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Imborrable (RyoTego)



Título: Imborrable
Pairing: Tegoshi + Ryo 
Fandom: NewS
Tipo: One-shot
Género: Shonen-Ai, Angst, AU
~Kesenai - Tegoshi Yuya
To: Luz, mi partner hermosa que se ha vuelto adicta al RyoTego por mi culpa y sigue queriendo más de esta historia XD pero por gracia o desgracia, con este shot se cumple la trilogía y la historia llega a su final ^^b
N/A: Secuela del fic  y paralelo al fic 





Todo en Tokio seguía tal cual como lo había dejado cuando me fui hacía varios meses, ni siquiera recordaba cuántos. Lo único que había cambiado era el color de los árboles, comenzaban a tornarse anaranjados y a perder sus hojas, sin duda el otoño estaba por terminarse pronto para dar paso al invierno. El viento, un tanto frío para mí pues venía de haber estado en un lugar más templado, me lastimaba los ojos, que aún seguían irritados de tanto llorar, mientras el taxi avanzaba a gran velocidad sobre el asfalto. Él, el chico que había sido mi primer amor y que se había ido un día sin decir una sola palabra dejándome una profunda herida que tardó mucho tiempo en sanar, de pronto me llamó un día para decirme que quería verme, que necesitaba arreglar las cosas conmigo, rogando que lo perdonara, que volviera a estar a su lado, amándolo como cuando éramos adolescentes. Y yo, en un arranque de estupidez y melancolía, salí corriendo detrás de un fantasma de mi pasado en busca de respuestas, sin detenerme a pensar en cuánto lastimaría a la persona que ahora amaba y que sin duda alguna, también me amaba, al chico de ojos tristes y hermosa sonrisa que seguramente lloraría amargamente días enteros preguntándose qué había pasado. Y durante todo el camino en el autobús rumbo a mi pueblo natal, las lágrimas habían surcado mi rostro sin descanso. Me odiaba. Me odié con todo el corazón por herir de ese modo a quien con tanto amor había cuidado de mí hasta sanar mi corazón destrozado. Me odié por hacerle lo mismo que él me había hecho a mí años atrás. Por dejarlo sin explicaciones, con sólo un estúpido y confuso mensaje de voz cuyas palabras no pensé bien y que sin duda le habrán destrozado el corazón en cuestión de segundos. Me odié porque no pretendía hacerle daño, tan sólo quería cerrar una vieja herida para poder dar por fin vuelta a la página y continuar escribiendo nuestra historia... juntos. Sí. Porque en el momento en que subí al autobús y cerré los ojos dejando que los recuerdos de mi vida antes de Ryo regresarán a mi mente, me di cuenta de que nunca podría perdonar a mi primer amor, me había dejado una marca imborrable y por mucho que llenara los huecos que tenía en mi pasado, jamás podría volver a ser mi presente,  mucho menos mi futuro. Aunque lograra volver a unir los fragmentos de mi corazón, las grietas y marcas seguirían siendo evidentes. Sí. Fui a buscarlo para decirle todo lo que no había podido gritarle cuando me dejó, para decirle cuánto lo odiaba por todo el dolor que me hizo pasar, y finalmente, agradecerle, pues había sido a causa de su egoísmo y su falta de sinceridad que yo había encontrado a Ryo y había superado por fin su impronunciado adiós. Después de eso volvería a casa, le pediría perdón a Ryo por haberme ido de ese modo, le explicaría todo lo que pasó y si me perdonaba, le haría el amor hasta que no pudiera recordar lo sucedido nunca más.

Y mientras repasaba una y otra vez las palabras adecuadas para finalizar todo y enterrar cada uno de los fantasmas de mi pasado debajo de aquel árbol que guardaba celosamente mis recuerdos con él, lloraba amargamente debido al extraño dolor que me oprimía el pecho cada vez más fuerte. Pero como a menudo pasa en mi vida cuando se trata de ironías, al salir de la ciudad los recuerdos empezaron a llegar a mí como pequeños flashazos que disfrutaban haciéndome sufrir repitiendo cada una de sus sonrisas, cada una de sus palabras dulces, cada beso, cada lágrima.  Las calles, los edificios, las tiendas, librerías, cafeterías, centros comerciales, parques, todo de ese lugar me hablaba de él y de cada uno de los momentos que habíamos compartido juntos desde que nos conocimos muchos años atrás.

Pero no todas las historias de amor estudiantil son de color rosa. La mía en definitiva distaba mucho de tener un final feliz. Cuando menos esperé, mi primer amor desapareció de mi vida una tarde soleada el día en que nos graduamos. Se fue sin decir siquiera una palabra y desapareció de mi vida sin dejar rastro, como si se lo hubiera tragado el mar. Y viví mis días entre el dolor, el resentimiento y la culpa. Me alejé de todo y de todos, me perdí por completo a mí mismo y comencé a dejarme morir porque no era tan fuerte como para vivir una vida sin él, simplemente no quería vivir en un mundo donde no estuviera con él.


Cerré el baúl de mis recuerdos. Ya estaba de regreso en el lugar a donde realmente pertenecía.

De pronto un mal presentimiento se apoderó de mi cuerpo. Ese último recuerdo de mis días de instituto en mi ciudad natal detonó un pensamiento horrible que retumbó con fuerza dentro de mi cabeza. Pero... Ryo-chan no era tan débil como yo... verdad? Ryo-chan no me amaba tan estúpida y locamente como para preferir morir, verdad?

Estaba aterrado, rogando incluso a un Dios en el que ni siquiera sabía que creía, que no lo apartase de mi lado y que lo mantuviera con vida para que se quedara conmigo porque… en verdad amaba a Ryo con cada célula de mi cuerpo como jamás creí poder amar a nadie y yo sí no sería capaz de vivir un día más si él me dejaba, no podría soportar perder a la persona que amaba por segunda vez. No. No debía ser negativo. Todo estará bien. Ryo estará bien y seremos felices el resto de nuestras vidas… juntos.

Los últimos minutos a bordo del taxi me parecían eternos. Saqué mi celular y comencé a mirar todas las fotografías que tenía guardadas… Aún cuando me hacía reír el ver aquellas sonrisas, su rostro dormido, sus caras graciosas, mis lágrimas amenazaban con correr cuesta abajo a través de mis mejillas, pero no tenía derecho a llorar, todo esto era culpa mía, así que las obligué a permanecer donde estaban. Lo que menos quería era verme horrible cuando me reencontrara con él después de todo este tiempo en el que habían pasado tantas cosas que me habían mantenido lejos de mi hogar… de su lado.


La avenida que daba hasta el lujoso edificio de apartamentos seguía tan limpia y desierta como siempre. El casero me dio la bienvenida como si tuviera años que no me veía, de algún modo sí era como si eso hubiera pasado. Me preguntó cómo seguía Ryo-chan, eso sí que me preocupó porque significaba que había estado enfermo o algo, no? Fue obvio que se me había ido la sangre del cuerpo cuando me dijo que había estado en el hospital y que gracias a Yamashita, que venía a verlo todos los días, no le había pasado nada grave. Lo dejé hablar cuanto quiso. De ese modo me enteré de mucho de lo que había pasado durante todos esos meses que no estuve aquí. El hombre parecía no entender la gravedad de lo que en realidad estaba pasando. Ryo, el chico responsable que incluso iba a trabajar con fiebres de cuarenta grados no había salido de casa desde hacía meses. Ryo, el chico escandaloso y extrovertido que siempre andaba por el vecindario saludando a medio mundo aunque fuera por hipocresía, no había sido visto desde hacía meses por nadie del vecindario. Ryo, el chico que siempre ve la televisión y pone música a todo volumen cuando está en casa había estado tan tranquilo, que incluso pensaron que se había ido de vacaciones o que hasta se había mudado sin decir nada. Ryo... mi Ryo, estaba encerrado dentro de su departamento sin salir, hablar o hacer ruido desde que me había ido. El horrible mal presentimiento se acrecentó dentro de mi, una sensación tan desagradable que había iniciado como un pequeño hueco en el estómago y que ahora incluso me impedía respirar con normalidad y me provocaba ligeros temblores; yo mismo sentía que había palidecido, hasta sentía las manos sudando frío. Me zafé de su conversación tan amablemente como mi paciencia y mi desesperación me lo permitieron. Una voz interior no dejaba de repetir incesantemente "sube ahora", "debes verlo ya", "asegúrate de que está bien". Corrí por el pasillo tan pronto como las puertas del ascensor se abrieron. Estaba cerrado con llave. No tenía las mías a la mano, así que importándome poco, vacié todo lo que traía en el bolso de mano al piso y revolví mis pertenencias hasta dar con ellas. Temblaba tanto que se me cayeron de las manos cuando intenté levantarme. Poco me importó dejar todo botado ahí afuera, sólo me importaba meter la llave en la cerradura y entrar. Sentía que me iba a explotar el corazón mientras sostenía el picaporte con fuerza, mis manos estaban mucho más frías que ese trozo de metal que sujetaba con fuerza.

El sentimiento no mejoró mucho al contemplar el interior. Lo primero que cruzó por mi mente fue que se habían metido a robar. Pero de inmediato descarté esa idea porque Maruno-san no mencionó nada relacionado con eso y de haber sido así, hubiera sido lo primero que me hubiera dicho. De cualquier modo, me preocupó mucho ver la sala tan vacía y oscura.
-Ryo-chan?!- El pánico se apoderó de mí al ver un bulto tirado junto a la cama sobre la alfombra de la habitación principal. -Ryo!!!... Qué has hecho?- Al encender la luz comprobé que sí se trataba de él. -Abre los ojos! Mírame... no me dejes... Te amo demasiado como para vivir sin ti!... Ryo!- Por un segundo estuve casi seguro de que me miró, una débil sonrisa se dibujó en sus labios antes de que cerrara los ojos. Mis lágrimas comenzaron a derramarse a cántaros. No. No había tiempo para dramas y crisis. Debía llamar a la ambulancia. Su celular sonaba una y otra vez. Después de colgarle a la enfermera, respondí la llamada. Yamapi llegó en menos de quince minutos al hospital y me gritó como nunca antes me habían gritado. No podía refutarle nada. En cierto modo sí era culpa mía que Ryo-chan estuviera postrado en esa cama debatiéndose entre la vida y la muerte en esos momentos.

