momento…- Esa era la primera vez que compartíamos algo tan sentimental e íntimo en todos los años que teníamos de conocernos. Una vez que lo solté, no hizo por preguntarme nada, aún si en verdad quiso hacerlo, se quedó callado y se tragó sus dudas. Creo que de algún modo, entendía cómo me sentía e incluso, tal vez, si no era tan idiota como a veces quería que pensáramos, podía ser que supiera el motivo de mi inusual comportamiento. Entré sólo a mi primera clase. Necesitaba desahogar todo lo que sentía y no conocía mejor forma de hacerlo que tocando mi guitarra. Él se quedo mirándome desde el otro lado del salón sin decir nada todo el rato. Una vez que me sentí más tranquilo, me despedí de Jin y me fui al hospital. Ya podía ser capaz de llegar a verlo con una sonrisa y servirle de apoyo antes de que lo metieran a quirófano para la siguiente cirugía. Si su mano podría o no volver a ser la de antes, sería dependiendo de cómo resultara esta operación para reconectar los nervios periféricos. Él no podía saber cuán aterrado estaba yo con todo aquello. Ya era suficiente con que él se sintiera morir de miedo e incertidumbre.
-Buenos días, bella durmiente…- Había permanecido inconsciente por casi un día entero. Se veía tan cansado a pesar de todo lo que había dormido.
-¿Sigues aquí?... Empiezo a creer que fui un maldito nazi en mi vida pasada para tener el karma tan apestado…- Me sentí aliviado de que hubiera vuelto a la normalidad. Podían llamarme masoquista, pero prefería que me estuviera agrediendo a que pasara las horas con la mirada perdida en la nada y sin decir una sola palabra.
-Sí, probablemente… y yo debí salvar un país entero en la mía para haber tenido el gusto de conocerte en esta… ¿Tienes hambre? Yo siento que mis tripas se han devorado mutuamente desde la mañana…- Rió levemente. Me sentí mal por destruir mi momento de cursileria con una broma tan tonta, pero me sentí muy extraño por haber soltado semejante frase sin pensarlo siquiera. Yo también reí.
-Auch…-
-¿Qué pasa?...-
- No me hagas reír idiota… Me duele…-
-¿Dónde te duele? ¿Las costillas? ¿El estómago?...- Miré su rostro esperando una respuesta. -¿La mano?-
-Obvio… ¿dónde más si no?...- Silencio. Los dos nos miramos fijamente. Un par de sonrisas bobas. Un fuerte abrazo. Todo estaría mejor a partir de ahora.

Su ánimo mejoró bastante después de que el Doctor le informara que todo parecía ir de acuerdo a lo esperado. En un par de días podría dejar el hospital y en unas semanas más, cuando la herida fuera menos dolorosa, podría iniciar con la rehabilitación. Después de que lo habláramos seriamente, logré convencerlo de que no se diera de baja, pedir un permiso de ausencia por motivos de salud sería más conveniente, con suerte la recuperación iba mejor de lo que pensaba y podría volver el siguiente semestre a la escuela. Poco a poco terminó contagiándose también de mi optimismo. Pero sólo yo sabía que a veces, cuando pensaba que yo estaba profundamente dormido, Ueda lloraba por horas oculto bajo las mantas.

El día que le dieron de alta pasé a recogerlo a primera hora. Le había llevado ropa limpia y cambié mi día de descanso con uno de mis compañeros para poder estar con él toda la tarde. Cuando llegué, él ya estaba firmando los papeles de salida y pagando la cuenta de los gastos médicos. Al verlo guardar la tarjeta de crédito nuevamente en su cartera, entendí, que había muchas cosas que aún tenía que saber sobre él antes de sentir que nos habíamos vuelto más cercanos. ¿De dónde sacaba el dinero para mantenerse solo si no trabajaba? ¿Acaso era dinero que obtenía de aquel hombre a cambio de algo? No quise seguir pensando en cosas inútiles. Eso no ayudaría.
-¡Yooooh! He venido a recogerlo, joven amo…- Lo alcancé en la recepción y lo saludé con una educada inclinación como haría un sirviente con alguien de una familia de alcurnia.
-Idiota…- Me dio un golpecito en la frente con el dedo y se rió. La chica del otro lado del mostrador nos dirigió una mirada divertida y le entregó una carpeta llena de lo que parecían ser sus exámenes médicos, las facturas y a saber qué cosas más. Los tomé y nos despedimos de ella dándole las gracias por sus atenciones.
-¿A dónde lo llevo joven amo?...- Su rostro se ensombreció de repente. Eso era algo que nunca se me había pasado por la mente. ¿Esos hombres sabían dónde vivía? ¿Tenían modo de rastrear su teléfono o los movimientos de su tarjeta de crédito? –Vamos…- Lo tomé con cuidado del brazo y eché a andar hacia la avenida.
-¿A dónde?...-
-Pues a dónde más, tonto… a mi casa… no me voy a arriesgar a que te pase algo si te pierdo de vista otra vez. Mira cómo terminaste la última vez que no te tuve cerca…- No hubo respuesta, tan sólo se dejó llevar. Me sentí mucho más tranquilo una vez que cruzó mi puerta y puse el seguro.

-¡Hey, man!- No me di cuenta de que Jin venía hacia mí hasta que lo tenía encima. -¿Qué has estado haciendo estos últimos días que no tienes tiempo ni para mí? ¿Acaso te hiciste una novia y no me habías dicho nada, maldito?-
-Mmm, algo así…- Me miró perplejo.
-¿Es en serio?... ¿Puedo conocerla?- Estaba más emocionado que si fuera él quien tuviera la novia.
-Nop…-
-¡Eh! ¿Por qué?...- Hacía pucheros como niño mimado.
-Porque acaban de darle el alta del hospital y necesita estar en reposo… eso es imposible si tú estás cerca.-
-Mmm… en eso tienes razón… ¿Pero está bien? ¿Qué le pasó?-
-Sí, estará bien… tuvo un accidente en el trabajo con un cuchillo…- Eso no contaba precisamente como mentirle a mi mejor amigo, ¿verdad?
-Tsssssk… que mala onda, supongo que es a lo que se refieren con gajes del oficio…-
-Sí, supongo…- “Gajes del oficio…” No podía dejar de darle vueltas al asunto.
-¿Y entonces?-
-¿Qué?...-
-¡La apuesta!… No hay modo de que puedas ganar ahora.-
-Sigue en pie…-
-¿Estás bromeando? La Princesa no va a regresar, ¿cómo podrías ganar la apuesta? Quedan tres semanas hasta el Festival Escolar, ¿sabes?…-
-Eso déjamelo a mí, ¿quieres?- Ya no sabía ni por qué lo hacía, tan sólo me molestaba su sonrisa burlona. No quería dejarlo ganar.
-Si tú lo dices… Bueno, cuida a tu chica, suerte con la Princesa, y yo iré por ahí a tontear con los chicos… Nos vemos.- Nos despedimos cerca del edificio administrativo, que era a dónde me dirigía. No quería arriesgarme a que Ueda caminara cerca de aquel callejón otra vez, así que yo me encargaría de todo el papeleo para tramitar su permiso de ausencia y de entregar sus justificantes médicos para que no perdiera este semestre, estaba seguro de que después de lo que le había pasado y de sus resultados escolares hasta el momento, sus profesores no se opondrían a evaluarle el curso en base a lo que ya había logrado, yo podría incluso estar entregando sus tareas, lo que sea que hiciera falta para ayudarlo.

