Una vez más. (RyoTego)






Título: Una vez más.
Pairing: Nishikido Ryo + Tegoshi Yuya 
Fandom: NewS

 ~One more time, one more chance - Yamasaki Masayoshi~
Tipo: One-shot
Género: Shonen Ai
To: Luz (partner, espero que te guste la conti tanto como la primera parte y que dejes de odiar a la Hime por hacer llorar a la Hebi XD en el prox shot lo perdonarás)
N/A: Esto es secuela de "Una Mentira"






Se había ido. Todo mi mundo era una prueba de su paso por mi vida. Mi cama, mi ropa, mi almohada, todo aquí seguía oliendo a él. Todas las noches me despertaba empapado en sudor llorando debido a la angustia y al miedo de estar solo y veía su rostro desvanecerse de mi lado cuando trataba de tocarlo buscando un poco de consuelo en su sonrisa dulce.

Sabía que no estaba ahí, no tenía por qué estar ahí, lo entendía a la perfección, pero aún así, tontamente lo buscaba en cada rincón de la casa al llegar esperando que hubiera vuelto mientras no estaba y que me diera la bienvenida como siempre en medio de un abrazo y miles de besos, pero la respuesta era siempre la misma: un silencio absoluto que me oprimía el pecho hasta hacer que mis lágrimas fluyeran sin cesar hasta que ya no podía llorar más.

Lo veía en todas partes. Fuera a dónde fuera e hiciera lo que hiciera, él siempre estaba ahí en algún lugar. ¿Cuántas veces me había desviado de mi camino a casa al salir de la oficina por ir detrás de alguien que juraba que era él sólo para comprobar al final que no era más que una mala pasada de mi imaginación desesperada por recuperarlo?

Ah... estaba tan cansado de ver su figura en alguna estación del tren,  cruzando alguna calle, dentro de alguna tienda, saliendo del centro comercial. Tan cansado de escucharlo llamarme de pronto mientras yo caminaba cabisbajo en medio de la multitud haciéndome voltear súbitamente tan sólo para comprobar que no estaba ahí. ¿Hasta cuándo se iba a prolongar esta pesadilla? Mi mente estaba a punto de cruzar esa delgada y apenas perceptible línea entre la imaginación y la locura. Sí, sabía que no tenía por qué estar ahí... pero mi mente no dejaba de evocarlo a cada segundo, alimentada por mi corazón con cada recuerdo vivido que evidenciaba su ausencia haciendo del vacío que me había dejado, un abismo oscuro, temible y eterno al que estaba a punto de caer inevitablemente. ¿Cómo no pude presentir el final de esta historia? Creí que lo conocía, que sabía lo que sentía, cómo pensaba. Me equivoqué... puede que así haya sido siempre, que sólo haya sido su entretenimiento, un premio de consolación, o que algo ajeno a su voluntad lo apartara de mi vida... eso era lo que yo quería creer, que se había ido porque no tenía más remedio que hacerlo... tal vez nunca lo sabré. Estaba tan felizmente enamorado de cada milímetro de su existencia que no pude ver lo que estaba pasando. Tal vez no quise verlo.

Había llegado a mí de la nada una noche de viernes tan horriblemente cotidiana y aburrida, y del mismo modo me dejó así sin más, con sólo un extraño mensaje de voz grabado en el celular. Eso constituía la única prueba de que mis días con él no habían sido sólo un sueño, que no había sido tan sólo un producto de mi imaginación para consolar mi alma cuando más lo necesitaba. Ahora lo único que me conectaba con él era su voz diciéndole adiós a su presente para ir detrás de su pasado. ¿Quién demonios se creía? ¿Con qué derecho venía a sacudir mi mundo para luego dejarme en medio de esta maldita incertidumbre? ¿Quién sería yo ahora que se había ido llevándose todo lo bueno que había en mí? ¿En qué demonios me había convertido? ¿Qué quedaba de mí ahora?

El tan sólo pensar en las respuestas a todas las preguntas que volaban descontroladas dentro de mi cabeza, hacía que se me pusiera la piel de gallina y terminara rompiendo en llanto en medio de la noche. No quería éso como mi futuro. Definitivamente no lo quería.

El constante paso de las manecillas hacía todo más difícil de sobrellevar. Se volvieron mis pequeñas torturadoras personales. Y mientras el maldito tick tack cobraba fuerza hasta volverse un sonido insoportable, no podía evitar preguntarme qué estaría haciendo, si estaría comiendo bien, si estaría sonriendo, si estaría feliz, si podía continuar viviendo su vida sin mí del modo en que yo nunca podría seguir viviendo la mía por mucho que quisiera si él no estaba aquí. No pude soportarlo más. El reloj terminó en el contenedor de la basura unos días después cuando me harté de su constante vaivén. Pero aunque el ruido se había ido, mi necesidad de él seguía aquí, tan presente como los latidos de mi corazón haciendo eco dentro de las cuatro paredes de lo que se había terminado convirtiendo en mi mundo entero.

Cosas tan comunes como comer, dormir y reír, se volvieron tan molestas y cansadas de hacer, que terminé por hacerlas a un lado, total, ya ni siquiera notaba el inicio o el fin de cada día, así que, qué más daba si sólo me quedaba escondido en el interior de mi habitación debajo de las cobijas a esperar despertar de esta pesadilla.

Estaba tan harto de todo que incluso intenté acelerar las cosas, pero siempre llegaban Yamapi y su maldita preocupación a tiempo para evitar que lo consiguiera. Fue así como tijeras, cuchillos, espejos y todas las cosas que pudieran servir para hacerme daño de algún modo desaparecieron de mi alcance mágicamente al despertar una mañana después de que rompiera otro vaso para tratar de cortarme las muñecas por tercera ocasión ese mes.
-Ryo-chan, debes dejar de hacer estas estúpideces. No puedes seguir haciéndote daño de este modo... no siempre puedo estar aquí para cuidarte... hazlo por mí, si?- Escuchaba su voz en alguna parte de mi cabeza, pero no quería abrir los ojos para ver dónde estaba, de cualquier manera, sabía que siempre estaba aquí, se había vuelto mi maldita sombra y no me dejaba solo ni un momento, excepto cuando se iba a trabajar. Pobre iluso, como si fuera a pensarme las cosas sólo porque me lo pidiera. Hacía mucho que había perdido ese beneficio, ya no era nadie importante en mi vida como para que su bienestar me interesara. -...ya te dije que no te voy a dejar morir. No por su culpa.- Se había vuelto tan común saberlo aquí, que en algún momento pasó de ser una molestia a convertirse en una especie de ángel de la guarda que cuidaba de mí noche y día. Un ángel que me hacía sentir aún más miserable y desgraciado por todo lo que representaba en mi vida. Todo el daño que me había provocado antes de conocer a Tego, volvía a mí cada que escuchaba su voz preocupado por mí. ¿Después de cómo me había tratado, le importaba tanto como para tomarse todas estas molestias por mí? Era un hipocrita.