Mi alma regresó a mi cuerpo cuando el doctor salió y nos dijo que estaría bien en unos días. Estaba vivo. Por milésima vez había sobrevivido aún a pesar de sus esfuerzos por quitarse la vida. El hecho de que le dijera a Yamashita en tono tan serio "ya le había dijo que lo mantuviera vigilado, sigo creyendo que si no puede cuidar de él en casa, lo mejor es internarlo en una institución psiquiátrica " hizo que se me helara la sangre y cuando finalizó su sermón con un frío "no aseguro que su cuerpo vaya a soportar otro intento de suicidio así que será mejor que decida lo que hará con él de ahora en adelante..." terminó por derrumbarme. Corrí a su habitación. No quería escuchar nada de aquello, sólo quería estar a su lado, sostener su mano y hacerle saber que estaba ahí con él… que lo amaba y que no lo dejaría morir.

El primer día fue el más difícil de afrontar. Había sufrido una crisis a media noche y aunque habían logrado estabilizarlo, no sabrían cómo estaba realmente hasta que despertara. Verlo tan delicado y débil me rompía el corazón. Los vendajes en su muñeca me recordaban constantemente que había estado a punto de perderlo para siempre. Aún a pesar de mi pánico a las agujas, fui el primero en ofrecerse como donante, aún cuando obviamente, no me lo permitieron, supongo que en ese momento no pensaba con claridad. Lo único que me importaba era que se recuperara. Teníamos tanto de que hablar y había tantas cosas que nos quedaban por vivir y compartir...

El segundo día transcurrió con lentitud. Los aparatos que tenía conectados le daban un aspecto aún más deprimente a su delgado y pálido cuerpo. Yamashita insistía en que me fuera y me alejara de él para siempre, pero no iba a obedecer lo que alguien como él me dijera. Aún así, el miedo a que fuera mi Ryo-chan quien me pidiera que me largara y nunca más volviera, me hacía tener pesadillas durante los pocos ratos que podía dormir. Pero tampoco quería que despertara y no me viera ahí, así que poco me alejaba de su lado en todo el día. Pasaba las horas hablándole y cantando en su oído. Sabía que eso le gustaba. Aún era así, verdad? Él podría escuchar mi voz, cierto? Me aferraba con todo el corazón a creer que podía hacerlo y que eso le demostraría cuánto lo necesitaba, cuánto lo amaba.

Después del tercer día, las horas se volvieron mis peores pesadillas y los minutos, sus mortales verdugos. Aunque ya el doctor nos había advertido que era probable que nunca despertara del coma, yo me negaba a aceptarlo. Lo conocía. Al menos lo suficiente como para saber que saldría de esta... sólo necesitaba encontrar una razón para querer seguir viviendo. Podría otra vez ser yo su razón de existir así como él lo era para mí?... Mis monólogos continuaron. Tenía la tonta esperanza de que mi voz lo guiara de regreso a mí. Así que no me cansaba de contarle una y otra vez nuestra historia de amor, cada una de las cosas que amaba de él, cada uno de los preciados recuerdos a su lado que ocupaban cada espacio dentro de mi mente y mi corazón.

El primer mes me resultó la peor tortura. Estaba harto de la vida de hospital. Tan sólo quería llevarlo a casa. Aparentemente estaba recuperado. Por qué demonios no abría los ojos y me miraba aunque fuera con odio por lo que le había hecho? El sentimiento de culpa comenzó a rondar mis pensamientos... Si tan sólo no me hubiera ido nunca de su lado... Si tan sólo hubiera regresado mucho antes... Si tan sólo no hubiera perdido tanto el tiempo hablando con nuestro casero... Qué caso tenía… Ya nada haría desaparecer la marca imborrable que le había dejado en el corazón. Había cometido un pecado que tal vez jamás merecería ser perdonado. Sí. Tal vez esta sería mi condena... vivir el resto de mis días anhelando volver a escuchar su voz y ver sus ojos, su sonrisa, teniéndolo a mi lado pero sin tenerlo conmigo nunca más. No. Ese no era el futuro que quería para nosotros. Yo lo quería de vuelta conmigo, como siempre…


Lloraba amargamente sujetando su mano con fuerza, rogando a cualquier fuerza suprema que estuviera dispuesta a escuchar a alguien tan miserable como yo, que el amor de mi vida pudiera abandonar aquella oscuridad en la que su alma estaba sumida y que volviera a caminar bajo el cielo azul... aún si no era de mi mano, hasta que me quedé dormido.

Me despertó una sensación extraña. Tal vez provocada por algo que soñaba. La verdad no estaba seguro. Primero fue un leve movimiento que de inmediato atribuí a mi imaginación, o como tantas otras veces, a un reflejo producto de su sistema nervioso que seguía trabajando con normalidad; después fue más fuerte, como si tratara de mover los dedos de su mano para asegurarse de que todavía estaban ahí. Aún estaba adormilado pero me decidí a abrir los ojos para asegurarme.

No. No era mentira. No era una alucinación. Mis oraciones habían sido respondidas. Había abierto los ojos.
-Ryo-chan?...- Lo llamé aún amodorrado. Parecía confundido mirando en todas direcciones, por momentos cerraba los ojos y un dejo de dolor cubría su rostro antes de volver a abrirlos. –Ryo-chan…- Oprimí su mano para hacerle saber que estaba ahí. Lentamente giró su rostro hacía donde yo estaba pero no parecía verme realmente. Cerraba y abría los ojos como si no pudiera ver con claridad. -Amor, me oyes?...- Entrecerró los ojos mientras seguía mirándome, no podía dejar de sonreírle, mis lágrimas habían comenzado a caer pero nada me importaba en ese momento más que saber que estaba ahí. Abrió la boca pero sus palabras no tenían sonido. Casi sin fuerzas, su mano subió hasta mi mejilla. -Bienvenido...- Me sentía tan dichoso que mi sonrisa parecía ya no caberme en el rostro. Sus dedos acariciaban débilmente mis labios mientras sus lágrimas rodaban silenciosas hasta perderse en la almohada. No dejaba de mirarme como si tampoco pudiera creer que yo estaba ahí. De nuevo intentó decirme algo, pero no pude escucharlo. Él no tenía por qué decir nada, yo era quien debía hablar en ese momento, tenía tantísimas cosas que decirle, pero quería empezar por las más importantes, las que más necesitaba hacerle saber. -Perdóname, amor... Perdóname por todo...- Lo abracé con cuidado. Cielos… cuánto ansiaba poder sentirle así. Terminé rompiendo en llanto cual niño pequeño. -No debí alejarme de ti. Fui un estúpido... Perdóname... Quiero estar contigo para siempre. No existe nadie más a quién pueda amar si no eres tú...- Apenas si podía hablar de tanto que sollozaba. -Déjame estar contigo una vez más...- Susurré mientras le llenaba de besos dulces los labios. Lo necesitaba tanto que no entendía cómo había podido vivir sin él todos estos meses.
-Estúpido egoísta...- Murmuró en mi oído cuando lo volví a estrechar entre mis brazos, sus brazos se aferraron suavemente a mi espalda. -Por qué tardaste tanto en volver?!... No vez que estuve a nada de morir por tu culpa?...- Su voz sonaba lejana, pero podía oírla, por fin podía escucharlo nuevamente, así que ni siquiera me importaba si me decía de cosas, merecido lo tenía.
-Perdóname, Ryo-chan... Te amo y no volveré a dejarte solo nunca más... Ya entendí que no necesito desear nada a las estrellas porque si tú estás conmigo no necesito nada más...- Solté de corrido todo lo que sentía en ese momento. Se separó un poco y me miró, con tanta ternura que sentí que mis mejillas se ruborizaban.
-Estúpido... Y tenías que largarte para descubrirlo?...- Apoyó su frente contra la mía.
-No... Tenía que alejarme para que descubrieras que soy tu única y más poderosa razón para estar vivo...- Se rió y me besó. Besos y besos que gritaban todo lo que no habíamos podido decirnos en todo el tiempo que estuvimos separados. Mi mayor miedo había quedado en el olvido… Ryo, mi Ryo no me odiaba, no me gritaba histérico que desapareciera para siempre de su vida. No. Sus besos decían que me amaba tanto como los míos le decían que lo amaba.
-Narcisista...- Murmuró entre risas cuando por fin nos separamos para tomar aire.
-Pero así me amas...- Hice una de mis caritas más adorables al tiempo que volvía a acomodarlo en la cama. Aunque no quisiera que nadie ni nada nos arruinara el momento, todavía debía llamar al doctor para que lo revisara. Debíamos asegurarnos de que todo estaba bien.
-Uhn...- Asintió y me jaló para recostarme sobre su pecho. No dejaba de mirarme, como si fuera la primera vez que me veía, tal vez tratando de memorizar cada milímetro de mi rostro. Empezó a besarme otra vez. Y así continuó llenándome de mimos y besos hasta que se quedó profundamente dormido. No quise que nadie lo molestara, de algún modo se veía tan apacible, que sentí como si fuera la primera vez que dormía así desde que me fui, así que quería que descansara. Ya había tenido suficientes pesadillas para toda una vida, así que merecía tener dulces sueños de ahora en adelante.

Sí. Quería pasar cada uno de mis días a su lado. Viviría mi vida haciéndolo sonreír mil veces por cada una de las lágrimas que había derramado por mi causa. Me aseguraría de alejar para siempre todo el dolor de su corazón y de que fuera feliz por el resto de sus días.

Lo amaba más que a nada en la vida y no estaba dispuesto a perderlo.  Así que estaba decidido a dar todo de mí por hacer que esto funcionara, para poder seguir compartiendo mi vida a su lado y continuar escribiendo nuestra historia juntos.

Porque nada de lo que hubiera en mi pasado valía lo suficiente como para perder un sólo segundo más de mi presente. Porque cualquier cosa que viviera con Ryo valía la pena con tal de construir un futuro donde estuviéramos él y yo amándonos.

