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Perfect Choice (Arashi)



Título: Perfect Choice
Autor: Lilith 
Pairing: ARASHI + OC
Fandom: JE's
Tipo: One-shot
Género: Shonen-Ai  / Escolar / Angs / Romance / Comedia / AU
15/07/13


To: Neny, que hoy es su cumple y me encanta cómo se tripea con los Bebos Tormentosos, sobre todo cuando hay descamisadas y sacudidas de por medio XD Otanjoubi Omedetou, senpai! ^^
N/A: Tawsuna-sensei, gracias por sus consejos para editar y hacer más entendible esta loca historia Atormentada ^w^b 




-¿Estás seguro de lo que vas a hacer, Jun?- No es que el aludido fuera una persona imprudente o indecisa, sino todo lo contrario, y esa era la principal razón por la que lo miraba de ese modo mientras se ponía los zapatos para irse del departamento.
-Sí... Tan seguro como que tú mismo deberías hacer algo con tus propios sentimientos, Sho.- Fue su tajante respuesta antes de cerrar la puerta al salir. Atónito. Era la única forma de describir cómo se había quedado plantado a medio recibidor mirando la nada que había dejado su amigo al irse. ¿Es que acaso Jun se había vuelto loco? ¿En verdad estaba pensando en ir y declarar los sentimientos que había guardado durante tantos años dentro de su corazón? ¿Así, de buenas a primeras? Sho siempre lo había sabido. Durante años había sido su confidente. Y es que no era como si uno pudiera simplemente ir por la vida gritándole a los cuatro vientos que le gustaban las personas de su mismo sexo y menos dentro de una sociedad tan mojigata como la suya; así que después de un intento poco fructífero por salir juntos durante su adolescencia, al final no había funcionado y terminaron como los mejores amigos y así había sido durante los últimos quince años de sus vidas. Tiempo suficiente para llegar a conocer profundamente a ese chico del que se enamorara a primera vista durante su primer día de escuela en Tokio. Sí, Sho definitivamente tenía que hacer algo con respecto a sus propios sentimientos, pero no por la razón por la que pensaba su mejor amigo, pues el agudo dolor en su pecho no se debía a problemas del corazón por esa otra persona que no estaba enterada de sus sentimientos, como Jun suponía.
Cinco segundos. Eso fue lo que duró su primer encuentro con Matsumoto Jun durante la Ceremonia de Apertura de su segundo año como alumno de preparatoria en el Horikoshi. Cinco segundos y fue suficiente para que sus sentimientos de ese entonces perduraran durante todo este tiempo. Sí, no podría negarlo, aún seguía perdidamente enamorado de su mejor amigo. Y el paso de los años no había hecho sino volver sus sentimientos más fuertes y dolorosos.

Todo había comenzado con ese beso accidental durante el Festival Escolar que los había hecho reír estúpidamente después de un silencio extraño mientras se miraban fijamente a los ojos con cara de espanto. Jun jamás tendría por qué saberlo, pero ese beso había sido suficiente para que el corazón de Sakurai Sho descubriera la respuesta a todas las preguntas que últimamente no hacían sino robarle el sueño. Sho tampoco tendría por qué saberlo, pero ese beso había sido cualquier cosa excepto un accidente pues Matsumoto Jun tenía semanas planeando el modo perfecto para acercarse a su superior y que lo mirara del modo que él quería. Y así, entre encuentros inocentes que dejaban un ligero sabor a culpa en sus labios aún a pesar de las sonrisas y juegos un poco menos inocentes que disparaban los latidos de sus corazones, los dos descubrieron lo que significaba el primer amor.

Una idílica relación que acabó con la llegada a sus vidas de dos chicos: Aiba Masaki y Ninomiya Kazunari.