¿Qué era ahora el tiempo para alguien como yo? Un día podía serme un suspiro y un minuto podía volverse una eternidad pensando en él, en su risa exagerada, sus ojos inocentes, sus chistes tontos, sus labios suaves, sus manos delicadas, su melódico timbre de voz... Lo que más extrañaba sin duda era su dulce voz, susurrándome palabras dulces al despertar, cantándome algo antes de dormir, hablando de mil y un cosas a lo largo del día. Me hacía tanta falta escucharlo que me torturaba a mí mismo una y otra vez repitiendo sus últimas palabras hasta que lloraba tanto que, exhausto, me quedaba dormido, a veces por días completos.

No podía dejar de culparme por su partida...
Si tan sólo lo hubiera abrazado más...
Si tan sólo lo hubiera besado más...
Si tan sólo le hubiera sonreído más...
Si tan sólo le hubiera dicho que lo amaba unas veces más...

Otras veces no podía dejar de odiarlo por su partida...
Si tan sólo no me hubiera abrazado tanto...
Si tan sólo no me hubiera besado tanto...
Si tan sólo no me hubiera sonreído tanto...
Si tan sólo no me hubiera dicho que me amaba tanto...

Y luego venía el dolor intenso que me oprimía el pecho desde adentro como si me quisiera destrozar las entrañas. Un dolor tan profundo que sólo se mitigaba cuando conseguía hacerme el daño suficiente como para que mi umbral del dolor cambiara de objetivo... y sólo así, aunque fuera por un breve instante, dejaba de sentir que me iba a explotar en mil pedazos el corazón. Era como abrir una válvula para regular la presión. Con el tiempo se volvió casi una necesidad. Una muy dolorosa necesidad que cada vez necesitaba ser más intensa para cumplir con su cometido.

Un frío inexplícable se había apoderado de mi habitación. ¿Por qué insistía en abrir las ventanas por la mañana antes de irse? ¿Qué no sentía que se le congelaba el cuerpo en cuanto entraba? ¿Acaso quería evitar que muriera desangrado o intóxicado para que acabara conmigo una pulmonía y que al menos contara como una muerte natural y dejar tranquila su consciencia? Qué más daba... si éso hacía desaparecer mi patética existencia, no me molestaría ni que sazonara la comida con raticida. Ah... nuevamente mi mente comenzaba a pensar estupideces.

¿Qué tan tóxico sería beberse toda la botella de limpia pisos? ¿Podría desangrarme si me tomaba toda la caja de aspirinas y luego rompía la ventana para cortarme el brazo? ¿Realmente era mortal inyectarte aire con una jeringa? ¿Por qué simplemente no me dejaba de idioteces y saltaba por la ventana? Total, a esta altura era seguro que terminaba embarrado en el asfalto y que no sentiría nada al impactar contra el piso. No. Ese sería un espectáculo poco agradable de presenciar. No. No debía contagiar a otros con esta miseria. No. Sólo quería terminar con mi vida, no arruinarle la suya a los demás. Llegado a este punto no era raro que hasta las cortinas me parecieran buenas aliadas en caso de que decidiera colgarme en algún lado o que considerara seriamente la idea de arrastrarme hasta la cocina por un tenedor, dejar abierta la llave del lavabo y luego de inundar el departamento, freírme introduciéndolo en algún contacto; inclusive dejó de parecerme estupido eso de dejar caer la grabadora o el secador de cabello dentro de la tina; el problema radicaba en que Yamapi se había llevado la secadora y yo no tenía bañera. Estupida vida. ¿Se confabulaba con él para mantenerme vivo o qué? ¿Sería muy tardado y doloroso desangrarse si metía la mano dentro de la licuadora mientras funcionaba? ¿Por qué demonios no tenía cosas eficacez en casa? ¿Acaso era mucho pedir tener por ahí un poco de ácido nítrico, amoníaco, cícuta, ajenjo, o ya de perdida un arma de bajo calibre que pudiera usar en estos casos? Estupida vida. Todas las cosas buenas estaban prohibidas o eran ilegales.
-Ryo-chan... estás despierto?- ¿El pobre nunca se cansaba de hablarme? ¿Qué se ganaba con hacerlo si nunca obtenía respuesta de mi parte?... Si yo fuera él, seguramente me hubiera mandado al diablo después de la primera semana de lidiar con un muñeco de trapo carente de voluntad arrumbado sobre la cama. Pero no. Yamapi era tan bueno, que a poco estaba de rayar en lo idiota y volvía una y otra vez, a pesar de lo que le hiciera, sin importar lo que le dijera. Y a todo esto... ¿qué demonios hacía aquí? ¿Qué no se supone que estábamos en malos terminos después de todo lo que había pasado entre nosotros?, o más bien, por todo lo que NO había pasado entre él y yo durante todo el tiempo que se dedicó a jugar conmigo. Qué más daba. Ya se hartaría de ser la nana de un maniáco-depresivo con tendencias suicidas y me dejaría en paz de una maldita vez. Y hasta entonces, seguiría haciendo de cuenta que no existía. Y no es que me costara mucho conseguirlo. La mayor parte del tiempo ni siquiera recordaba que seguía aquí hasta que me daba cuenta de que me había quedado nuevamente a solas después de reparar en el hecho de que hacía ya buen rato que no lo oía hablándome de alguna cosa. Estaba tan sumido en mis pensamientos que poco me importaba lo que pasara a mí alrededor, y eso incluía a Yamapi. Igual no tenía tanta suerte como para que un monstruo interespacial destruyera mi vecindario al luchar contra robots de alta tecnología o que algo explotara en los ductos de ventilación desatando un catastrófico incendio en mi departamento o que inexplicablemente comenzara a fugarse el gas y muriera intóxicado. No. Esas cosas no le pasan a la gente con mala suerte como yo. Porque de no ser por eso, ¿cómo demonios había sobrevivido a mi primer intento de ahorcarme usando el ventilador de techo del estudio? Porque la maldita sabana que usé para atarme alrededor del cuello había sido atacada por polillas en el armario! Háganme el maldito favor! Y por si eso no fuera poco, cuando traté de provócarme una sobredosis, lo único que me gané fue una hiperglusemia porque por alguna extraña razón, alguien había cambiado todas las cápsulas de los medicamentos por vitamina C y dulces de frutas. Y no conforme con eso, cuando quise causar un incendio desde la cocina, resultó que se había terminado el gas, así que sólo me ampoyé los dedos de tanto encender cerillos en un ataque de frustración. ¿Podía existir alguien más desafortunado que yo? ¿Por qué diantres el destino se empeñaba en mantenerme con vida? ¿Qué podía ser tan bueno que mereciera la pena ser vivido por mí? ¿Qué sentido tenía el que siguiera consumiendo el oxígeno que otros podrían aprovechar mejor que yo?

Sinceramente no tenía ni la más remota idea...

Y entonces, me encontraba a mí mismo tan cansado de tanto esforzarme en encontrar un medio efectivo de acabar con mi existencia, que terminaba dándome por vencido y me resignaba a sólo quedarme debajo de las cobijas a esperar el momento... si seguía así, en algún punto mi cuerpo tendría que terminar por colapsar, no?