Sí, ahora sé que aunque puedan existir heridas imborrables que nos dejen marcados de por vida recordándonos que hay cosas y personas que nos lastimaron, no hay ninguna que duela por toda la eternidad. Siempre habrá una cura milagrosa para todos los dolores… la mía la encontré en ti.



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Una vez más. (RyoTego)






Título: Una vez más.
Pairing: Nishikido Ryo + Tegoshi Yuya 
Fandom: NewS

 ~One more time, one more chance - Yamasaki Masayoshi~
Tipo: One-shot
Género: Shonen Ai
To: Luz (partner, espero que te guste la conti tanto como la primera parte y que dejes de odiar a la Hime por hacer llorar a la Hebi XD en el prox shot lo perdonarás)
N/A: Esto es secuela de "Una Mentira"






Se había ido. Todo mi mundo era una prueba de su paso por mi vida. Mi cama, mi ropa, mi almohada, todo aquí seguía oliendo a él. Todas las noches me despertaba empapado en sudor llorando debido a la angustia y al miedo de estar solo y veía su rostro desvanecerse de mi lado cuando trataba de tocarlo buscando un poco de consuelo en su sonrisa dulce.

Sabía que no estaba ahí, no tenía por qué estar ahí, lo entendía a la perfección, pero aún así, tontamente lo buscaba en cada rincón de la casa al llegar esperando que hubiera vuelto mientras no estaba y que me diera la bienvenida como siempre en medio de un abrazo y miles de besos, pero la respuesta era siempre la misma: un silencio absoluto que me oprimía el pecho hasta hacer que mis lágrimas fluyeran sin cesar hasta que ya no podía llorar más.

Lo veía en todas partes. Fuera a dónde fuera e hiciera lo que hiciera, él siempre estaba ahí en algún lugar. ¿Cuántas veces me había desviado de mi camino a casa al salir de la oficina por ir detrás de alguien que juraba que era él sólo para comprobar al final que no era más que una mala pasada de mi imaginación desesperada por recuperarlo?

Ah... estaba tan cansado de ver su figura en alguna estación del tren,  cruzando alguna calle, dentro de alguna tienda, saliendo del centro comercial. Tan cansado de escucharlo llamarme de pronto mientras yo caminaba cabisbajo en medio de la multitud haciéndome voltear súbitamente tan sólo para comprobar que no estaba ahí. ¿Hasta cuándo se iba a prolongar esta pesadilla? Mi mente estaba a punto de cruzar esa delgada y apenas perceptible línea entre la imaginación y la locura. Sí, sabía que no tenía por qué estar ahí... pero mi mente no dejaba de evocarlo a cada segundo, alimentada por mi corazón con cada recuerdo vivido que evidenciaba su ausencia haciendo del vacío que me había dejado, un abismo oscuro, temible y eterno al que estaba a punto de caer inevitablemente. ¿Cómo no pude presentir el final de esta historia? Creí que lo conocía, que sabía lo que sentía, cómo pensaba. Me equivoqué... puede que así haya sido siempre, que sólo haya sido su entretenimiento, un premio de consolación, o que algo ajeno a su voluntad lo apartara de mi vida... eso era lo que yo quería creer, que se había ido porque no tenía más remedio que hacerlo... tal vez nunca lo sabré. Estaba tan felizmente enamorado de cada milímetro de su existencia que no pude ver lo que estaba pasando. Tal vez no quise verlo.

Había llegado a mí de la nada una noche de viernes tan horriblemente cotidiana y aburrida, y del mismo modo me dejó así sin más, con sólo un extraño mensaje de voz grabado en el celular. Eso constituía la única prueba de que mis días con él no habían sido sólo un sueño, que no había sido tan sólo un producto de mi imaginación para consolar mi alma cuando más lo necesitaba. Ahora lo único que me conectaba con él era su voz diciéndole adiós a su presente para ir detrás de su pasado. ¿Quién demonios se creía? ¿Con qué derecho venía a sacudir mi mundo para luego dejarme en medio de esta maldita incertidumbre? ¿Quién sería yo ahora que se había ido llevándose todo lo bueno que había en mí? ¿En qué demonios me había convertido? ¿Qué quedaba de mí ahora?

El tan sólo pensar en las respuestas a todas las preguntas que volaban descontroladas dentro de mi cabeza, hacía que se me pusiera la piel de gallina y terminara rompiendo en llanto en medio de la noche. No quería éso como mi futuro. Definitivamente no lo quería.

El constante paso de las manecillas hacía todo más difícil de sobrellevar. Se volvieron mis pequeñas torturadoras personales. Y mientras el maldito tick tack cobraba fuerza hasta volverse un sonido insoportable, no podía evitar preguntarme qué estaría haciendo, si estaría comiendo bien, si estaría sonriendo, si estaría feliz, si podía continuar viviendo su vida sin mí del modo en que yo nunca podría seguir viviendo la mía por mucho que quisiera si él no estaba aquí. No pude soportarlo más. El reloj terminó en el contenedor de la basura unos días después cuando me harté de su constante vaivén. Pero aunque el ruido se había ido, mi necesidad de él seguía aquí, tan presente como los latidos de mi corazón haciendo eco dentro de las cuatro paredes de lo que se había terminado convirtiendo en mi mundo entero.

Cosas tan comunes como comer, dormir y reír, se volvieron tan molestas y cansadas de hacer, que terminé por hacerlas a un lado, total, ya ni siquiera notaba el inicio o el fin de cada día, así que, qué más daba si sólo me quedaba escondido en el interior de mi habitación debajo de las cobijas a esperar despertar de esta pesadilla.

Estaba tan harto de todo que incluso intenté acelerar las cosas, pero siempre llegaban Yamapi y su maldita preocupación a tiempo para evitar que lo consiguiera. Fue así como tijeras, cuchillos, espejos y todas las cosas que pudieran servir para hacerme daño de algún modo desaparecieron de mi alcance mágicamente al despertar una mañana después de que rompiera otro vaso para tratar de cortarme las muñecas por tercera ocasión ese mes.
-Ryo-chan, debes dejar de hacer estas estúpideces. No puedes seguir haciéndote daño de este modo... no siempre puedo estar aquí para cuidarte... hazlo por mí, si?- Escuchaba su voz en alguna parte de mi cabeza, pero no quería abrir los ojos para ver dónde estaba, de cualquier manera, sabía que siempre estaba aquí, se había vuelto mi maldita sombra y no me dejaba solo ni un momento, excepto cuando se iba a trabajar. Pobre iluso, como si fuera a pensarme las cosas sólo porque me lo pidiera. Hacía mucho que había perdido ese beneficio, ya no era nadie importante en mi vida como para que su bienestar me interesara. -...ya te dije que no te voy a dejar morir. No por su culpa.- Se había vuelto tan común saberlo aquí, que en algún momento pasó de ser una molestia a convertirse en una especie de ángel de la guarda que cuidaba de mí noche y día. Un ángel que me hacía sentir aún más miserable y desgraciado por todo lo que representaba en mi vida. Todo el daño que me había provocado antes de conocer a Tego, volvía a mí cada que escuchaba su voz preocupado por mí. ¿Después de cómo me había tratado, le importaba tanto como para tomarse todas estas molestias por mí? Era un hipocrita.

¿Qué era ahora el tiempo para alguien como yo? Un día podía serme un suspiro y un minuto podía volverse una eternidad pensando en él, en su risa exagerada, sus ojos inocentes, sus chistes tontos, sus labios suaves, sus manos delicadas, su melódico timbre de voz... Lo que más extrañaba sin duda era su dulce voz, susurrándome palabras dulces al despertar, cantándome algo antes de dormir, hablando de mil y un cosas a lo largo del día. Me hacía tanta falta escucharlo que me torturaba a mí mismo una y otra vez repitiendo sus últimas palabras hasta que lloraba tanto que, exhausto, me quedaba dormido, a veces por días completos.

No podía dejar de culparme por su partida...
Si tan sólo lo hubiera abrazado más...
Si tan sólo lo hubiera besado más...
Si tan sólo le hubiera sonreído más...
Si tan sólo le hubiera dicho que lo amaba unas veces más...

Otras veces no podía dejar de odiarlo por su partida...
Si tan sólo no me hubiera abrazado tanto...
Si tan sólo no me hubiera besado tanto...
Si tan sólo no me hubiera sonreído tanto...
Si tan sólo no me hubiera dicho que me amaba tanto...

Y luego venía el dolor intenso que me oprimía el pecho desde adentro como si me quisiera destrozar las entrañas. Un dolor tan profundo que sólo se mitigaba cuando conseguía hacerme el daño suficiente como para que mi umbral del dolor cambiara de objetivo... y sólo así, aunque fuera por un breve instante, dejaba de sentir que me iba a explotar en mil pedazos el corazón. Era como abrir una válvula para regular la presión. Con el tiempo se volvió casi una necesidad. Una muy dolorosa necesidad que cada vez necesitaba ser más intensa para cumplir con su cometido.

Un frío inexplícable se había apoderado de mi habitación. ¿Por qué insistía en abrir las ventanas por la mañana antes de irse? ¿Qué no sentía que se le congelaba el cuerpo en cuanto entraba? ¿Acaso quería evitar que muriera desangrado o intóxicado para que acabara conmigo una pulmonía y que al menos contara como una muerte natural y dejar tranquila su consciencia? Qué más daba... si éso hacía desaparecer mi patética existencia, no me molestaría ni que sazonara la comida con raticida. Ah... nuevamente mi mente comenzaba a pensar estupideces.