Poco a poco nos empezamos a acostumbrar a esa nueva rutina de vivir y convivir juntos. Él se había empezado a abrir un poco más y yo aprendía muchas cosas nuevas sobre su vida. Era gracioso cómo podíamos pasar del amor al odio en cuestión de segundos, pero precisamente, era debido a eso que nunca nos aburríamos. Aún había cientos de cosas que quería preguntarle, pero sabía perfectamente, que volvería a levantar el muro si se sentía presionado y lo que menos quería era que retrocediéramos después de todo lo que había logrado avanzar para alcanzarlo. Los momentos de silencios se habían vuelto frecuentes, pero a diferencia de antes, ya no eran silencios incómodos, sino de entendimiento. A veces nos quedábamos acostados uno junto al otro en la cama mirando la puesta de sol por el ventanal sin decir una sola palabra… otras, llegaba y se sentaba frente a mí observándome mientras tocaba la guitarra… otras veces era yo quien se quedaba las horas contemplando su rostro mientras componía o escribía canciones sobre simples hojas de papel.
-¿Has pensado qué sería de tu vida si no tuvieras la música?...- Su pregunta me tomó por sorpresa. Me quedé mirando el techo en silencio mientras pensaba seriamente en la respuesta.
-No… creo que sin importar qué pasara, siempre encontraría la manera de seguir teniendo la música en mi vida…- Crucé mis brazos bajo mi cabeza.
-Mmm… ya veo…- Sentí que se acostaba a mi lado. Mucho más cerca de que lo que siempre hacía. Su cabeza descansaba en mi brazo como si aquello fuera la cosa más normal del mundo. -¿Sabes?... Cuando decidí que la música era mi vida, tenía sólo diez años, mis padres enloquecieron… ellos deseaban otro tipo de futuro para mí. La única que siempre me apoyó con todo eso de mi sueño de ser famoso y cambiar al mundo con mi música, fue Miyuki…- El sólo escuchar su nombre hizo que se me retorcieran las tripas. Estaba celoso. –Ella era como la Luna que velaba por mí en los momentos más oscuros del día… Ella siempre me guió de la mano por el camino más brillante… Yo quería ser un hombre del cual ella pudiera sentirse orgullosa…-
-¿Tu primer amor?- No podía soportarlo más, tenía que preguntar o la duda me asfixiaría por completo. Era la primera vez que lo escuchaba reír de ese modo. Me giré incorporándome de lado sobre el colchón para observarlo bien porque no daba crédito a lo que pasaba. Pero no, no alucinaba, Ueda estaba riendo a carcajada suelta por primera vez desde que lo conocí. Lo que vieron mis ojos fue simplemente hermoso. Su sonrisa tenía una especia de magia. Poco a poco su risa se detuvo. Nuestras miradas se encontraron. Sus labios… los míos… un beso. Sus mejillas ruborizadas completaron aquel precioso cuadro. Mi corazón había descubierto lo que era el amor. Porque eso era precisamente lo que sentía por él. No había modo de que siguiera mintiéndome a mí mismo. Ni siquiera quería intentarlo ya.

Después de ese primer beso, el muro que nos separaba desapareció por completo. Por fin fui capaz de conocer al verdadero Ueda. Y cada detalle suyo me hacía quererlo más y más… aún si a veces podía ser un poco infantil y mimado, eso lo hacía tierno y yo amaba que dependiera de mí para las cosas más simples. Por supuesto que nuestras agresiones verbales y físicas continuaban, eso le daba un toque picante a nuestro día a día. Había cosas que ambos acordábamos sin decir una palabra, cómo cuando era momento de detener las bromas o cuando era necesario decir algo y romper el silencio. Moría de curiosidad, pero sabía que tenía que esperar para escuchar el resto de su historia. Tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo y mientras pudiera seguir teniéndolo así entre mis brazos cada mañana al despertar, cualquier espera valdría la pena.


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Plan B (RyoDa) Cap 2



Título: Plan B
Autor: Lilith
Pairing: Ueda Tatsuya + Nishikido Ryo + OC
Fandom: KAT-TUN + Kanjani8
Tipo: Fic x Cap (4/4 Terminado)
Género: Shonen-Ai  / Angs / Romance / Escolar / AU /
17/05/14
N/A: Sería como genial si escucharan la canción que inspiro el fic en el capítulo 4 cuando Ryo se sube al escenario en el Festival Escolar ^^b Para hacerlo, sólo deben dar click al nombre de la canción junto a la notita musical.
To: Todas las fans que odian el RyoDa porque dicen que Ryo siempre es un bruto con Ueda y que su relación sólo es sexo DoSM. En especial a Tawsuna-sensei que dice que por eso no le gusta y prefiere el MaruDa XD 




PARTE 2: El Príncipe que no sabía darse por vencido.


Me sentía como la más inservible de las basuras. 
Había pasado por todo eso y… ¿qué había logrado?... Nada.
Simplemente me había arrancado yo sólo las alas. 
Tan inútil como una mariposa que ya no puede volar. Un gusano destinado a morir.