Esa era ahora mi única esperanza.

Todo lo demás carecía de importancia.

Y aunque yo mismo entendía que era una estupidez pensar de este modo, no podía encontrarle el más mínimo sentido a seguir viviendo, no cuando la única razón que tenía para existir se había esfumado de la noche a la mañana sin ninguna explicación razonable.

Y luego, una ira desmedida me invadía, obligándome a destrozar, golpear, patear y lanzar todo lo que me encontraba enfrente tratando estupidamente de calmar un poco lo que sentía al cargarme el departamento por completo. ¿Dónde demonios estaba? ¿Por qué se fue así? ¿Si pensaba largarse para qué se quedó conmigo por principio de cuentas durante tanto tiempo? ¿Siquiera le importaba?¿Al menos pensaba en mí? ¿En cómo estaría si no estaba conmigo? ¿Qué demonios seguía haciendo aquí? ¿Por qué no desaparecía también su recuerdo?

Yamapi odiaba que tuviera estos episodios. No porque siempre acabara recibiendo un par de golpes de mi parte cuando intentaba detenerme para tranquilizarme, sino porque era yo quien terminaba hecho polvo derrumbado en el suelo con los nudillos destrozados y un montón de moretones, cortadas, raspadas y golpes por todo el cuerpo y, obviamente, al día siguiente parecía que me habían atropellado o por lo menos apaleado y no podía ni con mi alma. Al menos debería sentirse tranquilo, no?, en ese estado no podía ni levantar un dedo, así que aunque me lo propusiera, no podría hacerme ningún daño. Para su fortuna o desgracia, hacía un par de semanas que no tenía un ataque de esos. ¿Había mejorado mi ánimo? No. Era simple y sencillamente porque ya no quedaba mucho por destrozar dentro de la casa. No. No había otro motivo además de ese.

¿Cuántos días habían pasado desde aquella noche que volví corriendo y encontré la casa vacía en medio de la oscuridad y el miedo que me recorría por las venas tras escuchar su mensaje de voz? ¿Cuántas noches habían pasado desde aquella mañana que desperté completamente solo y desesperado después de tanto haber llorado aferrándome con fuerza a su almohada tratando de sentirlo a mi lado? ¿Cuántas semanas habían pasado desde que lo llamé por última vez con la esperanza de que dijera que pronto volvería? ¿Cuántos meses habían pasado desde que dejé de pensar que todo era sólo una pesadilla de la que podría despertar en cuanto escuchara su voz?

Maldita sea!
Tan sólo regresa y deshazte de toda esta porquería que me carcome por dentro si tú no estás y vuelve a hacerme feliz.
Tan sólo desaparece de una buena vez y déjame olvidarte porque mientras tú y tu recuerdo sigan aquí a cada segundo yo no puedo seguir.
Tan sólo quiero dejar de vivir si no regresarás nunca más a mí... porque no pienso continuar viviendo con el fantasma de tu recuerdo como única compañía por el resto de mi vida, ¿o más bien debería decir de mi no-vida?, porque juro que esto no es vida, a poco estuve de pensar seriamente que en algún punto morí y ahora soy tan sólo un zombie.

¿Que soy realmente patético?
Sí, yo mismo me odio por ello...
¿Que es estupido querer morir porque la única persona que te ha amado te ha dejado?
Sí, yo mismo pienso que lo es...
¿Que debería olvidarlo para siempre y continuar con mi vida como había vivido antes de conocerlo?
No, yo no sabía lo que era estar vivo hasta que lo encontré aquella noche.

Antes de eso yo no era más que el juguete de otra persona. Alguien sin sentido en la vida, sin sueños ni metas, sin sentimientos... Simplemente seguía viviendo porque era demasiado cobarde como para atentar contra mi vida... ¿en que punto perdí eso y gané el valor para hacerlo?

Después de conocer a Tegoshi todo cambió. Me sentí pleno. Me encontré a mí mismo al conocerlo a él. Era mi complemento, mi razón para dar lo mejor de mí cada día, para volver a sonreír, para descongelar mi corazón y dejarlo entrar por completo en mi mundo, que de pronto se volvió más grande y multicolor.

No es que dependiera de él para vivir. Es sólo que él era mi vida y sin él no tiene sentido que regrese a donde estaba... simplemente me rehuso a volver a ser una cáscara vacía y marchita de mí mismo.

Después de no haber dormido los últimos tres días, me desperté con sólo una idea rondando mi cabeza: hoy debía morir. El mismo día que te conocí, el mismo día que desapareciste, ese día sería el último día de mi vida. Lo había pensado todo tan cuidadosamente que no podía fallar esta vez. Tan sólo debía esperar a que Yamapi dejara como de costumbre mi desayuno sobre la mesita de noche antes de irse a la oficina. El sonido de la puerta al cerrarse sería la señal. Después de eso sólo sería cosa de tiempo.

Un sonido familiar me obligó a despertar, pero estaba demasiado débil como para girar siquiera la cabeza para ver dónde demonios estaba tirado el celular, ya no pensar en levantarme para responder, igual seguramente seria Yamapi para asegurarse de que hoy no había tratado de suicidarme antes de la hora del almuerzo. Pobre, tal vez se llevaría una desagradable sorpresa al volver. Al menos yo ya no estaría aquí para ver su maldita expresión desgarradora producto del sufrimiento y la frustración que lo embargarían al saber que por fin me había salido con la mía pese a todos sus incontables esfuerzos por mantenerme con vida.

-Lo siento, Pi...-

A lo lejos escuché que la puerta se abría y cerraba. Un par de minutos más tarde me pareció oía su infantil voz llamándome. Tal vez solamente alucinaba por el incesante pensamiento de querer tan sólo otra oportunidad de verlo y abrazarlo, por querer decirle una vez más que lo amaba, que lo necesitaba. Y no podía enfocar lo suficiente como para saber si tan sólo era un eco dentro de mi cabeza evocado por el frío que se apoderaba de mi cuerpo aunado al tono de mi móvil que seguía timbrando en alguna parte o si en realidad era él quien estaba de pie en la puerta de mi habitación mirándome con lágrimas en los ojos mientras decía algo que no alcanzaba a escuchar. Incluso al final, habías sido lo último que contemplaron mis ojos haciéndome sonreír. O al menos había querido hacerlo. 

Creo que por fin comprendí el por qué de seguir con vida, pero ahora era demasiado tarde, verdad? Me empeñé tanto en terminar con mi vida que no pensé que si no lo podía conseguir era porque tenía que seguir con vida... para volver a estar con él. Cerré los ojos y todo comenzó a desvanecerse lentamente en medio del silencio y la oscuridad.