¿Qué tan tóxico sería beberse toda la botella de limpia pisos? ¿Podría desangrarme si me tomaba toda la caja de aspirinas y luego rompía la ventana para cortarme el brazo? ¿Realmente era mortal inyectarte aire con una jeringa? ¿Por qué simplemente no me dejaba de idioteces y saltaba por la ventana? Total, a esta altura era seguro que terminaba embarrado en el asfalto y que no sentiría nada al impactar contra el piso. No. Ese sería un espectáculo poco agradable de presenciar. No. No debía contagiar a otros con esta miseria. No. Sólo quería terminar con mi vida, no arruinarle la suya a los demás. Llegado a este punto no era raro que hasta las cortinas me parecieran buenas aliadas en caso de que decidiera colgarme en algún lado o que considerara seriamente la idea de arrastrarme hasta la cocina por un tenedor, dejar abierta la llave del lavabo y luego de inundar el departamento, freírme introduciéndolo en algún contacto; inclusive dejó de parecerme estupido eso de dejar caer la grabadora o el secador de cabello dentro de la tina; el problema radicaba en que Yamapi se había llevado la secadora y yo no tenía bañera. Estupida vida. ¿Se confabulaba con él para mantenerme vivo o qué? ¿Sería muy tardado y doloroso desangrarse si metía la mano dentro de la licuadora mientras funcionaba? ¿Por qué demonios no tenía cosas eficacez en casa? ¿Acaso era mucho pedir tener por ahí un poco de ácido nítrico, amoníaco, cícuta, ajenjo, o ya de perdida un arma de bajo calibre que pudiera usar en estos casos? Estupida vida. Todas las cosas buenas estaban prohibidas o eran ilegales.
-Ryo-chan... estás despierto?- ¿El pobre nunca se cansaba de hablarme? ¿Qué se ganaba con hacerlo si nunca obtenía respuesta de mi parte?... Si yo fuera él, seguramente me hubiera mandado al diablo después de la primera semana de lidiar con un muñeco de trapo carente de voluntad arrumbado sobre la cama. Pero no. Yamapi era tan bueno, que a poco estaba de rayar en lo idiota y volvía una y otra vez, a pesar de lo que le hiciera, sin importar lo que le dijera. Y a todo esto... ¿qué demonios hacía aquí? ¿Qué no se supone que estábamos en malos terminos después de todo lo que había pasado entre nosotros?, o más bien, por todo lo que NO había pasado entre él y yo durante todo el tiempo que se dedicó a jugar conmigo. Qué más daba. Ya se hartaría de ser la nana de un maniáco-depresivo con tendencias suicidas y me dejaría en paz de una maldita vez. Y hasta entonces, seguiría haciendo de cuenta que no existía. Y no es que me costara mucho conseguirlo. La mayor parte del tiempo ni siquiera recordaba que seguía aquí hasta que me daba cuenta de que me había quedado nuevamente a solas después de reparar en el hecho de que hacía ya buen rato que no lo oía hablándome de alguna cosa. Estaba tan sumido en mis pensamientos que poco me importaba lo que pasara a mí alrededor, y eso incluía a Yamapi. Igual no tenía tanta suerte como para que un monstruo interespacial destruyera mi vecindario al luchar contra robots de alta tecnología o que algo explotara en los ductos de ventilación desatando un catastrófico incendio en mi departamento o que inexplicablemente comenzara a fugarse el gas y muriera intóxicado. No. Esas cosas no le pasan a la gente con mala suerte como yo. Porque de no ser por eso, ¿cómo demonios había sobrevivido a mi primer intento de ahorcarme usando el ventilador de techo del estudio? Porque la maldita sabana que usé para atarme alrededor del cuello había sido atacada por polillas en el armario! Háganme el maldito favor! Y por si eso no fuera poco, cuando traté de provócarme una sobredosis, lo único que me gané fue una hiperglusemia porque por alguna extraña razón, alguien había cambiado todas las cápsulas de los medicamentos por vitamina C y dulces de frutas. Y no conforme con eso, cuando quise causar un incendio desde la cocina, resultó que se había terminado el gas, así que sólo me ampoyé los dedos de tanto encender cerillos en un ataque de frustración. ¿Podía existir alguien más desafortunado que yo? ¿Por qué diantres el destino se empeñaba en mantenerme con vida? ¿Qué podía ser tan bueno que mereciera la pena ser vivido por mí? ¿Qué sentido tenía el que siguiera consumiendo el oxígeno que otros podrían aprovechar mejor que yo?

Sinceramente no tenía ni la más remota idea...

Y entonces, me encontraba a mí mismo tan cansado de tanto esforzarme en encontrar un medio efectivo de acabar con mi existencia, que terminaba dándome por vencido y me resignaba a sólo quedarme debajo de las cobijas a esperar el momento... si seguía así, en algún punto mi cuerpo tendría que terminar por colapsar, no?

Esa era ahora mi única esperanza.

Todo lo demás carecía de importancia.

Y aunque yo mismo entendía que era una estupidez pensar de este modo, no podía encontrarle el más mínimo sentido a seguir viviendo, no cuando la única razón que tenía para existir se había esfumado de la noche a la mañana sin ninguna explicación razonable.

Y luego, una ira desmedida me invadía, obligándome a destrozar, golpear, patear y lanzar todo lo que me encontraba enfrente tratando estupidamente de calmar un poco lo que sentía al cargarme el departamento por completo. ¿Dónde demonios estaba? ¿Por qué se fue así? ¿Si pensaba largarse para qué se quedó conmigo por principio de cuentas durante tanto tiempo? ¿Siquiera le importaba?¿Al menos pensaba en mí? ¿En cómo estaría si no estaba conmigo? ¿Qué demonios seguía haciendo aquí? ¿Por qué no desaparecía también su recuerdo?

Yamapi odiaba que tuviera estos episodios. No porque siempre acabara recibiendo un par de golpes de mi parte cuando intentaba detenerme para tranquilizarme, sino porque era yo quien terminaba hecho polvo derrumbado en el suelo con los nudillos destrozados y un montón de moretones, cortadas, raspadas y golpes por todo el cuerpo y, obviamente, al día siguiente parecía que me habían atropellado o por lo menos apaleado y no podía ni con mi alma. Al menos debería sentirse tranquilo, no?, en ese estado no podía ni levantar un dedo, así que aunque me lo propusiera, no podría hacerme ningún daño. Para su fortuna o desgracia, hacía un par de semanas que no tenía un ataque de esos. ¿Había mejorado mi ánimo? No. Era simple y sencillamente porque ya no quedaba mucho por destrozar dentro de la casa. No. No había otro motivo además de ese.

¿Cuántos días habían pasado desde aquella noche que volví corriendo y encontré la casa vacía en medio de la oscuridad y el miedo que me recorría por las venas tras escuchar su mensaje de voz? ¿Cuántas noches habían pasado desde aquella mañana que desperté completamente solo y desesperado después de tanto haber llorado aferrándome con fuerza a su almohada tratando de sentirlo a mi lado? ¿Cuántas semanas habían pasado desde que lo llamé por última vez con la esperanza de que dijera que pronto volvería? ¿Cuántos meses habían pasado desde que dejé de pensar que todo era sólo una pesadilla de la que podría despertar en cuanto escuchara su voz?

Maldita sea!
Tan sólo regresa y deshazte de toda esta porquería que me carcome por dentro si tú no estás y vuelve a hacerme feliz.
Tan sólo desaparece de una buena vez y déjame olvidarte porque mientras tú y tu recuerdo sigan aquí a cada segundo yo no puedo seguir.
Tan sólo quiero dejar de vivir si no regresarás nunca más a mí... porque no pienso continuar viviendo con el fantasma de tu recuerdo como única compañía por el resto de mi vida, ¿o más bien debería decir de mi no-vida?, porque juro que esto no es vida, a poco estuve de pensar seriamente que en algún punto morí y ahora soy tan sólo un zombie.

¿Que soy realmente patético?
Sí, yo mismo me odio por ello...
¿Que es estupido querer morir porque la única persona que te ha amado te ha dejado?
Sí, yo mismo pienso que lo es...
¿Que debería olvidarlo para siempre y continuar con mi vida como había vivido antes de conocerlo?
No, yo no sabía lo que era estar vivo hasta que lo encontré aquella noche.

Antes de eso yo no era más que el juguete de otra persona. Alguien sin sentido en la vida, sin sueños ni metas, sin sentimientos... Simplemente seguía viviendo porque era demasiado cobarde como para atentar contra mi vida... ¿en que punto perdí eso y gané el valor para hacerlo?

Después de conocer a Tegoshi todo cambió. Me sentí pleno. Me encontré a mí mismo al conocerlo a él. Era mi complemento, mi razón para dar lo mejor de mí cada día, para volver a sonreír, para descongelar mi corazón y dejarlo entrar por completo en mi mundo, que de pronto se volvió más grande y multicolor.

No es que dependiera de él para vivir. Es sólo que él era mi vida y sin él no tiene sentido que regrese a donde estaba... simplemente me rehuso a volver a ser una cáscara vacía y marchita de mí mismo.

Después de no haber dormido los últimos tres días, me desperté con sólo una idea rondando mi cabeza: hoy debía morir. El mismo día que te conocí, el mismo día que desapareciste, ese día sería el último día de mi vida. Lo había pensado todo tan cuidadosamente que no podía fallar esta vez. Tan sólo debía esperar a que Yamapi dejara como de costumbre mi desayuno sobre la mesita de noche antes de irse a la oficina. El sonido de la puerta al cerrarse sería la señal. Después de eso sólo sería cosa de tiempo.

Un sonido familiar me obligó a despertar, pero estaba demasiado débil como para girar siquiera la cabeza para ver dónde demonios estaba tirado el celular, ya no pensar en levantarme para responder, igual seguramente seria Yamapi para asegurarse de que hoy no había tratado de suicidarme antes de la hora del almuerzo. Pobre, tal vez se llevaría una desagradable sorpresa al volver. Al menos yo ya no estaría aquí para ver su maldita expresión desgarradora producto del sufrimiento y la frustración que lo embargarían al saber que por fin me había salido con la mía pese a todos sus incontables esfuerzos por mantenerme con vida.

-Lo siento, Pi...-

A lo lejos escuché que la puerta se abría y cerraba. Un par de minutos más tarde me pareció oía su infantil voz llamándome. Tal vez solamente alucinaba por el incesante pensamiento de querer tan sólo otra oportunidad de verlo y abrazarlo, por querer decirle una vez más que lo amaba, que lo necesitaba. Y no podía enfocar lo suficiente como para saber si tan sólo era un eco dentro de mi cabeza evocado por el frío que se apoderaba de mi cuerpo aunado al tono de mi móvil que seguía timbrando en alguna parte o si en realidad era él quien estaba de pie en la puerta de mi habitación mirándome con lágrimas en los ojos mientras decía algo que no alcanzaba a escuchar. Incluso al final, habías sido lo último que contemplaron mis ojos haciéndome sonreír. O al menos había querido hacerlo. 