Había ido directamente a la telaraña, sabiendo que lo único que podría encontrar ahí sería dolor y muerte, y aun así, ahí estaba, tocando la maldita puerta verde en aquel oscuro callejón del burdel disfrazado de restaurante del cual era propietario ese repugnante sujeto.
-¡Vaya, vaya!… ¡Mira que tenemos aquí!- Lo odiaba. Era el ser viviente al que más odiaba en todo el universo. Asco. Todo de él me provocaba náuseas. No podía sentir nada más por ese hombre además de esas dos cosas. Se hizo a un lado para permitirme el paso y cerró la puerta una vez que lo hice. –Qué cosa tan maravillosa es la juventud, ¿no crees?… Quién diría que hace tan sólo un par de días te tiramos en el callejón como un costal de huesos machacados.- Esa maldita sonrisa que tantas veces había visto ya. -Supongo que has venido por tu preciado juguetito… ¿me equivoco?- Metió la mano al bolsillo interior de su carísimo saco de diseñador y sujetó mi teléfono justo frente a mi nariz.
-Si ya lo sabes, entonces dámelo y acabemos con esto rápido…- No me moví ni un centímetro de donde estaba. Sí, lo miraba de un modo amenazante, lo estaba retando con cada célula de mi ser, pero por dentro… estaba muriendo de miedo. Como siempre.
-¿Por qué la prisa, hermanito? ¿Acaso no te gusta pasar tiempo con la familia?- Me rodeó los hombros con su brazo, oprimiendo mi hombro con fuerza para que lo siguiera por el pasillo hasta su despacho, con demasiada fuerza. Fácil era veinte centímetros más alto que yo y a diferencia de mi delgado cuerpo, el suyo parecía el de una bestia de carga curtida por los años de trabajos forzados. -¿Quieres algo de beber?- Me extendió un vaso con lo que parecía ser whisky. -Ah… perdón, me olvidaba de que los niños no beben alcohol… ¿leche tibia?- Esa asquerosa sonrisa de medio lado que siempre me mostraba cuando estábamos a solas jugando a la “familia feliz”. -¿O acaso quieres otra cosa?- Se relamió los labios mirándome de pies a cabeza. Lo miré fijamente recitando mentalmente todas las maldiciones soeces que conocía. -¡Con un demonio! ¡Odio que te veas así!- Rodeó de nueva cuenta su escritorio de caoba dando grandes zancadas hasta regresar a donde yo estaba de pie. –Me haces perder el control, Tatsuya…- Acarició mi cabello desde la nuca y deslizó su mano hasta mi barbilla para obligarme a levantar la cabeza y hacer que lo mirara a los ojos. -¿Cómo puedes hacerme esto? Eres mi adorable hermanito…- Ahí estaba de nueva cuenta, mirando con esa repugnante expresión lujuriosa mis labios a medida que su dedo pulgar se paseaba a su antojo sobre ellos. La furia en mi interior se intensificó, y como siempre pasaba en este tipo de situaciones, lo miré de tal forma, que carraspeó para aclararse la garganta y me apartó el rostro con brusquedad retrocediendo hasta la silla de respaldo alto que estaba detrás del escritorio. -¿Y bien?... ¿Cambiaste de opinión con respecto a lo que te pedí la última vez que nos vimos?- Silencio. No había necesidad de que le respondiera. Mi respuesta seguiría siendo la misma y él lo sabía. -No me irás a decir que sí eres lo bastante estúpido como para haber vuelto aquí si tu respuesta sigue siendo un “no”, ¿o sí?- Apreté los dientes. Estaba enojado, quería golpearlo, romperme cada hueso de las manos moliéndole a golpes la cara… pero sabía que nunca había sido ni sería rival para él y eso me aterraba, porque el resultado de intentarlo siempre había sido el mismo. -¿En serio? ¿Regresaste sólo por este estúpido aparato?- Lo sostuvo con desprecio frente a sus ojos. -¿Te importa más el poder estar en contacto con Miyuki a través de esta cosa que tu propia seguridad?-
-¡Por supuesto que sí!- Estaba en problemas, esa mirada suya me lo gritaba.
-Mmm… ya veo… si así es como quieres que sean las cosas… de acuerdo.- Lanzó mi celular directo a mis pies. Me quedé inmóvil un momento. Debía pensar rápidamente mis movimientos antes de salir de ahí si es que quería salir en una pieza. Me agaché a recoger mi teléfono y lo guardé en el bolsillo de mi chamarra. Aparté por solo un breve instante mis ojos de él. –Tan ingenuo como siempre…- Para cuando lo dijo ya había sido demasiado tarde, el primer golpe ya me había dejado sofocado en cuatro contra la alfombra dando grandes bocanadas de aire para intentar recuperar el ritmo de mi respiración. –Niño estúpido y egoísta…- Se acuclilló frente a mí y me agarró del cabello levantándome hacia arriba la cabeza hasta dejarla a la altura de su rostro. Podía percibir el sabor del whisky como si yo me lo hubiera bebido. -¡Miyuki es mía!...- Me dio un cabezazo en la nariz que me obligó a cerrar los ojos completamente mareado.  -¡Será tu hermana pero es mi esposa!- Un puñetazo. -¡Y un mocoso como tú no tiene ningún derecho de hacerse el héroe y esconderla de mí!- Otro puñetazo. Y otro… y otro más. Me soltó. No pude ni siquiera pensar en meter las manos, era inútil, caí como un muñeco. No podía respirar con normalidad, algo líquido me obstruía la garganta pero no tuve ni tiempo de toser o vomitar. Permanecí inmóvil en el suelo encogido sobre mí mismo, intentando protegerme de sus patadas. -¡Si no estás dispuesto a devolvérmela, entonces ocupa su lugar!- Sentí el peso de su cuerpo sobre el mío y sus enormes manos tratando de deshacerse de mi ropa sin mucho éxito debido a la posición en la que me encontraba pero haciéndome daño en varias partes en el proceso. - ¡Deja de resistirte! ¡Yo sé que lo deseas! ¡¿Crees que no me daba cuenta de cómo me provocabas?! ¡¿De que siempre estabas mirándome de ese modo?!- Se irguió sobre sus rodillas para sacarse de encima el saco y la corbata.
-¡ESTÁS LOCO! ¡¡¡Siempre me has dado ASCO!!! ¡¡¡TE ODIO!!!- Aproveché el momento para golpearlo con todas mis fuerzas en la entrepierna, se dobló del dolor y me arrastré lejos de él intentando ponerme de pie. Cosa que logré con dificultades después de varios intentos fallidos debido a la estúpida desesperación que me invadía en ese momento. Apenas si lo conseguí, empecé a toser escupiendo la sangre que aún quedaba en mi garganta y el espasmo me obligó a sujetarme del mueble que estaba cerca de la puerta. Un segundo que me costó realmente caro. Lo siguiente que supe fue que me había agarrado por la nuca y me estrelló el rostro de lado contra el muro dejándome en esa posición en la que me era difícil moverme porque mis pies apenas tocaban el suelo lo suficiente para mantenerme de pie por mi propia cuenta. No podía enfocar bien debido al golpe. Mis manos trataban de estabilizarme en esa posición al tiempo que se revolvían frenéticas sobre la superficie en busca de algo con lo que pudiera defenderme mientras él desabrochaba mis pantalones con su mano libre. El terror se apoderó de mí por primera vez en toda mi vida. Esto no podía estarme pasando. Mis dedos habían dado con algo metálico y delgado que después de un gran esfuerzo pude sujetar. Aproveché que me soltaba, al parecer para deshacerse de sus propios pantalones, y me giré alcanzando su rostro con el objeto que aferraba con todas mis fuerzas en la mano derecha. Un grito colérico de dolor. Estaba libre. Corrí hacia el pasillo en busca de la salida. Pero nunca esperé que su gorila estuviera justo afuera de la oficina. Esa mueca burlona destruyó todas mis esperanzas cuando me vio en el suelo después de que rebotara contra su pecho como un insecto insignificante.
-¿A dónde vamos con tanta prisa?- Intenté recuperar la compostura y atacarle también, pero había sido inútil. Con una facilidad ridícula detuvo mi mano y me aplicó una llave que me dejó inmovilizado nuevamente contra el suelo con su rodilla clavándose dolorosamente en mi espalda.
-¡¡INFELIZ!! ¿Te has atrevido a desfigurarme el rostro? ¡Me has rajado la cara como si fuera un maldito animal en matadero!- Cerré los ojos. Si iba a morir, al menos estaba feliz de saber que mi vida no se habría apagado en vano. Mi hermana y el bebé que llevaba en su vientre estarían a salvo. Él jamás podría encontrarlos. En mi celular no había absolutamente ningún número guardado, no había registros de llamadas ni mensajes de texto. Estaba en blanco. Sólo yo conocía el número de Miyuki de memoria, y ella sabía que sólo debía responder el teléfono si la llamada provenía desde mi número y si no la llamaba, ella nunca, por ningún motivo debía intentar ponerse en contacto conmigo, pues si no lo hacía cada día a la misma hora, era porque ellos seguramente me habían atrapado y algo malo me había pasado. Miyuki… de seguro debía estar muerta de angustia después de que no la llamase en los últimos días. No importaba, con tal de que estuvieran a salvo, no me importaba sacrificar mi propia vida. Odiaba saber que yo sería el causante de sus lágrimas, pero eso era poco comparado con saber que podría tener una vida feliz lejos de todo el infierno en el que terminamos metidos al morir nuestros padres en aquel trágico accidente y que nuestras vidas pasaran a pertenecerle a ese asqueroso hombre por una maldita deuda. Que ingenuos habíamos sido entonces al creer en su buena fe. Toda la vida habíamos vivido creyendo la mentira que él nos había mostrado, pensando que era alguien en quien podíamos confiar. Alguien que era como de nuestra familia. Y todo ese tiempo, lo único que quiso fue quedarse con todo lo que era de mi padre. -¡Esta te va a salir cara!... ¡Levántalo!- Me dejé hacer, ya todo daba igual. Por primera vez desde que mis padres murieron, me sentí tan pequeño y vulnerable. Si tan solo hubiera podido abrazar a Miyuki una última vez. -Saca a todos del restaurante. Será imposible que no lo escuchen gritar después de lo que voy a hacerle…- Tiró con ambas manos todo lo que estaba sobre el escritorio y me arrebató el objeto que todavía aferraba entre mis dedos. Su perro guardián desapareció de la habitación tan pronto como me tiró boca arriba sobre el mueble con todo el afán de lastimarme. A lo lejos escuché su ronca voz gritando indicaciones a los empleados para que desalojaran el local. Podía darme una idea de lo que me pasaría a continuación, lo vi beberse de un trago el vaso de whisky y remangarse la camisa deshaciéndose en el proceso del cinturón. Traté de girarme para levantarme, pero todo me dolía horrores. –Sabes que odio la idea de marcar tu hermoso cuerpo con algo que no sean mis caricias… pero ya que no me dejas otra opción…- Trazó una línea sobre mi pecho siguiendo la costura de los botones de mi camisa con el pequeño objeto que me quitó de las manos. Ardía. Cerré los ojos. Si tan sólo lo hubiera dejado decirme lo que quería el día que nos conocimos… Si tan sólo lo hubiera dejado acabar de decirme lo que quería el día que lo golpeé… Su estúpida y brillante sonrisa llenó mis pensamientos. Sonreí. De ese modo en que había querido corresponderle todas las sonrisas desde el día en que lo conocí. -¿Sonríes? ¿Hasta un miserable como tú sabe tener sentimientos humanos?... Lo odio…- Una intensa punzada de dolor rompió mi hilo de pensamientos. Hasta entonces supe, cuando lo vi enterrado entre mi mano y la superficie de madera, que aquel objeto con el que lo había atacado no era otra cosa sino un abrecartas. –Sí… así me gustas más… con lágrimas en los ojos… gritando de dolor…- Mi corazón latía como loco debido a la adrenalina. Mi mano… mi sueño… mi música… su sonrisa… “…déjame ayudarte, no estás solo…” Esas simples palabras me golpearon con tanta fuerza que hicieron eco dentro de mi cabeza. Su boca se paseaba sin descaro sobre mi pecho desnudo lamiendo la ligera herida que escocía bajo su tacto, subiendo poco a poco hasta mi cuello. –No sólo te ves como una chica… incluso hueles como una de ellas… Apuesto que incluso gimes igual de dulce…- Lamió mi oreja. La chispa del odio en mi interior se avivó como nunca antes. -De haberlo sabido, nunca habría elegido a tu hermana… Ella es tan inútil en la cama… Y en todos estos años ni siquiera ha podido concebir un hijo mío…- Me tomó bruscamente de las mejillas y comenzó a besarme de un modo tan salvaje que me hacía daño. Esta era mi oportunidad. La única que tendría si es que quería salir de ahí con vida.
-A-ah, oniisan…- Gemí contra su oído al tiempo que pasaba mi brazo por su nuca.
-¡Oh, sí, mi hermoso, Tatsuya!… Déjame escucharte…- Sus manos bajaron hacia mis caderas buscando apresar mi trasero para abrirse paso entre mis piernas. Era el momento. Me arranqué el abrecartas de la otra mano y lo apuñalé en el cuello cerca de la clavícula. –¡Qué caraj…!- Se levantó de inmediato y se llevó la mano a la herida. Su rostro se desencajó de terror al ver su propia sangre. Lo pateé con todas mis fuerzas y cayó despatarrado contra la pared. Me levanté y salí corriendo tan rápido como podía, aferrando mi mano herida y el abrecartas contra mi pecho. Nadie iba a impedir que saliera de ahí para que pudiera volver a ver su estúpida sonrisa en la escuela y que abrazara nuevamente a mi hermana.  Corrí… Corrí como nunca antes había hecho. Corrí hasta que sentí que me iba a morir. Mis piernas ya no podían dar más. No sabía hasta dónde había llegado. Sólo escuchaba el bullicio de la gente a mi alrededor, probablemente estaba cerca de la estación del subterráneo. Me dejé caer de rodillas junto a una jardinera afuera de una tienda que olía a galletas. Enterré el abrecartas entre las plantas. Sin arma homicida no habría pruebas en mi contra… ah tenía tanta hambre… Quería reír por mi propia estupidez, pero no tenía ni siquiera fuerzas para eso. Ryo tenía razón… la estupidez sí era algo altamente contagioso.
-Chico… ¿estás bien?... ¡Está herido!- Una voz amable. Una cálida mano en mi rostro.
-¡Alguien llame a una ambulancia!... No te preocupes… vas a estar…- Otra voz que no había escuchado nunca. Y luego, nada.