La luz matinal se colaba por entre las cortinas dándome de lleno en la cara y lastimándome los ojos. Me sentía como cuando despiertas con una resaca descomunal después de una noche loca de borrachera descontrolada. ¿Dónde estaba? En definitiva no era mi casa, yo odiaba el color blanco y ciertamente, tampoco era la casa de Yamapi, conocía ese techo bastante bien. Un olor chistoso se filtró por mi nariz. Traté de tapármela pero no pude levantar la mano.
-Ryo-chan?...- Sí. Debí haberlo conseguido al final y ahora estaba realmente en el infierno, de otro modo, por qué seguiría escuchando su voz que tanto me torturaba debido a su ausencia. Sentía mi cuerpo extraño, como si no me perteneciera, como si no estuviera ahí. Trataba de enfocar algo más pero el vértigo no me lo permitía. -Ryo-chan...- Traté de cubrirme los oídos para dejar de escucharlo pero no pude. De pronto sentí un calor extrañamente agradable y familiar. Alguien sujetaba mi mano con fuerza. Incliné un poco la cabeza. Seguramente sería Yamapi. Una borrosa sonrisa sin rostro fue lo único que distinguí. Cerré los ojos esperando aclarar un poco mi visión. Poco a poco las facciones comenzaron a adquirir nitidez haciendo que me pareciera alguien conocido. -Amor, me oyes?...- Esa voz. Su voz. Entrecerré los ojos intentando terminar de enfocar pues resultaba demasiado real para ser una alucinación. Quise llamarlo pero mi voz no acudió a mí. Enfoqué todas mis fuerzas en alcanzarlo con mi mano izquierda. Ahí estaba. Justo frente a mí. -Bienvenido...- Su dulce e infantil sonrisa iluminó su rostro aún a pesar de las lágrimas. Deslicé mis dedos por sobre sus labios. "Por qué?" traté de gritar pero sólo un ruido seco se dejó escuchar a través de mi garganta. Mis propias lágrimas se perdían sobre la almohada fluyendo sin control. -Perdóname, amor... Perdóname por todo...- Sentí sus brazos rodearme por debajo y levantándome ligeramente para recargarme contra su pecho. -No debí alejarme de ti. Fui un estúpido... Perdóname... Quiero estar contigo para siempre. No existe nadie más a quién pueda amar si no eres tú...- También lloraba. Su voz se escuchaba un tanto ahogada por el dolor. -Déjame estar contigo una vez más...- Sollozaba sobre mis labios dándoles cortos besos.
-Estúpido egoísta...- No podía creer que esas fueran las primeras palabras que le dedicara después de un año de anhelarlo. -Por qué tardaste tanto en volver?!... No vez que estuve a nada de morir por tu culpa?...-
-Perdóname, Ryo-chan... Te amo y no volveré a dejarte solo nunca más... Ya entendí que no necesito desear nada a las estrellas porque si tú estás conmigo no necesito nada más...-
-Estúpido... Y tenías que largarte para descubrirlo?...-
-No... Tenía que alejarme para que descubrieras que soy tu única y más poderosa razón para estar vivo...- Lo besé. Una y otra vez hasta que mis labios ardieron. Lo besé tanto como lo eché de menos. Tenía razón. Por mucho que intentara odiarlo sólo había logrado amarlo más.
-Narcisista...-
-Pero así me amas...-
-Uhn...- Lo acomodé sobre mi pecho y me perdí en sus ojos. Continué besándolo y mirándolo hasta que me quedé profundamente dormido. Por primera vez en un año pude conciliar el sueño sin dificultades y sin despertar aterrado debido a las pesadillas. Estaba a mi lado, volvía a estar completo y era inmensamente feliz.

-FIN-
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Déjame llorar (Sakumoto)




Título: Déjame llorar
Autor: Lilith
Pairing: Sakurai + Matsumoto 
Fandom: Arashi
Tipo: One-shot
Género: Shonen-Ai, Angst, AU
To: Ariana que siempre me hace segunda con mis locuras Arashianas ^w^




Si alguien me hubiera dicho cuán doloroso sería amar de este modo, la verdad es que creo que nunca me hubiera enamorado de ti. Hasta ahora no tengo ningún recuerdo bonito a tu lado. Supongo que eso es porque tú nunca te diste cuenta de lo que yo sentía. Para ti sólo soy el chico nuevo que hace los recados, el mismo que ahora trabaja como asistente después de cuatro años de haber soportado tantas cosas dentro de esta maldita oficina. Pero para ti no soy nada más que éso. No soy el chico que creció contigo jugando en el parque. No soy al que despediste con lágrimas en los ojos cuando se mudó. No soy el que te buscó por todas partes hasta encontrarte. Ni soy el que acabó trabajando en la misma oficina que tú sólo para estar contigo. No. No soy más que alguien que trabaja para ti y a quien no recuerdas ni un poquito al final del día.



Y mientras mis días pasan uno a uno como una lenta tortura mirándote a la distancia, tú sólo te dedicas a regalar cada una de tus sonrisas a la persona que ocupa tu corazón. Y yo tenía que ser tan sólo un silencioso testigo de los besos, abrazos, miradas y caricias que le prodigabas cada día. Incapaz de decir cuánto me molestaba, sin poder gritar cuánto lo odiaba. Porque yo a tus ojos no era nada comparado con él. Tu vivías por cada segundo de su amor. Yo viía por cada efímera posibilidad de un amor imposible.



Mi vida tenía tanto sentido como poner una flor en un florero. Y por más que tratara de encontrarle un giro o una motivación a mi existir, tu imagen venía a mi mente como fragmentos de una vida que ni siquiera había vivido. Mi existencia era inútil. Yo era patético. Y tú... Tú eras feliz.







Si alguien me hubiera dicho cuán doloroso sería amar de este modo, la verdad es que creo que nunca me hubiera enamorado de ti. Toda mi vida ha estado marcada por la maldita palabra "adiós", una pequeña e inocente palabra que ha dejado a su paso las más profundas heridas dentro de mi corazón. Esas que nunca cicatrizan. Esas que cuando parecen poder sanar, son reabiertas con mayor dolor. Esas que me seguirán torturando por el resto de mi vida.



Primero el mejor amigo que tuve... Aunque éramos muy niños, ese adiós se convirtió en mi primer corazón roto. Dolía tanto y era tan díficil de aceptar para un niño de doce años, que mi mente prefirió olvidar, en un desesperado intento por evitar que la tristeza me ahogara, cada cosa que lo hacía ser él dentro de mis recuerdos. Pero aún cuando había olvidado su rostro, su voz, el sonido de su risa, yo seguía recordando a mi mejor amigo y, tal vez, al que fue mi primer amor. ¿Había sido debido a ese profundo sentimiento que mi corazón se había roto en mil pedazos cuando lo vi partir?



Y después de ese dulce chico, cuyo nombre ni siquiera podía recordar por mucho que lo intentara, llegó a mí una nueva esperanza. Lo conocí durante la preparatoria. Ni siquiera imaginé que nuestros caminos pudiesen cruzarse. Él era todo lo opuesto a mí: malo en los estudios aún a pesar de que era muy listo, extrovertido, egoísta, caprichoso, distante con lo que no le importaba, demasiado dulce y entregado cuando algo o alguien lo améritaba, educado en una familia de bajos recursos, siempre absorto en sus mangas y juegos de video. Y aún así, se volvió mi mundo entero durante los casi tres años que lo amé con todo el corazón. Mi pequeño príncipe sin corona. Al final una maldita enfermedad me arrebató para siempre su infantirl sonrisa y su mirada traviesa.