Creo que por fin comprendí el por qué de seguir con vida, pero ahora era demasiado tarde, verdad? Me empeñé tanto en terminar con mi vida que no pensé que si no lo podía conseguir era porque tenía que seguir con vida... para volver a estar con él. Cerré los ojos y todo comenzó a desvanecerse lentamente en medio del silencio y la oscuridad.



La luz matinal se colaba por entre las cortinas dándome de lleno en la cara y lastimándome los ojos. Me sentía como cuando despiertas con una resaca descomunal después de una noche loca de borrachera descontrolada. ¿Dónde estaba? En definitiva no era mi casa, yo odiaba el color blanco y ciertamente, tampoco era la casa de Yamapi, conocía ese techo bastante bien. Un olor chistoso se filtró por mi nariz. Traté de tapármela pero no pude levantar la mano.
-Ryo-chan?...- Sí. Debí haberlo conseguido al final y ahora estaba realmente en el infierno, de otro modo, por qué seguiría escuchando su voz que tanto me torturaba debido a su ausencia. Sentía mi cuerpo extraño, como si no me perteneciera, como si no estuviera ahí. Trataba de enfocar algo más pero el vértigo no me lo permitía. -Ryo-chan...- Traté de cubrirme los oídos para dejar de escucharlo pero no pude. De pronto sentí un calor extrañamente agradable y familiar. Alguien sujetaba mi mano con fuerza. Incliné un poco la cabeza. Seguramente sería Yamapi. Una borrosa sonrisa sin rostro fue lo único que distinguí. Cerré los ojos esperando aclarar un poco mi visión. Poco a poco las facciones comenzaron a adquirir nitidez haciendo que me pareciera alguien conocido. -Amor, me oyes?...- Esa voz. Su voz. Entrecerré los ojos intentando terminar de enfocar pues resultaba demasiado real para ser una alucinación. Quise llamarlo pero mi voz no acudió a mí. Enfoqué todas mis fuerzas en alcanzarlo con mi mano izquierda. Ahí estaba. Justo frente a mí. -Bienvenido...- Su dulce e infantil sonrisa iluminó su rostro aún a pesar de las lágrimas. Deslicé mis dedos por sobre sus labios. "Por qué?" traté de gritar pero sólo un ruido seco se dejó escuchar a través de mi garganta. Mis propias lágrimas se perdían sobre la almohada fluyendo sin control. -Perdóname, amor... Perdóname por todo...- Sentí sus brazos rodearme por debajo y levantándome ligeramente para recargarme contra su pecho. -No debí alejarme de ti. Fui un estúpido... Perdóname... Quiero estar contigo para siempre. No existe nadie más a quién pueda amar si no eres tú...- También lloraba. Su voz se escuchaba un tanto ahogada por el dolor. -Déjame estar contigo una vez más...- Sollozaba sobre mis labios dándoles cortos besos.
-Estúpido egoísta...- No podía creer que esas fueran las primeras palabras que le dedicara después de un año de anhelarlo. -Por qué tardaste tanto en volver?!... No vez que estuve a nada de morir por tu culpa?...-
-Perdóname, Ryo-chan... Te amo y no volveré a dejarte solo nunca más... Ya entendí que no necesito desear nada a las estrellas porque si tú estás conmigo no necesito nada más...-
-Estúpido... Y tenías que largarte para descubrirlo?...-
-No... Tenía que alejarme para que descubrieras que soy tu única y más poderosa razón para estar vivo...- Lo besé. Una y otra vez hasta que mis labios ardieron. Lo besé tanto como lo eché de menos. Tenía razón. Por mucho que intentara odiarlo sólo había logrado amarlo más.
-Narcisista...-
-Pero así me amas...-
-Uhn...- Lo acomodé sobre mi pecho y me perdí en sus ojos. Continué besándolo y mirándolo hasta que me quedé profundamente dormido. Por primera vez en un año pude conciliar el sueño sin dificultades y sin despertar aterrado debido a las pesadillas. Estaba a mi lado, volvía a estar completo y era inmensamente feliz.

-FIN-
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Una mentira. (RyoTego)



Título: Una mentira
Autor: Lilith
Pairing: Ryo Nishikido + Yuya Tegoshi
Fandom: NewS
 ~After love  /  FT Island~
Tipo: One-Shot
Género: Shonen-Ai, AU, Angst
To: Luz






“Amor”…
Me pregunto en qué maldito momento bajé la guardia…
Ni siquiera lo vi venir… cuando menos pensé ya estaba tonta e irremediablemente enamorado de su sonrisa boba e inocente, de sus labios seductores que siempre buscaban un beso, del brillo casi demoníaco de sus ojos cuando me miraba… estaba enamorado como un estúpido del calor de su cuerpo entre mis brazos, de su maldad y su cinismo, del molesto y ridículo timbre de su voz cuando me susurraba con su vocecita infantil al oído, del olor de su piel por las mañanas… En verdad que soy un idiota! Sabía que había alguien más… Siempre hubo alguien más… y aún así creí ciegamente en cada una de sus palabras, creí completamente en su “amor”
“Volveré a tu lado…”
¿Cómo pude haber sido tan tonto como para creerle? ¿Qué me dio? ¿Qué me hizo? Derribó mi mundo, traspasó las barreras de mis propias limitaciones, me desarmó de pies a cabeza, me volvió adicto a su aroma, a sus caricias, a sus besos, me trastornó por completo… y luego me dejó… con una promesa… una promesa que aún lo espera para ser cumplida…




Como cada viernes por la noche, la avenida estaba atestada de personas que buscaban escapar por un par de horas de su rutina cotidiana. Cafés, bares, restaurantes, karaokes, cines, salas de juego… todos estaban a reventar, El ruido de las conversaciones ininteligibles de la multitud comenzaban a darle un espantoso dolor de cabeza, no era para menos, había bebido demasiado… Era la única manera de soportar que Yamashita se acostara con él pensando en su eterno amor imposible, llamándolo por su nombre. Sabía perfectamente que todo éso sólo lograba destruir poco a poco su corazón, pero también entendía que era el único amor que podrían recibir de él.

Hacía tanto que se había percatado de lo que sentía por él, el mismo tiempo desde que aquel chico de cuerpo escultural e irresistible y labios tentadores le había dicho que nunca podría corresponder sus sentimientos. Las mismas noches desde que lo hizo suyo en su departamento a pesar de lo que le había dicho. Sin embargo había una sola parte de él que nunca había tocado: sus labios. “Lo siento Ryo-chan…”, le había dicho volviendo el rostro para impedir que lo besara. Así había sido desde entonces y comprendió que a pesar de todo lo que habían compartido juntos, éso nunca iba a cambiar: lo amaba. Sus labios, al igual que su corazón le seguirían perteneciendo a aquel fantasma de su pasado pero aún así lo amaba.

Debía protegerse de algún modo… a ese paso terminaría como un juguete carente de emociones… esconder sus sentimientos, sí lo mejor para ambos sería dejar de anhelar que lo correspondiera. A Yamashita le gustaba su nuevo “yo”. Se había vuelto perverso, cínico, extrovertido, cosa que iba a la perfección con su forma tan fría y despreocupada de ser. Por fin había desistido en sus intentos por ocupar un lugar que jamás le pertenecería, ahora era sólo lo que necesitaba… alguien con quien desahogar sus ansías locas de estar con Kamenashi otra vez, alguien que no se lo recordara en lo más mínimo, alguien totalmente opuesto a su tierno, educado y sonriente inolvidable primer amor.

Los ladridos de ese perro le taladraban la cabeza. Con toda seguridad lo patearía hasta Sapporo si lo encontraba. Y ahí estaba, su perfecta oportunidad para liberar todo el odio y la frustración que sentía contra sí mismo en ese momento por empeñarse en usar esa máscara que tanto parecía gustarle a Yamashita.
-¿A qué diablos le está ladrando?- Reparó de pronto en la pequeña figura agazapada sobre la barda baja alrededor de aquella casa, que trataba en vano de ahuyentar a la criatura que lo amenazaba agitando la mano con desesperación. No alcanzaba a escuchar con claridad su voz debido al escándalo del animal pero estaba casi seguro de que era una chica, por su complexión y la forma en que se sostenía de la rama del árbol por el que probablemente había trepado en su intento por ponerse a salvo.

Miró a su alrededor en busca de algo que le pudiera servir para lanzarle y espantarlo, pero por la zona donde estaba era obvio que no lo iba a encontrar, así que terminó por aventarle su termo del café. No había sido tan satisfactorio como esa patada que tenía pensada pero igual consiguió que se alejara a toda prisa chillando de dolor pues le había dado justo en la cabeza.

Se acercó para recoger su termo y volver a meterlo en su mochila. Vio desparramadas en el piso las cosas que probablemente habían estado dentro de la bolsa de papel que yacía hecha trizas a unos pasos del árbol.
-Ya puedes bajar…- Dijo sin mirar hacía arriba, recogiendo lo que había quedado intacto.
-No puedo…- levantó la vista de inmediato. Pese a su dulzura, definitivamente ésa no era la voz de una chica.
-¿Eh? ¿Por qué?- su respuesta le había parecido estúpida.

El chico estiró la mano para mostrársela. Estaba cubierta de sangre. Una de dos: o el perro lo había mordido o se había cortado al escapar de él.
-Te ayudaré… apoya los pies ahí…- Decía señalando una de las ramas al tiempo que dejaba las cosas en el piso y se subía a la rejilla de metal que rodeaba el árbol.
-No puedo…- De pronto notó que su voz sonaba desesperada pero Ryo no era muy paciente y no estaba de muy buen humor debido a su velada y el dolor de cabeza.
-Ok… entonces quédate ahí…- Se bajó de un salto, se sacudió el pantalón y se agachó para recoger sus pertenencias.
-No! Por favor… no te vayas…- Se inclinó demasiado perdiendo el equilibrio, pero sus reflejos fueron lo suficientemente rápidos como para evitar que se cayera. No hubo ninguna mueca de dolor cuando cerró con fuerza la mano sobre la madera, cosa que le pareció extraña a Ryo porque ciertamente estaba herido, no?