Abrí los ojos sin tener la más mínima idea de dónde estaba o qué día era. Paredes blancas, un techo desconocido. ¿Estaba en el hospital? Sí, por el olor que se respiraba, eso era lo más probable. Mi primer reflejo fue mirar cómo estaba mi mano. No la sentía en absoluto. Un escalofrío me recorrió la espalda. La herida no había sido tan grave como para que tuvieran que amputármela, ¿verdad? No, mi mano seguía en su lugar…. Entonces… ¿por qué no podía sentirla? Un ataque de pánico se empezó a apoderar de mí.
-Buenos días… ¿Cómo te sientes?- Una mujer me hablaba dulcemente pero yo no podía apartar los ojos de mi mano. -¿Te sientes mal? Estás muy pálido…-
-Mi mano…-
-¿Te duele? Eso sería bueno, porque quiere decir que no hubo daños en los nervios…- ¿Qué? ¿Acaso…? Pasaron tantos pensamientos por mi cabeza en ese momento. Ya no pude escuchar lo que aquella mujer decía. Ni siquiera supe en qué momento salió y regresó a la habitación hasta que escuché una voz diferente hablándome.
-Ueda-kun… escucha, necesito que entiendas un par de cosas en relación a la cirugía que realizamos cuando te ingresaron al Hospital anoche…- Sí, podía escuchar claramente todo lo que el hombre decía, pero no podía creerlo. Esto no podía ser cierto.