Seguí mi vida siendo poco más que una cáscara vacía. Viviendo tan sólo porque no tenía las agallas suficientes para seguirlo después de la muerte. No podía hacer algo así, podía arruinar la vida de mi familia, la carrera política de mi padre... Pero entonces, los extraños sueños que tenía desde niño volvieron a mi mente: no podía verle el rostro debido a la posición del sol, pero su aroma, su voz me eran tan familiares que toda mi angustia y mis miedos desaparecían en el instante en que me tomaba entre sus brazos y borraba mis lágrimas con el más dulce de los besos. Y aparecieron él y su tierna e inocente forma de ser y fue como si los rayos del sol atravesaran las nubes negras. Mi mundo se llenó nuevamente de luz y color. Aquellos sueños continuaron, pero estaba seguro de que era él el dueño de aquella sonrisa que inundaba mi alma de paz. Todo en mi vida era perfecto ahora.







El despertador marcaba las siete en punto. Como cada mañana, tomé un baño, me puse el traje, desayuné y salí de casa a las ocho rumbo a la estación del metro. Diez minutos antes de las nueve ya había llegado a la oficina y me encontraba detrás de mi escritorio revisando todos mis pendientes para el día de hoy. Y como cada mañana, a las nueve en punto pasabas junto a mí para ir a tu oficina. Esa sonrisa tuya hacía que cada minuto del día valiera la pena y me daba ánimos para vivir veinticuatro horas más compartiendo este mundo contigo.







Aquella mañana me dirigí a la oficina como siempre. Estaba tan emocionado. Tal vez para el resto del mundo era un día más, pero para mí era un día por demás especial. Después de su cumpleaños, nuestro aniversario era la fecha más esperada del año para mí. Y hoy precisamente, se cumplían tres años de vivir mi vida con él. Todo estaba listo. Lo había estado planeando cuidadosamente desde la semana pasada para que fuese perfecto. Amaba la carita que ponía cuando le tenía una sorpresa. Y aunque había contemplado esa sonrisa fascinada muchas veces, lo cierto es que nunca me cansaría de sorprenderlo.







¿Acaso tu desbordante felicidad se debía a que habíamos conseguido el proyecto para la campaña de la NHK? ¿O se debía a algo o a alguien más? Bueno, la verdad es que eso realmente no me importaba mucho. Estabas feliz y eso era lo único que me importaba. Tu felicidad era mi felicidad. Siempre lo había sido, sin importar cuán lejos o cuán cerca estuvieras.







¿Podía mi día ser más perfecto? No. ¿Podía mi vida ser más perfecta? Por si no fuera suficiente que estuviera a mi lado y que el trabajo fuera de maravilla, que mi familia viviera prosperamente y que por fin había encontrado la casa de nuestros sueños, hoy me habían dado la increíble noticia de que el proyecto televisivo más importante del año era nuestro. Ya estaba contando cada minuto para que llegara la hora de la comida y correr a estrecharlo entre mis brazos y besarlo hasta que el aire abandonara mi cuerpo.







Si bien lo odiaba con toda el alma, le agradecía el estar a tu lado. Aunque me doliera, estaba consciente de que él representaba tu mayor felicidad. Así que, a pesar de que no me lo propusiera, me preocupaba que siendo casi la una, todavía no se hubiera aparecido por la oficina paseando sus estúpidas plantitas para regarlas y ponerlas un rato bajo los rayos del sol en la terraza. No. Lo cierto es que ese chico, aún a pesar de ser tan torpe e infantil, era tan amable y atento que no podía odiarlo. Era una de esas personas que son tan buenas e inocentes que sientes que debes protegerlas y que, por lo mismo, se merecen toda la felicidad del mundo. En el fondo me alegraba de que tuvieras a alguien así amándote y cuidando de ti.







No me preocupaba que le hubiera pasado algo, después de todo, lo raro sería que no le pasase algo a lo largo del día; pero lo que sí me preocupaba era que no respondiera el teléfono. La hora de la comida había terminado hacía rato y seguía sin aparecer. Esperar. Eso era lo único que podía hacer en ese momento. Esperar que hubiera comido. Esperar que me llamara. Esperar que volviera.







Odiaba verto tan angustiado. Era evidente que lo llamabas a él. Tras no recibir respuesta y que nadie supiera nada de él, te habías puesto a hacer zanja de lado a lado de tu oficina con el celular en la mano. Moría por abrazarte. Decirte que todo estaría bien. Tranquilizarte. Pero no tenía derecho a hacerlo. Sólo podía contemplar tu silueta yendo y viniendo a través del cristal, y suplicar en silencio que terminara tu sufrimiento.







Estaba a punto de volverme loco y salir a buscarlo por todas partes cuando me informaron que ya había llegado mi cita de las cuatro, así que mi plan de detective privado tendría que esperar. De algún modo tenía el presentimiento de que no le había sucedido nada malo, como dicen: las malas noticias vuelan rápido. Además de ser un buen novio, tenía que ser un buen Director, así que dejé dentro de mi oficina mis miedos e inseguridades y me dirigí a la Sala de Juntas.







Como mi jefe inmediato también se había ido contigo a ver a los representantes de la NHK, me quedé a cargo de la oficina general. No era la primera vez que como asistente de tu mano derecha me tocaba tener este tipo de responsabilidad. Un mensajero había venido a traerte algo: ese sobre me pareció un regalo del cielo y ya que lo había recibido yo, pues estaba marcado como correspondencia de entrega inmediata, tendría que dártelo personalmente.







Una vez que se retiraron los inversionistas y los representantes de la televisora, regresé de inmediato a la oficina para ver si por fin había noticias tuyas. La mayoría de los empleados ya se habían ido pues pasaban de las seis de la tarde. Las únicas luces que seguían encendidas eras las de la estación de trabajo del equipo de Arte Creativo, pero dado que el Director del departamente venía caminando a mi lado hablándome sobre todas las ideas que se le habían ocurrido durante la reunión, me pregunté quién podría seguir en mi oficina.







Era difícil no voltearlos a ver cuando estaban juntos. Tú tan elegante y atractivo con tu traje de diseñador y esa sonrisa que provocaba infartos y mi Jefe, quien aún a pesar de su introvertida personalidad poseía el encanto característico de los genios creativos y que aún cuando no solía ser la persona más conversadora del planeta, siempre era interesante escuchar lo que tenía que decir. Para mí era un orgullo como fotógrafo ser el asistente de un Artista tan reconocido como él. Ambos me saludaron preguntando qué hacía en el edificio a esa hora, por lo que me apresuré en entregarte el sobre que te habían enviado.