Algo en su voz le impidió dejarlo hay, tal cual le decía su cabeza. Volvió a subir, aferrándose de una rama y apoyando uno de los pies en la pared le ofreció la otra mano. El chico se movió lento y apoyó el pie izquierdo donde Ryo había indicado. Sus ojos se cerraron por un segundo, ahí estaba la mueca de dolor, pero Ryo no alcanzó a verla. Respiró hondo y aguantó su peso para bajar de la barda y pasar al árbol. Tomó su mano para ayudarlo, estaba muy fría pero su tacto le resultó agradable. Se distrajo un instante, algo había caído frente a sus ojos. La pequeña mancha en la banqueta se veía roja a pesar de la tenue luz amarillenta de la lámpara de la esquina… una más… y luego otra. Alzó la mirada, su pierna desnuda ostentaba unas delgadas líneas del mismo color. El chico se resbaló cuando trató de mover la herida para bajar. Ambos estaban contra las losetas de cemento. Ryo se llevó la mano a la cabeza, estaba un poco mareado por el golpe y sofocado pues el chico le había caído encima. Sintió que se levantaba un poco apoyando ambas manos sobre su pecho, entrecerró los ojos buscando verlo con claridad: el rostro sobre él era hermoso, “demasiado lindo para ser un chico…” pensó divertido. Trató de levantarse pero el gestó de dolor le desfiguró la expresión, de inmediato se llevó la mano a la pierna.
-No deberías hacer eso, se puede infectar… ¿Vives por aquí? ¿Hay cerca un hospital?- El chico lo miró y asintió a sus dos preguntas.
-A unas calles por allá…- Señaló al norte, se sentó de lado ayudado por Ryo, quien ya estaba de pie analizando lo que haría.
-Ok… sube…  te llevaré… No quiero agregar una muerte a mi nefasto repertorio del día de hoy…- A pesar del dolor, logro robarle una sonrisa. Ah, qué agradable le había parecido aquel leve sonido y qué maravillosa sonrisa la suya. Yamashita casi nunca sonreía y casi siempre que lo hacía era solamente para quedar bien con los demás. Tomó su mochila y se la colgó por enfrente. Se puso en cuclillas de espaldas a él.
-Gracias…- Le dijo por fin mientras rodeaba su cuello con ambos brazos y un par de manos cálidas lo sujetaban con fuerza. Le costó un poco de trabajo pero se puso de pie al primer intento, en cuanto lo levantó tomó sus piernas por los costados y echó a andar calle arriba.
-¿Cómo te llamas?- Necesitaba distraerse con algo, la punzada en su cabeza no ayudaba a facilitar el esfuerzo de cargarlo en una calle de subida.
-Tegoshi… Yuya Tegoshi… ¿y tú?- Por alguna extraña razón, aún cuando su timbre de voz le parecía estúpido, le resultaba agradable y hasta relajante.
-Nishikido… Ryo…- Respondió tan cortante como solía ser siempre con los desconocidos.
-¿Vives por aquí? Creo que te había visto antes… ¿Dónde fue…?- Le molestaba la gente parlanchina, pero esta vez no le importó en lo más mínimo. –Ah! Ya sé!… Sueles visitar el parque junto a la estación a media noche, no?- Parecía orgulloso de sí mismo por haberlo recordado. Al contrario de Ryo, quien estaba sorprendido de que lo supiera.
-¿Tú también vas ahí a esa hora?- Le pareció raro que alguien más aparte de él gustara de los paseos nocturnos.
-Sí, cada noches… siento que es el único lugar donde puedo respirar, ser yo y relajarme… me gusta mucho escucharte cantar…- Se quedó callado, eso lo había pensado en voz alta sin querer; lo bueno de que no pudiera verle el rostro, era que no vería que se había sonrojado al escucharlo. Temía que se hubiera enojado ante su silencio por el comentario, pero su risa lo desconcertó.
-Vaya! Al menos a alguien le gusta…- Notó cierto grado de ironía en sus palabras. No importaba. Al menos era mejor que un reclamo furioso de su parte.

Cuando menos pensaron ya habían llegado al hospital. La herida no era muy grave pero tenía que ser tratada de inmediato.
-¡¿Eh?!- Parecía desesperado al no encontrar algo en sus bolsillos. –No está! ¿Dónde está?-
-¿Qué buscas?- Se preocupó un poco ante su reacción.
-Mi celular… no está…- Por fin dio con la razón… el bolsillo de un costado de su bermuda estaba rasgada, tal vez cuando fue mordido, debió habérsele  cuando trepó al árbol para evitar que lo atacara una segunda vez, había logrado distraerlo con sus compras el tiempo suficiente para subir hasta la barda del jardín.
-Toma…- Le extendió un celular en color negro, poco llamativo y demasiado anticuado para alguien de su edad, pero igual lo tomó. Su madre debía estar horriblemente preocupada por él, siempre lo estaba; y su abuela era incluso capaz de salir a buscarlo con semejante frío.
-Ma…? Sí, soy yo… lo siento… lo sé… tranquila… sí… sí… escucha… es que pasó algo… sí… en el hospital… No grites!!!- Se despegó por un instante el teléfono de la oreja. Ryo no pudo evitar soltar una risita al escuchar hasta donde estaba la voz preocupada de la mujer al otro lado del teléfono.

Al finalizar la llamada le regresó el celular dándole a cambio una sonrisa encantadora, tras lo cual se despidieron uno del otro, ambos con la esperanza de volver a verse algún día aún cuando ninguno de los dos se atrevió a decir palabra alguna.

Sí, Ryo recordaba cada detalle de aquel primer encuentro cómo si hubiera sido ayer. Algo en ese ser lo había cautivado. Su monótona y aburrida vida continuaba entre latas de cerveza y las caricias de Yamashita, siempre oculto de los ojos de los demás dentro de su apartamento. De pronto se sintió harto de esa vida. Quería algo más. Quería volver a escuchar su tonta voz y su risa infantil y escandalosa… ¿En qué demonios estaba pensando? ¿Cómo esperaba volverlo a ver si ni siquiera tenía su número? Y por principio de cuentas… ¿Por qué esperaba verlo aparecer ahí en el parque si seguramente todavía no podía caminar?

Un par de días más pasaron obviando el hueco que se había formado entre ellos. Estaba decidido. Terminaría con su senpai de una vez por todas. A final de cuentas, esa relación no le deparaba nada a futuro… ¿podía siquiera considerarse éso una relación? Todo se volvió claro de repente.

¿Había tomado la decisión correcta? Caminaba un tanto cabizbajo, chocando de tanto en tanto con algún joven estudiante o un aburrido oficinista. Todo se arreglaba con una de sus sonrisas y una expresión de arrepentimiento. Como siguiendo más una necesidad que un impulso, sus pies terminaron por llevarlo hasta el sitio donde siempre e sentía relajado y en el cual conseguía olvidarse de todo. Los últimos destellos de luz solar teñían de un bello color naranja el cielo entremezclado con algunos tonos purpúreos  en el cielo nocturno. Las primeras estrellas comenzaban a decorar la noche. Un celular sonaba en alguna parte… que importaba.
-Es bonito, verdad?- alguien le hablaba desde atrás al tiempo que empujaba el columpio donde se había sentado. Quería volverse,  mirarlo, preguntarle cómo estaba, preguntar tantas cosas; pero no se atrevía… tenía miedo de que su figura se desvaneciera en el aire como tantas otras veces, así que permanecía observando ese cielo entre las copas de los árboles.

Cuando el columpio por fin se detuvo, lo vio apoyado sobre uno de los tubos, mirándolo con una sonrisa. Ryo lo miraba incapaz de hablar.
-Creí que tampoco vendrías hoy… supongo que fue un mal día… ¿quieres que te haga compañía?- Se sentó en el columpio a un lado de donde estaba regalándole sonrisas al por mayor.
-¿Esperabas verme?- Por fin rompió el silencio en que se hallaba sumergido desde que se percató de su presencia.
-Me costó mucho contenerme de llamarte…- Que rostro más inocente. –No sabía si me recordarías…- Se levantó de un salto y se paró justo frente a él, como si se debatiera consigo mismo de hacer algo o no. –Tampoco quería que te enojaras por haber guardado tu número sin tu permiso…-
-Yo también… quería llamarte… pero no lo hice…- Cuando lo vio dar un paso hacía él acortando la distancia que los separaba, comenzó a ponerse un poco nervioso. El chico ya no le pareció tan inocente.
-Debiste hacerlo, sabes?… Así no hubiera tenido que esperar aquí en vano los últimos cinco días…- Dio un paso más, sus piernas tocaron las de Ryo, quien no podía ni moverse ni quitarle los ojos de encima. –Tendrás que compensarme de algún modo, sabes?- Tegoshi tomó sus manos, que se aferraban a la cadena, entre las suyas. Un escalofrío le recorrió la espalda a Ryo.
-A-ah… sí?… y… q-qué quieres a c-cambio?…- Su corazón comenzó a latir más aprisa, se sentía estúpido tartamudeando así. Le sonreía.
-A ti…- Su respuesta fue concisa y directa. Se inclinó hasta alcanzar sus labios y lo besó… así sin más… lo besó. Para Ryo era la primera vez que experimentaba aquellas sensaciones. Si bien al principio no supo qué hacer, tan pronto como liberó sus manos y las llevó hasta la nuca del menos, el beso no hizo más que profundizarse y las emociones que recorrían su cuerpo no hacían más que volverse más intensas- ¿Éso era besar? ¡Por todos los cielos! ¿Cómo había pasado todos estos años privándose de ello?