Era un completo inútil. La peor persona. Había estado dispuesto a morir por proteger a mi hermana pero… saber que tal vez jamás podría recuperar la movilidad de mi mano derecha… que jamás podría volver a tocar el piano… yo… sentía que eso era peor que la muerte. Otra operación en un par de días para tratar de reconectar los nervios dañados, cuidados postoperatorios, terapia de rehabilitación, un bajo porcentaje de recuperación. Todo sonaba como una cruel burla del destino. Toda mi vida se había tornado nuevamente una pesadilla… una de la cual parecía que nunca iba a despertar. Quería llorar, esto había sido demasiado. Pero no podía, las lágrimas no estaban ahí. Me sentía como una vacía cáscara de mí mismo. Salieron de la habitación dejándome a solas. Dormir. Era lo único que deseaba. Despertar y estar en esa cálida cama dentro de ese tirado apartamento de los suburbios, con una estúpida nota escrita a la carrera y pegada en la tapa del tazón de una sopa que era demasiado buena para ser hecha a mano. “Llámame cuando despiertes…” Suspiré. ¿Qué me había hecho ese chico para que fuera lo único en lo que pudiera pensar cuando peor estaban las cosas? –Ryo…- Susurré su nombre buscando algún consuelo. Quería verlo. Qué tonto era, estaba claro que él no se aparecería por esa puerta por arte de magia sólo por el hecho de que yo así lo deseara. La puerta se abrió lentamente. ¿Era broma? Su sonrisa, esa con la que siempre lo veía haciendo el tonto a mi alrededor, esa que tantas ganas tenía de volver a ver, estaba justo frente a mis ojos. No pude evitarlo. Mis labios terminaron correspondiéndole el gesto por primera vez. Si en verdad estaba soñando, no quería despertar nunca más. Era feliz. Por primera vez en mucho tiempo, era realmente feliz. Sus ojos me miraban como si no pudieran creer lo que estaban viendo, como si yo fuera un espejismo. Las lágrimas habían empezado a fluir a través de mis mejillas. Su sonrisa dio paso a una cara de espanto y entró a toda prisa.
-¿Ueda? ¿Estás bien? ¿Te duele algo?- Se aproximó torpemente hasta mi lado y comenzó a examinarme la cara y los brazos en busca de la herida que me tenía en ese estado.
-¡Idiota! Me lastimas…- Se detuvo.
-Lo siento…- Rió con esa cara de tonto que tanto echaba de menos y se frotó la punta de la nariz con el dedo índice.
-¿Qué no sabes tocar a la puerta antes de entrar en la habitación de otra persona? ¿O es que acaso tu inteligencia es tan poca que no sabes para qué carajos sirven las puertas?- Lo miré como siempre. Parecía confundido. Luego frunció el ceño. Estaba enojado.
-No, no lo sé… Soy idiota, ¿recuerdas?... así como cierta Princesa no sabe el significado de la palabra “peligroso” cuando decide hacer visitas nocturnas a los barrios yakuzas para recuperar un estúpido celular…- Ambos nos quedamos callados. Sus palabras me habían dolido pero podía sentir en ellas su preocupación. No podía enojarme realmente con él. Quería disculparme, pero no sabía cómo. Probablemente él tampoco sabía qué decir. Tan sólo nos mirábamos con cara de pocos amigos. -Bueno, bueno… debo disculparme contigo por ello, pero parece que tenía razón… la estupidez sí se pega… ¡Estamos completamente contagiados! Ya me aseguraré de golpear a Jin por ti cuando lo vea, él es la fuente de infección…- Su risa tonta terminó por hacerme reír también. Esto era como un dejavú ridículo. La preocupación desapareció de sus ojos cuando me vio riendo de ese modo. Era la primera vez que reía desde hacía… ni siquiera podía recordarlo. –Deberías reír más a menudo… te ves mucho más lindo así…- Me despeinó cariñosamente y se levantó para salir de la habitación. ¿Acaso ya se iba? Me sentí extraño, no pude seguirlo mirando. Me había sonrojado. -¿Te molesta si vuelvo?-
-¿Eh?...- Levanté la mirada. ¿Había escuchado bien?
-¿Qué si te parece bien si regreso cuando salga de mi trabajo de medio tiempo?- Me sonrió nuevamente. Una sonrisa que nunca le había visto antes.
-U-uhn…- Asentí torpemente devolviéndole la sonrisa con la misma ternura.
-¿Qué quieres que te traiga para cenar?-
-Sopa de la que me compraste aquel día…- Su carcajada llenó la habitación.
-¡Pero si ni siquiera te gustó! ¡No te la comiste! Y no era comida de restaurante, YO la hice…-
-¡No estoy TAN contagiado para creer esa estupidez!...- Volvió a reír.
-Tienes razón… tu caso está peor que el mío… al menos yo admito que eres un prodigio tocando el piano… pero tú no puedes reconocer mi talento culinario… Todo un caso de Bakanishitis aguda…- Se fue riendo de lo más divertido, podía escuchar su risa escandalosa aún después de que cerrara la puerta. Yo ya no podía reir. ¿En serio creía que yo era un prodigio? ¿Qué iba a hacer ahora? La música era todo lo que tenía. Sin la música no era nada. Incluso él amaba al yo que estaba unido a la música.




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Plan B (RyoDa) Cap 1




Título: Plan B
Autor: Lilith
Pairing: Ueda Tatsuya + Nishikido Ryo + OC
Fandom: KAT-TUN + Kanjani8
Tipo: Fic x Cap (4/4 Terminado)
Género: Shonen-Ai  / Angs / Romance / Escolar / AU /
17/05/14
N/A: Sería como genial si escucharan la canción que inspiro el fic en el capítulo 4 cuando Ryo se sube al escenario en el Festival Escolar ^^b Para hacerlo, sólo deben dar click al nombre de la canción junto a la notita musical.
To: Todas las fans que odian el RyoDa porque dicen que Ryo siempre es un bruto con Ueda y que su relación sólo es sexo DoSM. En especial a Tawsuna-sensei que dice que por eso no le gusta y prefiere el MaruDa XD 




PARTE 1: La Princesa que no quería ser rescatada.


-Hola!...- Como de un metro setenta, piel blanca, cabello lacio y negro recogido a un estilo muy rock star. Un chico bastante "bonito" para ser precisamente un chico. Se detuvo y se sacó los audífonos de un lado. -Soy Nishikido Ryo del departamento de Artes Interpretativas...- Rostro inexpresivo, ropa cara y un poco gótica. Sus grandes ojos oscuros me miraron con tanta frialdad que por un momento quise darme la vuelta y volver a donde estaban mis amigos esperando por mí. Una ligera mueca casi imperceptible se dibujó en sus labios rojos por un segundo. ¿Una sonrisa? ¿Estaba molesto? -Sabes?... Siempre he pensado qu...- Y así, sin más, me dejó ahí a medio pasillo hablando solo.
 
Llegar, presentarme, mantener su atención en mí por lo menos tres minutos de conversación trivial, conseguir su número y lograr que se despida de mí con una sonrisa. Sería pan comido. Al menos eso pensé cuando acepté la estúpida apuesta de Jin.

-Bueno... Creo que lo de “Princesa de Hielo” no es sólo un apodo debido a su apariencia, ¿eh?...- Llegó apoyando su brazo en mi hombro como hacía siempre que quería molestarme por nuestra diferencia de estaturas.
-Cállate, Bakanishi...- Me lo quité de encima bruscamente. No estaba de humor para las estupideces de mi amigo. ¿Quién demonios se creía el niño bonito ese para someterme a tal humillación pública? Simplemente no podía creerlo. Estaba realmente molesto. Todos los que estaban ahí en ese momento me conocían y se estaban riendo por lo que acababan de ver.
-¿Debo tomar esto como que perdiste la apuesta, Ryo?- Esa risa burlona de verdad me tocó las narices.
-¡Quisieras!... Esto solo fue un recorrido de reconocimiento del terreno... Nadie se puede resistir a mis encantos, ya te lo dije. Y cuando digo nadie, es NADIE.- Miré a lo lejos al chico que se había largado sin que me lo esperara siquiera.
-¡¿A dónde vas?!- Gritaba mi amigo al ver que me iba en sentido contrario a donde se había ido él.
-A donde tu idiotez no me moleste por al menos diez minutos...-
-¡Pero si también te puedo acompañar al baño!- A veces era en serio insoportable estar con este sujeto pero le quería, siempre había sido mi mejor amigo.



Después de ese desastroso primer encuentro, un gen que no sabía que tenía en mi cadena de ADN se activó. Ya no me iba a conformar con sólo obtener su número y una sonrisa. No señor. Nadie volvía a Ryo Nishikido el hazmerreír de la escuela y se iba partiendo plaza como si fuera de la realeza.