Ahí esta el "Chico nuevo", el sobrenombre se le había quedado más por costumbre que otra cosa pues hacía ya cuatro años que trabajaba con nosotros. Y no era que me desagradara, pero la habitual tristeza que reflejaban sus ojos aún a pesar de su radiante sonrisa hacía que me deprimiera, me era difícil creer que hubiera alguien con heridas tan dolorosas como las mías y más siendo más joven que yo. Se me acercó tímidamente saludando a mi mejor amigo y colega y me entegó un sobre sin remitente. Los dos se despidieron de mí. Uno partió enseguida, seguramente para encerrarse en su estudio y llegar mañana a primera hora con un montón de bocetos y propuestas gráficas para el proyecto. El otro rumbo a su escritorio para recoger sus cosas e irse. En cuanto cerró la puerta tras despedirse de mí con un gesto educado, abrí el sobre. Con tan sólo desdoblar las hojas que estaban dentro, supe que la había envíado él, reconocí su letra al instante. Mi mundo acababa de ser destruido en mil pedazos. ¿Al menos había venido personalmente a entregar este maldito trozo de papel con el que había decidido terminar nuestra relación para volver a Kansai y estar con su mejor amigo de toda la vida? Salí corriendo con la esperanza de alcanzar al chico nuevo y preguntárselo.







¿Hacía cuánto que no veía un atardecer tan bonito? La verdad es que no recuerdo cuándo fue la última vez que me detuve a mirar el cielo. Antes solía hacerlo todo el tiempo a través de la lente de mi cámara... mi cámara. Como siempre, estaba dentro de mi mochila. Había algo en los colores de este ocaso que me resultaban familiares. Saqué la cámara y volvía acomodarme la mochila a la espalda. Sí. Creo que el día en que nos despedímos prometiendo que algún día nos volveríamos a ver, el cielo era de este mismo anaranjado intenso con bellos destellos rosas y púrpuras y nubes doradas. Sólo un click y mi pasado y mi presente se fusionaron congelados en el tiempo. No podía dejar de contemplar aquella imagen. El viento soplaba suavemente revolviendo mi cabello. Me quité los anteojos y los guardé en el bolsillo de mi camisa después de tomar un par más de fotografías. De algún modo volvía a sentirme yo mismo. Dejé la cámara colgando sobre mi costado. Sonreía. Por primera vez en mucho tiempo sonreía sinceramente, tan sólo porque me nacía y no porque tuviera que hacerlo. Era una sensación agradable. Si tan sólo estuvieras aquí. Si tan sólo pudieras ver ésto conmigo. ¿Recordarías el ayer? ¿Me recordarías a mí?







Ahí estaba, de pie en la explanada que estaba cerca de la empresa, contemplando el cielo. Levanté la vista un instante para ver lo que miraba. El cielo era simplemente hermoso. Disminuí un poco el paso para recuperar el aliento después de haber corrido. Su carta estaba arrugada por sujetarle con fuerza entre mis dedos. ¿Estaba sonriendo? ¿Con que ésta era su verdadera sonrisa? De pronto, como si me golpeara con fuerza, vino a mí mente aquel sueño recurrente de mi infancia. Quería llamarlo. Ya no podía correr, mis piernas se sentían como de gelatina. Quería hablarle, asegurarme de que sólo era una coincidencia lo que veían mis ojos, pero no pude. No recordaba su nombre. ¿Cómo podía no recordarlo después de haberlo visto cada día durante los últimos cuatro años? ¿Por qué nunca antes me había dado cuenta de que jamás le hablaba por su nombre? Su perfil se desvaneció poco a poco debido a los rayos del sol que comenzaba a ocultarse por detrás de los altos edificios de oficinas que nos rodeaban. Mi corazón latía de un modo extraño. Casi como si temiera por algo. Temblaba. ¿El viento soplaba? Sí. Sacudía ligeramente las hojas de papel que seguían en mi mado. Un cúmulo de borrosas imágenes se desbordó dentro de mi cabeza. ¿Eran recuerdos fríos? No sentía que fueran parte de mis memorias pero al mismo tiempo era como si las hubiera mantenido guardadas por tanto tiempo que se hubiesen perdido en lo más profundo de mi corazón... ¿para no olvidarlas? ¿para alejar este dolor?... Quería llamarlo, pero mi voz se había ido a algún lugar lejano junto con la última brisa. Las lágrimas no me permitían verlo claramente. Nuevamente corría, pero mis pies ya no obedecían el mismo impulso que me había llevado hasta ahí.

-...Jun-kun?-







Tan sólo había sido un ligero susurro pero me hizo voltear enseguida. No tuve tiempo para prepararme mentalmente. Ni siquiera te vi venir. Tan sólo sentí tu cuerpo aferrándose casi con desesperación al mío. Como si con aquel abrazo pretendieras volvernos un solo ser. ¿Me habías llamado por mi nombre? Lo habías hecho, verdad? ¿Eso significaba que me recordabas? Estabas temblando ahogando tu llanto contra mi pecho. Mi cuerpo respondía al tuyo como si hubiera sido diseñado para ello. Te sentí tan frágil en ese momento que ni siquiera se me pasó por la mente el contenerme y no abrazarte también. Fuera cual fuera la razón, estabas aquí, entre mis brazos. Y por más breve que fuese, en este instante eras mío. Aquella agradable calidez que me recorría de pies a cabeza cuando estaba a tu lado volvió a invadir cada milímetro de mi ser. Todos mis recuerdos contigo pasaron frente a mis ojos justo como una pincelada color alegría confusa. Lo que no daría por hacer este momento eterno. Lo que no haría por devolverte la calma, por alejar esas lágrimas que zurcaban tu rostro y poner una sonrisa en tus labios.

-...Sho-chan... Volví...- Susurré debido al nudo que tenía en la garganta. Te estreché con fuerza. Tu respiración volvía a la normalidad poco a poco. -...sin importar el tiempo o la distancia volveríamos a estar juntos, te lo dije, lo recuerdas?... No iba a romper mi promesa...- Tu llanto desconsolado era ahora tan sólo el eco de los sollozos silenciosos que se te escapaban. Limpié el rastro que le habían dejado a tus mejillas las lágrimas con toda la ternura que había reprimido durante este tiempo. -Pasaron muchas cosas... Perdóname por no haber podido volver antes... Desearía que todo pudiera ser como era entonces...- Sabía que no debía. Tú ya tenías a alguien ahora. Pero no podía frenar todos los sentimientos que se habían desbordado tras escuchar tu voz y sentirte tan cerca de mi. Te besé. Mi primer beso. Ese que aguardaba por ti desde siempre.