Tegoshi permanecía sentado en sus piernas disfrutando de aquellas ansías salvajes de devorarlo entero que parecían haber estado suprimidas en algún rincón pequeño y que sin saber haber desbordado en un segundo. La manera en que lo besaba y lo acariciaba comenzaba a excitarlo en sobremanera. Su espalda era sensible u ahora sentía sus dedos largos y un poco fríos mientras lo aferraba contra su cuerpo besando su cuello como si quisiera deshacerse de toda barrera material entre ellos en ese preciso momento. Le rodeó el cuello con sus brazos, lo besaba como si pusiera la vida en ello. Se recorrió un poco más contra su pecho. Su pierna notó lo que había despertado con sus besos dentro de los pantalones del chico que lo abrazaba y al que abrazaba envueltos en una pasión desmedida.
-Vayamos a tu casa…- Le susurró al oído jadeando. Ryo pudo ver sus mejillas sonrojadas y ese brillo ardiente de deseo en sus ojos. Rodeó su cintura con sus brazos y lo besó mientras se ponía de pie levantándolo consigo sin el menos esfuerzo, en realidad le pareció bastante ligero. Teniendo su cuerpo tan cerca del suyo, se dio cuenta de que no era el único que se sentía así de estimulado. Su sonrisa, aunque un poco perversa debido a esa mirada, no pudo más que arrancarle una risita de complicidad al chico. Sus pies volvían a tocar el piso. Ryo lo había soltado, tomó sus cosas del piso y echó a andar. Se volvió y le hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera. Tegoshi entrelazó sus dedos por detrás, le sonrió y echó a correr tras él.

El elevador hasta el quinto piso les sirvió para continuar con el juego de caricias y besos que parecía haber terminado en el momento en que salieron del parque. Su actitud se había vuelto un poco más salvaje y dominante, cosa que le parecía encantadora a Ryo, quien pensaba que el pequeño sólo estaba tratando de seguirle el paso. A esa hora de la madrugada no era para nada raro que no hubiera nadie que los viera y se persignara al ver lo que se hacían por el pasillo. Sólo había cuatro puertas en ese piso, avanzaron entre risas nerviosas y botones abiertos hasta la segunda del lado derecho. Estaba tan ansioso que no podía ni meter la llave, al final se le cayeron al piso y Tegoshi fue quien abrió riéndose de él por su poca habilidad, ganándose un par de mordidas en el hombro.

Apenas se cerró la puerta tras ellos, comenzaron a deshacerse de  esas molestas prendas que separaban sus manos del resto de su piel; chocando en su camino hacía la recamara con cuanta cosa tenía Ryo en la casa. Pero, ¿a quién rayos le importaba?, ya lo recogería… luego… si se acordaba.

Que diferente lucía el chico sobre la cama de lo que estaba acostumbrado a ver sobre esas sábanas. La piel era blanca y tersa, carente de musculatura, casi como una chica… y bien podría ser una, de no ser por el miembro erecto bajó sus pantalones desabrochados que lo incitaba a abalanzarse sobre él, quien lo miraba respirando agitadamente casi como suplicándole que lo hiciera… No sería educado de su parte seguir haciéndolo esperar, verdad? Su adorable e inocente Tegoshi podía pescar un resfriado por llevar tan poca ropa si no lo hacía entrar en calor.
-Date prisa!…- Le lanzó una de las almohadas que estaban sobre la cama en la cara. Esa diabólica sonrisa trajo consigo una mirada de lo más pervertida que fascinó a Tego de la cabeza a los pies, era la primera vez que veía ese tipo de expresión en el rostro de Ryo; quien avanzaba hacía él abrazando la almohada con ambas manos cubriéndose el pecho y parte de la cara con ella; cuando se acercó lo suficiente, la dejó por un costado y lo tomó por los tobillos jalándolo un poco a la orilla de la cama para quitarle el pantalón. Un pequeño gemido se le escapó de los labios en el proceso. Estaba acostumbrado a ser quien tomara control de la situación. Yamapi, que era cómo sus amigos llamaban a Yamashita, nunca tomaba la iniciativa cuando estaban en la cama, así que ya se había hecho a la idea de que esta vez también tendría que marcar el ritmo de la noche. Se quitó la camiseta blanca de tirantes y el pantalón sin dejar de mirar a su amante. Tegoshi miraba su cuerpo marcado por el ejercicio mientras se mordía suavecito el labio inferior, Ryo había logrado su cometido al desnudarse frente a él. Se sentó apoyando los codos en la cama para contemplarlo mejor. Ryo subió avanzando de rodillas lentamente como si acechara a su presa antes de atacarla. Pero su dulce presa soltó una carcajada maliciosa… apenas lo tuvo a su alcance, rodeó su cuello con sus delgados brazos y lo giró ayudado de sus piernas para dejarlo boca arriba contra el colchón. Estaba un poco confundido, ¿podía un gatito ser capaz de devorar a un león? Sus pensamientos se alejaron con ese primer gemido que salió de su boca sin control cuando sintió la calidez y la humedad de su lengua sobre su sexo… sus manos estaban ocupadas acariciándolo y tocándolo por aquí y por allá. Por primera vez le tocaba recibir lo que tantas veces él mismo había dado. Y si su lengua se sentía así de bien, la sensación fue mil veces mejor cuando lo metió por completo dentro de su boca sin previo aviso. Su espalda se arqueó debido al desborde de placer que lo inundó de repente. Una de sus manos jugaba ahora a través de su pecho, subiendo y bajando acariciándolo apenas con las yemas de los dedos para luego pellizcar sus pezones a la vez que entraba de nuevo en su boca mientras la otra mano seguía el mismo moviendo que sus labios. Su lengua lo recorría de la base a la punta para perderse otra vez dentro de su boca. ¿Cómo podía Yamapi permanecer tan tranquilo mientras le hacía lo mismo, si él con trabajo podía callarse lo suficiente como para volver a tomar aire?
-Tegoshi… para… si sigues… yo… voy a…- Decía entrecortadamente mientras gemía y se aferraba con ambas manos de las sábanas. Tegoshi, quien no le había quitado los ojos de encima más que para parpadear, lo miraba satisfecho mientras le daba lo que al parecer era su mejor noche. Al suponer lo que Ryo trataba de decirle, aumentó la velocidad en el movimiento de su mano rozando levemente con la lengua mientras lo tenía dentro. La expresión  de su rostro vino acompañada de aquel chorro caliente y espero que le llenó la boca. Ahora veía su pecho subir y bajar tratando de recuperar el aliento. Lo había hecho terminar como nunca.
Tegoshi lo miraba con una perversa sonrisa dibujada en los labios, lamiéndose los dedos. Se recostó a su lado y comenzó a besar y mordisquear su cuello y su oreja. Ryo se entregaba a su juego sin protestas, correspondiendo sus caricias y besos. Una vez que recuperó un poco sus fuerzas, se puso sobre él y lo despojó de la ropa interior con una mano al tiempo que lo acariciaba con la otra. Su mano se movía haciéndolo estremecer con cada arriba-abajo que daba; verlo disfrutar así lo excitaba también; al poco tiempo ya estaba nuevamente listo. Llevó sus dedos hasta su entrada posterior, qué agradable le resultaba escucharlo gemir de ese modo mientras introducía poco a poco su dedo… y la reacción fue aún mayor cuando metió un segundo dedo. No tomó mucho tiempo prepararlo, así que no lo hizo esperar más. Lo tomó suave y firmemente por la cadera y lo echó un poco hacia arriba poniendo debajo la almohada. Pensó en hacerlo lentamente para no lastimarlo, pero su vocecita exigiéndole que lo hiciera ya, lo llevó a penetrarlo de una sola vez… ¿Dónde había estado ese chico y todo su libido durante estos años desperdiciados en hacerle el amor a un cascarón programado para sentir placer evocando un recuerdo?

Aquella noche de tórrido romance y pasión desenfrenada se prolongó hasta que las estrellas desaparecieron. Ryo no podía más… Tegoshi también terminaba una vez más, cayendo rendido sobre su pecho. Sólo un par de minutos más tarde lo tenía profundamente dormido, en esa misma posición lo rodeó con los brazos y se giró para ponerlo sobre la cama; el pequeño gatito se acurrucaba desnudo contra su cuerpo buscando su calor. Se peleó un segundos con las sábanas y el edredón que estaban desparramados entre la cama y la alfombra hasta que logró sacarlas de debajo de su cuerpo y las echó encima. También sería la primera vez que dormía con la persona con la que había hecho el amor… ¿el amor? Sí, mientras contemplaba su carita durmiente se dio cuenta de que se había enamorado perdidamente de la frágil y seductora inocencia que yacía entre sus brazos; apartó con el dedo índice el cabello de su rostro, le besó por milésima vez los labios dulces.
-Buenas noches mi gatito…- dio un toquecito con la punta del dedo sobre su nariz y luego se quedó dormido abrazándolo.

Lo despertó el sonido del agua al caer que provenía de algún lugar. Se negaba a abrir los ojos, aún quería dormir, se sentía cansado. Palpaba la cama con la mano notando que algo le hacía falta. Al reparar en lo que era se levantó de inmediato. Tan sólo de recordar lo que habían hecho durante toda la noche se sintió excitado otra vez. ¿Qué más daba? Se enredó la sábana y bajó de la cama rumbo al baño. Ni siquiera tocó. Sólo se limitó a abrir la puerta dejando caer la tela que lo envolvía. Vio su cuerpo delgado, de tez un poco más oscura que la suya, difuminado a través de la puerta plástica color humo de la regadera. Abrió lentamente. Ni siquiera lo escuchó entrar, sólo sintió unas manos pequeñas y delgadas aferrándose a su pecho desde atrás mientras le besaban el cuello y los hombros. Aquella se volvió la ducha más larga y placentera de su vida.

Su ropa le quedaba un poco larga y holgada, cosa que no hizo más que volverlo aún más adorable mientras lo vestía. Era un consentido, le quedó más que claro que le encantaba en sobremanera ser mimado. A su lado Ryo podía volver a ser él mismo, ser quien era antes de Yamashita. Se complementaban de un modo más diabólico que divino. Incluso le había preparado el desayuno. Si bien Tegoshi se había empeñado en hacerlo al principio, Ryo temió por sus estómagos al ver lo que planeaba preparar con todos esos ingredientes que esperaban sobre la barra a ser agregados a la sartén que tenía en el fuego; así que sutilmente lo sacó de la cocina entre besos y trozos de fruta en los labios.