Al día siguiente me arreglé como si fuera a ir a la cita del milenio y me fui a la Universidad. Sin duda era mi día de suerte. Apenas si llegué, lo vi a lo lejos sentado en una jardinera cerca de la escalinata de entrada de la biblioteca. Me acomodé el estuche de la guitarra, el cuello de la chaqueta,  despeiné un poco mi cabello y avancé hacia él con paso seguro y mi mejor sonrisa. Supongo que sintió que lo miraba fijamente porque levantó la vista de su libro. Me había salido con la mía. Parpadeó tres veces al reparar en mí, como si le costara creer lo que veían sus ojos. Tres metros... Nuestras miradas seguían conectadas. Dos metros... Poco a poco su gélida máscara volvió a cubrir su rostro de porcelana. Un metro... Lo pasé de largo y subí hasta la puerta doble de madera que permanecía abierta para que todos “entraran en busca de conocimiento” en aquel recinto. Ahora era yo quien sentía sus ojos sobre mí. Sonreí triunfalmente, tal vez, y solo tal vez, no tendría que pagar esa estúpida apuesta después de todo.

Un nuevo día. Un nuevo plan. El mismo objetivo: descolocarlo y hacer que bajara la guardia para poder traspasar ese muro que siempre estaba a su alrededor.

Apenas crucé el jardín principal, divisé a mi objetivo a unos diez metros de donde yo estaba. Para mi suerte, había un grupo de chicos a los que conocía de mi clase de Guitarra a unos dos metros de donde él estaba parado. Así que me dispuse a atacar. Lo miré fijamente con la misma sonrisa encantadora que el día anterior y avancé a paso veloz hacia la jardinera. Amplié mi sonrisa y levanté la mano, uno de aquellos chicos, me había visto y me había saludado, así que le devolví el saludo pero lo hice  mirando fijamente a mi delicada presa que había fruncido el ceño levemente en un evidente gesto de confusión. Al menos sí era humano y mostraba emociones. Mi sonrisa salió naturalmente. Me sentía feliz de haber aprendido algo nuevo acerca de él. Esa expresión de incomprensión lo hacía lucir incluso un poco tierno. Siguió con la mirada cada uno de mis movimientos… Y de nueva cuenta, yo lo pasé de largo hasta donde estaban mis compañeros, a los cuales salude con más ánimo de lo habitual y con los que me fui rumbo a nuestro salón para nuestra clase de composición. Podía sentir sus ojos clavados en mi nuca, seguramente estaba formulando nuevamente maldiciones en mi contra. Eché a reír ante la sola idea de la situación. ¿Cómo se vería su angelical rostro desfigurado por algo como el enojo? Era un misterio que de momento no podía darme el lujo de resolver.

Pasaron dos días hasta que me decidí a hacer un nuevo movimiento. Esa tarde iba de salida de mis clases de canto y no tenía turno en mi trabajo de medio tiempo, así que quería aprovechar la oportunidad para observar más de cerca a mi enemigo. La Facultad de Piano estaba en el edificio frente al nuestro, bastaba con escabullirse por ahí como si fuera algo que hacías todo el tiempo para que nadie te notara. La mayoría de los estudiantes de esa ala eran como gatos callejeros… todos individualistas y arrogantes, siempre a la defensiva y sin preocuparse por nada ni nadie que no fueran ellos mismo. Todos inflados de orgullo. No me resultó muy difícil encontrar a la Princesita. Afuera de una de las aulas del segundo piso había una gran cantidad de chicas amontonadas para mirar a través del angosto cristal de la puerta al alumno que tocaba una hermosa melodía en el piano. Llegué hasta ahí movido más por la curiosidad de saber quién tocaba con tanta proeza que por el hecho de que fuera extraño ver a todas esas acosadoras en el pasillo susurrándose regaños entre ellas por elevar su voz o halagos hacia el pianista. Sinceramente me sorprendió un poco ver que era justo él quien tocaba dentro sin inmutarse siquiera de lo que pasaba afuera. Pero fue bastante interesante lo que aprendí estando detrás de sus “fans”… Ueda Tatsuya era un prodigio. El hermoso y elegante gato de raza pura cuyo talento brillaba intensamente entre todos los demás gatitos de la prole. Un niño de dinero que se había revelado contra su familia para poder perseguir su sueño de ser músico. Un alma torturada por un misterioso y trágico pasado del que al parecer todas sabían pero ninguna se atrevía a mencionar. La lejana estrella a la que todos querían alcanzar pero que nadie se atrevía a tocar. Y no, no era porque fuese solamente el chico más popular de esa Facultad y que nadie mereciera estar cerca de él, sino por el horrible carácter bipolar y hasta agresivo que la Princesita poseía. Al parecer, era del tipo de gato salvaje con problemas de actitud que atacaba sin misericordia con sus afiladas garras a todo aquel que osara profanar su sagrado espacio intrapersonal. Fue hasta ese momento que comprendí, que todos aquellos cuchicheos no se debían a burlas porque me haya dejado hablando solo aquel día en el pasillo, sino porque nadie daba crédito a que me haya dejado ir sin decirme nada desagradable o al menos golpearme por haberme detenido frente a él mientras caminaba e incluso hablarle de la nada sin conocerle. ¿Era en serio? ¿Quién demonios era este chico? ¿Acaso sentía que era demasiado especial como para que cualquier otro ser humano lo mereciera? Ya había escuchado suficiente. Me fui a mi casa a tomar una ducha fría. En serio lo necesitaba, porque de lo contrario, habría entrado en aquel salón y lo hubiera golpeado hasta sentirme mejor. Y sé que me habría arrepentido a los cinco minutos… en serio quería volver a escucharlo tocando el piano. No podía sacarme aquella nostálgica y hermosa melodía de la cabeza.


-¡¿Se puede saber qué carajos estabas haciendo ayer afuera de mi salón de prácticas?!- Sí, lo admito, me había tomado completamente por sorpresa.  Ni siquiera lo vi venir. Jamás pensé que fuera a buscarme y mucho menos para agredirme o preguntarme algo así. Era una ridiculez. Y sin embargo, estaba sucediendo. Me había empujado contra la pared lateral del Auditorio.
-Ni siquiera sabía que tú estabas ahí… No te creas tan importante, Princesa…- Me zafé de su agarre y me fui hacía donde era mi destino por principio de cuentas. Podía sentir sus ojos clavándose en mi nuca como si fueran agujas de hielo.
-¡¿Ese era el niño bonito?!- Jin tampoco daba crédito a lo que acababan de ver sus ojos.
-Tal vez…- Asentí sin darle mayor importancia al asunto. Aún después de treinta segundos podía sentir todavía su penetrante mirada sobre mí y la sensación no desapareció sino hasta que doblamos a la derecha y entramos al Auditorio Principal. Gracias a él, había estado de mal humor por el resto del día.