Había vivido una ilusión. Todo este tiempo el amor verdadero había estado tan cerca y yo nunca me había percatado. Había amado un ideal en otro cuerpo. Todo este tiempo habían estado jugando conmigo y yo nunca me había dado cuenta de que sólo yo había dado amor. Todo tomó forma y sentido en el preciso segundo en que sus labios se perdieron en los míos. Hasta entonces entendí que nunca me habían besado con amor. Todo el vacío que había sentido hasta ahora dentro de mí desapareció en el momento justo en sus brazos aferraron con fuerza mi cuerpo en un gesto protector. Fue entonces que comprendí que cada una de las caricias que me habían dado eran fingidas. Leer de su puño y letra que sólo se había acercado a mí porque se lo habían ordenado, que todas las miradas y sonrisas sólo eran parte del plan del hombre para el que trabajaba y que se había propuesto acabar conmigo, me destrozó por dentro. Pero ahora nada de lo que había pasado tenía importancia. Entendí que todo el dolor que había sentido, cada adiós que había tenido que soportar, todo había sido para volver a estar con mi primer amor.

-No... no quiero que sea como antes... Quiero que sea mejor...-

-Eso significa que...-

-Que no es demasiado tarde para darnos una oportunidad...-

-Te amo!... Todo este tiempo te he amado sólo a ti...-

-Jun-kun...-







Volví a besar sus labios. Esta vez de un modo más profundo. Me correspondías. Podía sentirlo por la forma en que tímidamente te entregabas a mí. Estaba dispuesto a todo con tal de no perder este sentimiento. Si había podido vencer cada prueba del destino y mi amor no se había marchitado ni un poquito, ya nada ni nadie lograría acabar con él.







Nuevamente me besaba. Sus finas y largas manos acariciaban mi mejilla y mi espalda. Poco a poco fui perdiéndome en su aroma, cayendo sin remedio en ese sentimiento tan puro y sincero que era su amor. A pesar de todo, él había cumplido su promesa y aún cuando vio a alguien más conmigo al volver, siguió amándome y cuidando de mí a la distancia. Ahora era mi turno para darle mi amor y creo que por primera vez sería amado del mismo modo en que yo me entregaba. Quería pasar el resto de mi vida con este chico que me había amado toda su vida sin esperar nada de mí, sin saber realmente si podría volver a estar conmigo. Quería hacerlo feliz y poner en su rostro cada día esa sonrisa que brillaba más que el sol. Así que en ese momento sólo quise que me dejara llorar. Para sacar de mi cuerpo todo el dolo que me habían inflingido en el pasado y darle paso al hermoso futuro que había contemplado dentro de sus ojos.

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Dulce mentira (Tackey)


Título: Dulce Mentira.
Autor: Lilith
Pairing: Takizawa Hideaki + OC
Fandom: JE's
 ~Sweet chain - KAT-TUN~
Tipo: One-shot
Género: Shoujo, Angst, FanAi, AU, Fantasia
To: Sofy! (Otanjoubi omedetou, hermanita! d^O^b Luv u so much!)





Aún recuerdo la primera vez que la vi…
Tan triste y preocupada para una chica de su edad.

Caminaba con las manos dentro de los bolsillos de su sudadera azul-verde, con los audífonos puestos a todo volumen y su cabello lacio y oscuro cubriéndole la mitad del rostro debajo de la capucha. La mirada clavada en sus propios pasos tratando de disimular el hecho de que lloraba.



Sentí un deseo incontrolable de tomarla entre mis brazos y borrar todo ese sufrimiento de su dulce rostro. Hubiera dado cualquier cosa, incluso mi propia vida, para ver una sonrisa que iluminara su mundo dibujada en sus labios. Por vez primera supe lo que era desear algo con todo el corazon… algo que no me podía ser concedido. Porque yo no tenía derecho a interferir en su vida. No era nadie para esa dulce niña de ojos tristes que caminaba hacia mí una tarde de verano al ocaso.



El destino volvió a cruzar nuestros caminos un par de estaciones después. El paisaje había cambiado de color, sustituyendo los tonos dorados de los árboles por el blanco puro de la nieve que caía incesante desde el cielo cubriéndolo todo con un velo infinito.



Y mientras contemplaba los diminutos copos descender sobre las ramas de las coníferas que aún le daban un toque de verdor a aquel parque, su silueta apareció de pronto llenando de vida aquel desierto y silencioso lugar. ¿Qué tarareaba? No podría decirlo con seguridad. Pero su voz era la más hermosa melodía que había escuchado en toda mi existencia.



Su lento caminar hacía de ella como una llama en medio de la oscuridad. Simplemente no podía quitarle los ojos de encima. ¿Cruzaría su mirada con la mía aunque fuera en un fugaz instante esta vez? La sensación que experimenté en ese segundo en que giró su rostro hacia donde yo estaba, fue como una dulce tortura equiparable a una eternidad de lo que llaman infierno. Sus ojos tenían el color del chocolate y un brillo inmenso capaz de opacar hasta a la última estrella del universo. Olvidé por completo lo que era pensar… existir… Tan sólo estaba ella. Fueron los tres segundos más plenos que he vivido. Esos tres segundos en los que sentí como si me mirara.



Caminé junto a ella por el sendero de un costado. ¿Era la única forma que tenía de simular que iba a su lado? ¿Cómo se sentiría el calor de su mano entrelazada a la mía? ¿Cómo sonaría su risa mientras hablábamos?… Jamás había codiciado tantas cosas en toda mi vida… pero estaba dispuesto a pagar el peor castigo por mis terribles pecados con tal de tenerla conmigo…



-Sofy!… Es hora.-



Se giró de inmediato al escuchar la voz de aquel chico. Me detuve para mirar quien era.



-Oniichan…-



Suspiró. ¿Había sido tristeza lo que pasó por su rostro pintando sus ojos de melancolía? Echó a andar en dirección a dónde estaba él y subió en el coche que la alejó nuevamente de mí… esta vez por más tiempo del que hubiera querido.



¿Dónde estaba? Hacía tanto que no paseaba por el parque, que incluso las flores se negaban a florecer.



¿A dónde habías ido, Sofy?…



No podría precisar cuántas veces contemplé el cambio de colores en el paisaje de esta sombría y fría ciudad… El paso del tiempo había dejado de tener sentido para mí desde que no estaba. Todo a mi alrededor cambiaba a cada segundo… todo excepto lo que había nacido dentro de mi corazón.



Cuando menos lo imaginé, habían sido diez los años que transcurrieron eternamente sin su voz, sus ojos… Los diez años más dolorosos de toda mi existencia. ¿Volvería algún día? ¿Qué sería de mí si no lo hacía?



Vagaba por las concurridas calles con sólo un recuerdo evocado en mi mente. Era lo único que podía hacer… cerrar los ojos para tenerla junto a mí. Era lo único que podía hacer para soportar cada día sin ella… contarme a mí mismo una dulce mentira para creer que pronto volvería y que podría tenerla entre mis brazos hasta mi último latido.



¿A cuántas estrellas les supliqué por su regreso? ¿A cuántas odié por no atender mi deseo?… Que estupidez la mía pedirle algo a aquellas siendo tan egoístas y vanidosas. No. Debía creer ciegamente que ocurriría otro milagro. Porque el sólo hecho de haberla conocido ya me significaba un milagro.



¿Qué estaría haciendo? ¿Estaría feliz? ¿Habría logrado borrar la tristeza de su rostro para dibujar en él una sonrisa?