Con él se divertía todo el tiempo. No hubo necesidad de que salieron del departamento. Ambos prefirieron quedarse en el sillón viendo películas y comiendo cuanta comida chatarra encontraron en la alacena y el refrigerar, ni soñar que pudiera hacer algo así con Yamapi quien siempre estaba cuidando lo que comía. Sólo se separaron el rato en el que Tegoshi salió a la terraza para responder el celular. Pero no le dio mayor importancia y fue a la cocina para rellenar el bowl de las palomitas; sabía que lo más probable era que fuera su madre sermoneándolo por no haber llegado a dormir; su risa burlesca se volvió una carcajada ruidosa cuando lo vio despegarse bruscamente el teléfono, seguramente debido a unos de los gritos de la mujer. Volvió al sofá, se puso el refractario de cristal sobre el estómago, se rebulló entre los cojines y le puso play a la película.

Para cuando volvió a la sala después de una segunda llamada telefónica que se alargó más de lo que tenía previsto, ryo ya se había quedado dormido. Peses a cualquier cosa, le pareció realmente tierno mientras dormía.
-Parece un cachorrito…- levantó un poco el cojín sobre el que estaba recostado deteniendo su cabeza cuidando de no despertarlo y se sentó, recargándolo sobre su pierna izquierda. Ni siquiera notó cuando comenzó a hacerle piojito. Ya lo tenía como hábito, era una de esas cosas que le gustaba hacer pero no que le hicieran… le traía recuerdos un tanto dolorosos… de alguien más.

Por fin fueron usadas aquellas velas compradas hacía tantos años atrás que habían estado guardadas en una caja; ni siquiera recordaba muy bien donde las había dejado, cosa que divertía al chico descalzo sentado a media luz sobre el desayunador con los ojos vendados a la espera de que su amado terminara lo que estaba haciendo. Fueron el toque perfecto para aquella velada que comenzó con una deliciosa cena en la alfombra de la sala y terminó con todo un festín en la alcoba.

La siguiente mañana despertó entre sus brazos fuertes y bien torneados. Ryo lo miraba un poco ruborizado por haber sido descubierto mirándolo como un tonto mientras dormía.
-Buenos días… Tegonyan~- De nuevo ese golpecito en la punta de la nariz acompañado de una sonrisa enternecida.
-¿Ahora soy tu gato?- Decía el otro pegándose más a su cuerpo simulando el comportamiento empalagoso de aquel animal, apoyando la oreja contra su pecho.
-sí, así es… eres mi gatito, Tegorin…- Lo abrazó con fuerza enredando también sus piernas alrededor de su cuerpo pero sin hacerle el menor daño, sólo para hacerlo suyo, rodearlo por completo, protegerlo. Una carcajada.
-¡Entonces adóptame y dame amor todos los días como un buen amo!- Ahora él también reía ante semejante ocurrencia por parte del menor. Aunque la idea no le desagrado para nada, sino todo lo contrario.
-Lo estoy considerando bastante, sabes?- Le gustaba seguirle la corriente, quería saber si sólo lo había dicho como broma.
-¿Para que lo piensas? Sólo hazlo… Te amo…- Cerró los ojos entregándose de lleno a la melodía que escuchaba ahí dentro y que de pronto aumentó de ritmo.
-Entonces ya no te dejaré ir nunca…- Lo estrechó con fuerza, sintiendo como suya la tibieza de su piel suave y el dulce aroma de su cuerpo.
-No quiero ir a ningún lado si no estás tú, Ryo-chan… Quiero estar así contigo por siempre…- Se acurrucaba entre su pecho y sus brazos cual gatito ronroneando al recibir caricias amorosas mientras Ryo pasaba su mano por su cabello despeinándolo un poco. Esos besos… los besos más tiernos y profundos del universo.

Un par de días después de ese fin de semana fugaz y eterno, se lo llevó a vivir a su departamento. Siguiendo su pequeña roma privada, le había comprado inclusive un dije en forma de calavera de gato con las iniciales de sus nombres grabadas por la parte posterior, el cual Tegoshi siempre llevaba puesto. No había amor más entregado y verdadero que el que ellos se profesaban.

Cuando se enteró por terceros, casi se desmaya. No podía creer que Ryo, “su Ryo”, estaba viviendo con alguien. Lo había empezado a ver diferente, algo en él había cambiado volviéndolo fascinante e irresistible, pero nunca se imaginó que fuera debido a un amorío.
-Lo siento Yamashita-senpai…- Más que el haberle rechazado el beso, lo que le dolió profundamente fue que lo llamara así y no cómo siempre hacía cuando estaban a solas… como cuando lo amaba.
-¿Por qué Ryo-chan?- Ni siquiera podía decir si lloraba de dolor o de coraje mientras se abrazaba a él bruscamente producto de su propia desesperación.
-Tenías razón senpai… los labios sólo deben pertenecerle a la persona que amas…- Se sentía increíblemente bien asestarle el golpe de gracia con sus propias palabras, ésas que él le había dicho en aquel entonces cuando se le había confesado, cuando se habían entregado a su deseo por primera vez. Sujetó sus brazos para quitárselo de encima y de fue, dejándolo estupefacto mirando la nada.

Un mes más después Ryo fue ascendido. Ahora Yamashita trabajaría para él. Si acaso existía el karma, ahora se hacía presente, pero no lo disfrutaba tanto como había imaginado. Hasta cierto punto, el repentino cambio en Yamapi le preocupaba. Pero no quería preocuparse por ello. Estaba demasiado feliz por su logro personal. Llegó temprano a casa y en compañía de su pequeño y lindo novio fue a comprarse un auto, el cual por supuesto que se dieron a la tarea de estrenar aparcados justo bajo el árbol donde se habían encontrado por vez primera.
-Jamás amaré a nadie más… seré tuyo por siempre…- Le había dicho Tegoshi al oído jadeando mientras Ryo le hacía el amor.

Un año pasó como si hubiera sido un suspiro. Ryo subía corriendo las escaleras destrozada su calma por la desesperación y la angustia que se habían apoderado de su cuerpo, incapaz de creer en las palabras que había escuchado media hora antes en un mensaje en el buzón de voz de su celular. Sus manos temblaban, las llaves estuvieron a punto de caérsele un par de veces. No podía ver nada en el interior. Todas las luces estaban apagadas cuando llegó. Ni siquiera se molestó en encenderlas. Cruzó toda la estancia librando obstáculos en dirección a la recamara. Nada parecía haber cambiado, todo estaba perfectamente acomodado en su lugar… No. Todo había terminado. Había demasiado orden… Su corazón latía descontroladamente como si quisiera escapársele del pecho para ir a donde estuviera Tegoshi. Sudaba frío. Cerró los ojos y prendió la luz de la lámpara. Respiró hondo repitiéndose en voz baja que todo estaría bien, que éso no era más que producto de su imaginación, abrió los ojos. Sus cosas habían desaparecido. No estaban sus botines favoritos bajo la cama, la sudadera negra con calaveritas que usaba cuando salían a caminar por la noche al parque no estaba sobre el respaldo del pueblecito de la esquina donde se sentaba a leer. No fue necesario abrir el closet para saber que el resto de su ropa tampoco estaría. Cayó de rodillas al piso derramando amargas lágrimas que rodaban por sus mejillas… un rostro carente de vida. Su corazón estaba hecho añicos esparcido por todo el departamento junto con todos los besos y sonrisas que habían compartido. Su alma desgarrada expresaba todo el dolor que sentía con gritos de agonía.

Yamashita permanecía de pie en el marco de la puerta; él lo había traído a casa, preocupado al extremo al ver su semblante inexpresivo tras haber escuchado el mensaje de Tegoshi. De no haber si do porque estaba a su lado, Ryo probablemente se hubiera desmayado en ése mismo instante; estaba tan pálido, temblando… luego salió corriendo de la oficina sin decir nada. Yamapi pensó lo peor. Sí, lo amaba. Al perderlo se había dado cuenta de cuánto lo necesitaba y de cuánto lo amaba pero… se había dado cuenta demasiado tarde. Aún así no quiso alejarse de él. Ahora lo miaba impotente, tan frágil y herido acurrucado sobre sí mismo en el piso, llorando. Quería acercarse… tomarlo entre sus brazos… brindarle consuelo… hacerlo sentir que él estaba ahí, a su lado… decirle que lo amaba… que él no había ido ni iría nunca a ningún sitio… pero no lo hizo, sabía que no serviría de nada. El corazón de Ryo había sido envenenado con la peor toxina del planeta… el adiós. Un mar de lágrimas podrían no ser suficientes para curarlo. Por primera vez Yamapi odio a Tegoshi con todo su corazón; no por haberle robado a Ryo, no por haberlo alejado de él durante todo este tiempo, no por haberlo amado del modo en que él nunca quizo hacerlo… sino por haber jugado con él de esa manera… por todas sus mentiras… por cada una de las lágrimas que ahora derramaba por su culpa… por la forma en que egoístamente decidió terminarlo todo… por la estúpida promesa con la que lo dejó solo en esa habitación que ahora le parecía tan oscura y fría… Lo odió con toda su alma por saber que jamás volvería… Y se odió a sí mismo… por no haber hecho nada para evitar todo su sufrimiento.

No… ya no podía contemplar aquella escena. Se dio la vuelta y recargó la espalda contra el muro exterior de la habitación para dejarse caer hasta quedar sentado con los codos apoyados en las rodillas y el rostro escondido entre el cabello y sus brazos… Tapando sus orejas con las manos para no seguir escuchando, deseando no poder oír cuánto sufrió su amado Ryo.






“¿Ryo-chan?… 
Debes estar ocupado, verdad? 
Te he estado llamando toda la tarde… 
se alargó tu junta?… 
Mmm… 
Lo siento… 
escucha, no quiero que llores ni que corras detrás de mí después de escuchar esto… 
Quiero que sepas que he sido muy feliz contigo, te lo juro… 
lo sabes, verdad?… 
Pero la vida me dio una segunda oportunidad… 
No te estoy dejando… 
Te prometo que si ésto no funciona volveré a tu lado y nunca más me alejaré de ti… 
Si ya no queda nada en mi pasado para mí, quiero un futuro contigo… 
Te amo… por siempre…”
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