A partir de ese día decidí no volver a buscarlo. Prefería mil veces pagar la estúpida apuesta que tener que lidiar con ese loco. Sí, estaba siendo un crío, pero estaba realmente enojado. Por desgracia, y como a menudo sucede en mi vida, nada me sale como lo planeo. Justo cuando bajé del tren lo vi parado a mi lado en el andén a tan sólo dos pasos por delante de mí. Por suerte no me había visto, pero si echaba a andar sería imposible que no lo hiciera y de seguro terminaríamos discutiendo de nuevo, la verdad no estaba de humor para aguantarlo desde primera hora de la mañana, ni siquiera había tomado todavía mi desayuno, no quería matar mi estómago con una úlcera; así que me quedé de pie justo donde estaba y mirando al piso para que no reparara en mí en lo absoluto. De reojo vi que guardaba su celular en el bolsillo y echaba a andar hacia la salida. Caminé mucho más lento de lo normal para quedarme a una distancia bastante prudente de él. El siguiente tren había llegado, era mi oportunidad de camuflarme entre la multitud y salir de ahí, pero… no lo hice. Actuaba raro, y no dejaba de recibir mensajes de texto que lo hacían tensarse de pies a cabeza. Mi maldita curiosidad pudo más que mi lógica y continúe caminando un par de metros por detrás de él. Una vez en la calle, caminamos por el sendero que llevaba a la escuela, pero cerca del distrito comercial se detuvo, me oculté detrás del anuncio de una tienda de ramen, lo vi doblar a la izquierda en un pasillo, salí de mi escondite y lo seguí. ¿A dónde diablos había ido? Eso era un callejón, y uno de la más baja calaña, por cierto; no podía haber simplemente volado ni esfumarse en el aire. Escuché un ruido, así que me adentré. Contenedores de basura, porquería y pestilencia, era lo único que había ahí, una puerta color verde. De nuevo ese ruido como de cosas estrellándose contra algo de metal. ¿Acaso estaba ahí dentro? ¿En qué diablos andaba metido ese chico? Escuché voces. Discutían. Me escondí por un costado del contenedor de basura más cercano a la puerta de lo que, a juzgar por el olor, era un restaurante de mariscos.
-…te lo había advertido…- Tan sólo por la voz sonaba como a un sujeto peligroso. -…jugar con fuego te ibas a quemar…- Una risa sádica y de nuevo ese sonido. -…bes que odio que me digan que no…- Un golpe estridente contra la pared. -…vaya! ¡¿Aún puedes ponerte de pie?!- La puerta se abrió de pronto y un cuerpo cayó violentamente contra el piso. Un cuerpo que no hubiera reconocido de no ser por el teléfono celular que yacía a su lado fuera del bolsillo de su chamarra. Un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Estaba vivo, verdad? Sí, trabajosamente pero respiraba. –Espero que esto te dejé una lección valiosa, mi pequeño Tatsuya…- Un golpe seco que sacudió el bulto tirado y un quejido lastimero que se escapó de él. El chirrido de la puerta y el estruendo del metal al cerrarse de golpe. Silencio. Sentía mi corazón latiendo sin control. ¿Debía ayudarlo? ¿Estaba bien involucrarse con este chico? Debía haber perdido por completo la cabeza.
-Oye… ¿puedes ponerte de pie?...- Pronuncié en voz baja estando de cuclillas a su lado. Su rostro perfecto estaba irreconocible debido a los golpes y la sangre que le apelmazaba algunos mechones de cabello. No se movía. La expresión de su rostro gritaba dolor. –Vamos… debemos salir de aquí…- Como pude lo levanté. Había escuchado ruidos adentro. Lo arrastré conmigo hasta mi anterior escondite. Lo estreché con fuerza contra mi cuerpo para evitar que nos descubrieran.
-Ya no está, Jefe…- Una voz diferente a la de antes.
-Vaya… ese mocoso es más resistente de lo que parece…-
-¿Jefe?... Se ha dejado el móvil…-
-Guardémoselo… nuestro querido hermanito tendrá que volver por él… Lo necesita más que cualquier otra cosa.- De nuevo cerraban la puerta. Lo acomodé como pude en mi espalda y salí de ahí tan rápido como mis pies me lo permitieron.

Seguí caminando, pero… ¿a dónde demonios íbamos?
Tenía que formular un plan.
Así fue como terminamos en el parque cercano a la Universidad. Lo recosté en una banca que estaba afuera de los aseos y fui hacia allá por agua. Limpié un poco sus heridas. Se veía realmente mal. ¿Qué había pasado para que lo golpearan de ese modo? Tomó mi mano por la muñeca. Mi corazón dio un vuelco por la sorpresa. Entreabrió los ojos. Parecía confundido. Volvió a cerrar los ojos en una mueca de malestar.
-¿Ueda?-
-Dé-déjame… en… paz…- Apartó mi mano de su cara con un brusco movimiento y se incorporó. Su rostro se desfiguró por el dolor. Se llevó la mano al estómago.
-¿Quieres que te lleve a alguna parte? No pensarás ir a la escuela así, ¿verdad?- Sí, estaba genuina y sinceramente preocupado por él. Tenía mil preguntas flotando en mi cabeza en ese momento, pero ninguna podía ser formulada porque me dolía verlo en ese estado. Se veía tan frágil. No era nada cercano a la imagen arrogante y fría que conocía de él.
-Sólo dé…jame en paz…- Se levantó con trabajos de la banca y echó a andar sin rumbo aparente, dando pasos cortos e inseguros.
-No vas a llegar muy lejos en ese estado…- Sin estar muy seguro de lo que hacía, caminé detrás de él. Se detuvo.
-¡¿Y eso a ti qué te importa?!- Me agarró por la solapa de la chaqueta. Esos sujetos tenían razón: él era más resistente de lo que aparentaba. ¿Cómo tenía fuerzas para amenazarme de ese modo después de la paliza que le habían dado?
-No es que me importe…- Me zafé de su agarre. -…es sólo que te ves tan patéticamente mal en este momento que no puedo dejarte solo… Lo siento, soy débil contra los animalitos heridos… Culpa por ello a mi abuela…- Oprimí con mi dedo su mejilla. Se encogió sobre sí mismo debido al dolor.
-¡Si serás…!- Intentó darme un puñetazo, no tuve que esforzarme mucho en esquivarlo. Perdió el equilibrio y de no ser porque alcancé a sujetarlo con mi brazo por un costado, hubiera ido a parar al suelo.
-Sí, sí… mañana puedo ser lo que tú quieras… pero por hoy vas a ser un buen gatito y vas a quedarte quietecito hasta que te sientas mejor.- Le di un par de palmaditas en la cabeza. Esperaba un golpe o al menos un insulto, pero no hubo respuesta de su parte. -¿Ueda?- Sentí su cuerpo tan ligero. Nuevamente había perdido la consciencia. -¿Qué voy a hacer contigo?- Al final decidí que no tenía otra opción más que llevarlo a mi casa. Me quedé con él prácticamente todo el día. Su rostro parecía tan tranquilo ahora, se veía más como un niño que dormía plácidamente una siesta que como un chico desmayado por una paliza. No quería, pero tuve que dejarlo ahí porque tenía trabajo. “Llámame cuando despiertes…” fue lo único que escribí en la nota junto con mi número antes de pegarla en la tapa del tazón de sopa que le había preparado y salir. Inevitablemente estuve toda la tarde pensando en él. ¿Cómo es que estaba relacionado con esos sujetos? ¿Por qué lo habían golpeado de ese modo? ¿Por qué había ido ahí por principios de cuentas? ¿Drogas? ¿Deudas? ¿Prostitución? ¿En qué carajos andaba metido? Volví a casa tan pronto como pude, todo estaba a oscuras y en silencio. ¿Seguía durmiendo? Apenas si había probado bocado. La nota no estaba. Él tampoco. ¿En qué demonios pensaba yéndose en ese estado? Ya me encargaría de enseñarle un poco de modales la próxima vez que me lo topara.

No lo vi en la escuela al día siguiente. Tampoco el día después de ese. ¿Estaría bien? ¿Habrían sido muy graves sus heridas? ¿Habrá ido al hospital? ¿Estaría comiendo apropiadamente?
-¡Hey! ¡Espabila! Tenemos que ir a clase, tenemos examen, ¿recuerdas?- Aquel codazo en las costillas me regresó a la realidad. Jin tenía razón, tenía cosas mejores de las que ocuparme que estarme devanando los sesos en preguntas cuyas respuestas tal vez nunca iba a escuchar. Después de todo, Ueda y yo ni siquiera éramos amigos. No tenía por qué estarme preocupando por él como si fuera mi novia o algo así.