Vuelve pronto, mi niña…



Las luces de los aparadores llenaban la ciudad de bellos colores. Las personas iban y venían de aquí para allá sujetando cajas de hermosos decorados de listón con las caras cubiertas de emociones. Los autos se aglomeraban sobre el pavimento pero a nadie le importaba. La atmósfera era demasiado bella como para arruinarla con gritos.



Sin darme cuenta había terminado nuevamente en aquel desolado parque. ¿Por qué siempre terminaba ahí?



La luna me iluminaba los pasos, blanca y redonda contrastando contra la bóveda celeste que hacía parecer más brillantes las distantes estrellas. Suspiré por milésima vez cerrando los ojos para verla una vez más. Un sonido bastante familiar me hizo volver a la realidad. Una chica se acercaba a paso lento. Podía escuchar el golpeteo de sus tacones sobre los mosaicos de cemento que decoraban el sendero principal.



Su figura alta y delgada dejaba ver la silueta bien curveada que poseía su cuerpo aún cuando llevaba puesto un grueso abrigo de terciopleo color negro. Su lacio y largo cabello enmarcaba un rostro perfectamente delineado por unos labios rojos y unos ojos de gran dulzura e inocencia para su edad.



-Sofy…-



Susurré para mí mismo incapaz de creer lo que veían mis ojos. Era ella. La luz de mi cielo. El aire que quería respirar. El alimento de mi alma. La única que me había hecho descubrir que poseía un corazón y que era capaz de amar. Quien me había enseñado lo que era la felicidad, la tristeza, el dolor, el amor eterno… Vivir.



De pronto sentí que me miraba. Sentí sus profundos ojos sobre mí. ¿Me había visto?… ¿Mi dulce Sofy me estaba mirando?



-Tú…-



Su voz era tan pura y melodiosa cómo la última vez que la escuché tarareando aquella extraña canción cuya lengua no pude entender. La diferencia es que esta vez hablaba el mismo idioma que yo recordaba.



-Puedes verme?…-



Mi corazón. El mismo que apenas una década atrás no sabía que poseía, latía como si estuviera a punto de explotar. Ella podía verme.



-Por supuesto… Por qué no habría de hacerlo si estás parado delante de mí y viéndome fijamente?…-



No recordaba la última vez que alguien había conseguido verme. Sin contar que nunca antes habían logrado hacerlo por tanto tiempo.



-Tienes razón… pero es que es algo nuevo para mí…-



-¿Por qué lloras?…-



-¿Llorar?…-



Se acercó tanto a mí que por fin pude verla con claridad. Ahí estaba. Seguía siendo mi pequeña de ojos color melancolía. Llevó su mano hasta mi rostro. Su dedo tocó mi piel… ah… ¿así que ésto es a lo que llaman calidez?…



-¿Por qué me miras como si no me hubieras visto en mucho tiempo?…-



-Porque así ha sido… me ha parecido una eternidad desde la última vez que te vi, Sofy…-



-¿Cómo sabes mi nombre?… ¿Nos conocemos?…-



Asentí lentamente. Estaba tan perdida dentro de mis ojos como yo en los suyos. Simplemente no quería dejar de mirarla. Me aterraba la posibilidad de que volviera a desaparecer si cerraba los ojos aunque fuera sólo para parpadear.



-Nos conocimos justo aquí…-



-¿Aquí?… Pero hace más de diez años que no venía a Japón…-



La miré sin decir palabra alguna. Sonreía… Aún cuando no hubiera forma de que ella pudiera recordarme. Yo era feliz por tenerla así en ese momento… tan cerca de mí que podía sentir su tibia respiración sobre mí.



-…No puede ser…-



Retrocedió un paso. No me miraba con miedo pero lo que reflejaban sus ojos no me gustó. Me recordaba la enorme tristeza que empañaba el brillo de sus ojos cuando la conocí.



-…Yo te ví… El día que me fuí… Estabas justo aquí, bajo este árbol, mirándome, verdad?…-



Volví a asentir. No podía creer lo que escuchaba. ¿Me había visto desde aquella vez?



-Sí… Esa fue la última vez que te vi…-



-Pero… Tú…-



Se acercó nuevamente. Contemplaba cada centímetro de mi rostro como si tratara de descrifrar el misterio que me rodeaba. Apoyó ambas manos sobre mis mejillas. Era tan agradable aquella sensación.



-¿No me temes?…-



-No… Eres tan bello… ¿Cómo podría temerte?…-



-Todos me temen… Siempre me han temido… Por eso prefiero que no sean capaces de verme…-



-Tú… no eres humano… Te ves exactamente igual que aquella tarde… ¿Qué eres?…-



-No lo sé… Hemos existido desde hace tanto tiempo… Los mortales nos han llamado de tantas maneras que ya no puedo recordar cuál era nuestro nombre original…-



Sujeté su mano que aún estaba sobre mi piel.



-Gracias…-



-Eh?…-



-Por hacerme recordar que estoy vivo…-



Sus ojos parecían estar a punto de desbordar mares mientras me contemplaban llenos de ternura. Era la criatura más hermosa que había contemplado en toda mi larga existencia.



-Yo… creí que te había soñado… Todo este tiempo te he visto en mis sueños… Y tú… estas aquí… eres real…-



-¿Soñabas conmigo?…-



Sus mejillas se tiñeron suavemente de rojo al tiempo que sus lágrimas recorrían poco a poco sus mejillas.



-Sí… Por eso venía aquí… Algo me traía a este sitio… Tenía la esperanza de encontrarte pero… al final creí que habías sido sólo un sueño de mi infancia… uno que jamás desapareció de mi mente…-



-Sofy…-



Llevé mis manos hasta su rostro para secar sus lágrimas. No quería volver a perderla. Ahora entendía que entre nosotros existía un vínculo que nos había mantenido unidos durante más tiempo del que ambos imaginábamos. Un lazo imposible de entender que se entretejía en nuestros destinos como una dulce cadena.



-No sé qué es ésto o cómo pudo ser posible… pero quiero creer en lo que siento… Y no quiero vivir un día más sin ti… He esperado toda una eternidad tan sólo para encontrarte y no pienso volverte a perder… Te amo… Te amo tanto que no me importa renunciar a la inmortalidad con tal de compartir una vida contigo…-



Lo había visto tantas veces pero jamás imaginé que un beso fuera capaz de dalre tanta vida a un corazón. Una sensación tan pura y reconfortante que inundaba mi cuerpo de calidez y felicidad.



Sonreía. Por primera vez pude contemplar esa sonrisa tan anhelada dibujarse sobre sus labios. Y me la estaba regalando a mí. ¿Podía existir mayor dicha que la que tenía en ese momento?



Diez milenios no significaban nada en comparación de los últimos diez minutos que había vivido. Porque hasta que la tuve entre mis brazos me di cuenta de que todo este tiempo había estado muerto. Había sido ella quien me había dado la vida. Y ahora la compatiría con ella.



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