Esa mañana había amanecido bastante nublado, probablemente llovería. Odiaba ese clima. Pero tenía que ir a clases, así que me hice al ánimo y salí de casa. Al salir de la estación del tren lo vi. Parecía estar buscando algo.
-¡Yoooh!- Llegué y le di una palmadita en la espalda. Brincó asustado. Me miró como el primer día. Me dio risa. Ese chico no tenía remedio. -¿Qué haces? ¿Perdiste el cascabel de tu correa?- Me acuclillé a su lado. Me lanzó una mirada que asustaría a cualquiera.
-¿No te cansas de ser tan idiota?- Aquello me arrancó una carcajada. Ahora entendía perfectamente lo que debía sentir mi amigo cada que yo le decía lo mismo.
-Bueno… supongo que después de tantos años de tener al mismo idiota como mejor amigo, algo debía pegárseme de él… a veces creo que la estupidez es contagiosa, ¿sabes?- Le sonreí. Sus ojos chocolate se clavaron en los míos. Por un segundo, sólo por un segundo, juro que lo vi sonreír. -¿Qué buscas? Si te ayudo probablemente lo encuentres más rápido…-
-Mi celular…- Mi sonrisa desapareció. -¿Sabes dónde está?- Se puso de pie. Por inercia lo imité. Asentí. -¿Tú lo tienes?- Su tono era rudo, pero su mirada era más bien de alivio. Negué dando un paso hacia atrás. –Pero sabes dónde está, ¿verdad?- No quería mentir pero tampoco quería decirle la verdad. Tenía un mal presentimiento. Desvíe la mirada hacia el pavimento. –El callejón…- Un suspiro apesadumbrado. Levanté la vista sorprendido. -…nos vemos.- Se dio la vuelta y echó a andar hacia allá.
-¡Espera! No irás a volver a ese sitio, ¿verdad? Sabes que te van a volver a dejar como comida para perros si te apareces en ese lugar…- Lo sujeté del saco.
-Sí… lo sé…- Su mirada perdió completamente su brillo. Parecía una muñeca de porcelana: hermosa, pero fría y sin vida.
-¿Y aun así vas a ir? ¡No seas idiota! ¡Es sólo un estúpido celular!…- Sus ojos se abrieron de par en par.
-¿Un estúpido celular?... ¡Tú no sabes nada!- Se zafó de mí mano de un jalón y dio un paso hacia atrás. Sus ojos estaban llenos de odio pero no parecía ser yo quien se lo generara, era más como si hubiera recordado algo muy desagradable.
-¡Tienes razón, yo no sé nada! ¡Pero sé que esos sujetos son peligrosos!…¡ No deberías volver a involucrarte con ellos!…- Me mantuve firme, mirándolo como si fuera un niño desobediente al que estuviera regañando por su propio bien.
-¡No tengo otra opción!- Sonaba más angustiado que furioso. Sus manos temblaban a sus costados. Sus ojos se empezaron a poner vidriosos. Su respiración agitada. Sabía de sobra lo que eso significaba: miedo y desesperación.
-¿Qué es…? ¿Dinero? ¿Drogas? ¿Prostitución?... Dime y te juro que encontraremos una solución… Ueda, déjame ayudarte, no estás solo… Yo te pr…- Me derribó de un puñetazo.
-¡¿En serio que eres idiota?! ¡No me compares con la gente que conoces como para rebajarme a su mismo nivel!... Si todo fuera tan sencillo como eso, nada de esto habría pasado…- Ahora sí estaba seguro de que esa mirada resentida era contra mí. No me importaba, al menos había desistido de ir a aquel asqueroso callejón, se había ido en dirección a la escuela. Lo seguí en silencio sin acercarme demasiado hasta que lo perdí de vista cuando subió las escaleras hacia su salón de clases.



-¿Y bien?...- Conocía el significado de esa sonrisa.
-¿De qué hablas?..- Me hice el occiso.
-La apuesta… el Festival Escolar se acerca…- Se sentó a mi lado y me dio el volante del evento que tendría lugar en la escuela al final del período.
-Estoy en ello…- Guardé mis cosas dentro de mi mochila.
-¿No te vas a dar por vencido? Es imposible que lo logres después de lo que pasó…- Algo en el modo en que dijo aquello me dejó en claro que él sabía algo que yo desconocía.
-¿Imposible? No conozco el significado de esa palabra…- Me puse de pie.
-Parece que la Princesa no va a regresar a la escuela…- Aquello fue más de lo que podía manejar.
-¿Q-qué dijiste?- Me volví a sentar porque sentía que mis piernas se habían vuelto de gelatina. Sabía traducir esa mirada en los ojos de mi amigo: estaba hablando en serio.
-¿No has escuchado los rumores?- Negué aún muy aturdido por sus palabras. –Dicen que lo atacaron cerca de la escuela, al parecer sigue en el hospital, tal vez nunca pueda volver a tocar el piano…- Mis ojos se desorbitaron debido al shock. -…dicen que fue una gran herida… su mano derecha requirió cirugía de urgencia…-  Sentí que el alma se me salía del cuerpo. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Qué eran esos malditos rumores? Ueda no tenía ninguna herida de ese tipo. Todo eso era una increíble estupidez.
-Eso no puede ser, Jin…- Me reí como si acabara de escuchar la mayor idiotez de todos los tiempos. Pero sabía perfectamente que era solo debido a mi histeria momentánea. –Tonterías, Ueda está bien…-
-¿Y tú cómo sabes? No seas ridículo, no eres su niñera, ni siquiera son amigos…- Ambos nos miramos muy serios. -Su profesor de piano me lo confirmó esta mañana… Probablemente se dé de baja de la escuela antes del Festival…-
-¡Eso no puede ser verdad! ¡Yo estaba ahí, su mano estaba bien!- Mi amigo me mirada como si me hubiera vuelto loco. -¡Hace cinco días, cuando lo golpearon en el callejón, yo lo llevé a mi casa, él estaba mal pero ninguna de sus heridas era de gravedad!…- Me levanté se súbito. Todo eso era mentira. Golpearía a quien sea que hubiera esparcido esos tontos rumores.
-Ryo…- Ese tono. Jin sólo hablaba de ese modo cuando era portavoz de malas noticias y quería calmar a quien las iba a recibir. –…atacaron a Ueda anoche…- Mi corazón se detuvo. ¿Acaso ese idiota…? El celular… ¿No habría regresado ahí por su estúpido móvil o sí? -¡RYO!- No podía quedarme ahí, necesitaba verlo. No me costó trabajo mentir para que su profesor me dijera en qué hospital estaba, así que sin importarme el resto de mis clases o mi trabajo, corrí hasta el lugar que marcaba el papelito que aferraba con fuerza entre mis dedos.

Mi mano temblaba mientras sujetaba el picaporte. Todo mi cuerpo temblaba en realidad. Una mentira… Sí, todo tenía que ser una maldita mentira. De seguro cuando abriera la puerta, él me miraría con esa cara de palo que suele poner cuando me ve y se fastidia y me gritaría por entrar sin tocar, luego yo le gritaría por ser tan idiota y después de un incómodo silencio echaría a reír y tal vez, sólo tal vez, él reiría también. Respiré hondo. Tenía que quitarme de la duda o moriría de la desesperación. Me palmeé las mejillas para alejar todos los pensamientos absurdos de mi cabeza. Tenía que mostrar una sonrisa convincente. Extendí la mano hacia adelante y abrí la puerta al tiempo que curvaba mis labios. Todo estaría bien. Él estaría bien. Todo esto no era sino un malentendido. Una exageración.

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