El primero, un sonriente y optimista alumno transferido desde Chiba que era ingenuamente peligroso y que siempre estaba rondando a Sho porque decía que estaban predestinados a conocerse y en su afán por volverse amigos, propició muchos encuentros cercanos del tercer tipo con su compañero de clases, cosa que cada vez ponía más de los nervios a su novio, y eso ya era mucho decir tomando en cuenta que Jun no era del tipo celoso. El segundo, un tímido e introvertido chico de Edogawa con una lengua mordaz que había sido transferido por problemas familiares y que ahora era compañero de Jun, quien, como delegado de la clase tenía que ayudarlo a adaptarse a su nueva escuela pero solo obtenía rechazos de parte del chico nuevo, quien de a poco se le volvió una misteriosa obsesión qué descifrar, cosa que no pasó desapercibida a ojos de Sho, que cada vez veía menos a Jun y pasaba menos tiempo con él y más con Aiba, quien curiosamente resultó ser una persona bastante agradable y divertida una vez que supo encausar su exceso de energía.
Y así, poco a poco y sin que ninguno de los dos se diera cuenta, un año más llegó a su fin y con el cambio de estación, sus vidas también cambiaron. Sho y Aiba se graduaron del instituto y fueron admitidos en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Keio y en la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad Josai respectivamente. ¿La gota que derramó el vaso? No, no fue el hecho de que al ya no estar en la misma escuela se fueran a ver menos, tampoco el que Jun estaría metido de lleno en sus estudios para su examen de admisión a la Geidai y que tendría poco tiempo libre, sino que Sho y Aiba habían decidido irse a vivir juntos y eso había sobrepasado los límites de la paciencia de Jun, porque todos sabían que Masaki Aiba estaba extrañamente enamorado de Sakurai Sho, solo que al parecer, el chico de Chiba  no se había dado cuenta de lo que sentía por su mejor amigo, del mismo modo en que Jun pensaba que tampoco Sho estaba enterado sobre lo que sentía por Aiba, porque para él estaba más que claro que su novio sentía algo mucho más profundo por su amigo de lo que jamás sentiría por él siendo su pareja. Fue así como enero trajo consigo la primer ruptura de sus vidas amorosas, la cual no había sabido tan amarga como hubieran imaginado porque todo fue tan tranquilo que ni siquiera se había sentido como una despedida y después de todo lo que había pasado, no quedaba mucho de esa relación por salvar, así que habían decidido que al menos podrían salvar su amistad.


Muchos encuentros y despedidas tomaron lugar en sus vidas conforme el paisaje cambiaba de color y aumentaba la cantidad de velas en sus pasteles de cumpleaños, pero a pesar de todo, Sho estaba convencido de que seguía siendo la persona correcta para Jun. Sin importar de quién se tratara la siguiente vez, al final siempre sería lo mismo: Jun decepcionado y Sho a su lado. O al menos eso fue lo que Sho pensó hasta que en un frío otoño, poco después del cumpleaños número veintiuno de Jun, apareció en sus vidas Ohno Satoshi, un chico callado y taciturno que también estudiaba en la Geidai y a quien Jun había conocido en un café cercano a la Universidad; lugar a donde había ido para tomar fotografías de la exquisita exposición de obra plástica que le había recomendado Yokoyama, uno de sus superiores que ya se había graduado de la carrera y ahora estudiaba la maestría, el artista al parecer era un buen amigo suyo además de un respetado senpai. Hablaron durante horas sobre las pinturas que colgaban de las paredes sin saber que frente a él, tenía nada más y nada menos que al autor, quien daba pequeños sorbos a su taza de café con demasiada azúcar, escuchándolo atentamente con esa ligera sonrisa en su apacible rostro. Esa fue la primera vez que Sho supo que su lugar en el corazón de Jun no era el que había pensado que ocupaba y el golpe de enfrentar la realidad fue duro. Muy duro.

El "chico del café" fue su tema de conversación por semanas y luego el tema de sus largas conversaciones fue Ohno Satoshi. Sí, Jun seguía viendo y hablando del chico del café.

Al principio, Sho creyó que sería bueno que conociera a otras personas y que dejara de pensar en Nino, quien sin ser consciente de lo que Jun pensaba o sentía por él, se había ido a América con una beca para estudiar mecatrónica un año después de que ingresara a la Todai. Pero ahora que aquel inocente deseo parecía estarse haciendo realidad, la verdad es que no le gustaba. No le gustaba en absoluto. Incluso Aiba notaba su mal humor; su tristeza y sus excesos de preocupación lo asfixiaban, sabía que hacía mal, pero inevitablemente terminaba desquitando sus frustraciones con el pobre chico de sonrisas dulces que solo quería animarlo. No era justo, así que empezó a pasar más tiempo en la biblioteca y menos tiempo en su departamento. Al cabo de unas semanas así, inclusive Jun empezó a buscarlo preocupado por su inusual comportamiento. Como resultado, había tenido que aprender a disfrazar sus tristezas con sonrisas y sus enojos con risas para ser capaz de convivir con Ohno. Concluyendo que su amor por su mejor amigo lo volvía un idiota sin remedio, porque no había otro modo de explicar que su rival de amores hubiera terminado cayéndole tan bien y que incluso se hubieran vuelto amigos muy cercanos.


Sho supo con seguridad que las cosas con Ohno no habían funcionado, como se había imaginado desde hacía tiempo, cuando un nuevo nombre se volvió el único tema de conversación de Jun al llegar el invierno de sus veinticinco: Ikuta Toma. Un chico un año menor que él al cual había conocido justamente gracias a Ohno y que era estudiante de una prestigiosa academia de teatro y danza. Y si las cosas con Ohno no le gustaban para nada, las cosas con Ikuta las odiaba por completo y todo fue peor después de conocerlo. El chico era un gran sujeto. Debía serlo para que Jun se fijase en él por principio de cuentas, pero en serio era un gran sujeto: agradable, inteligente, creativo, sencillo, centrado, todo ese tipo de atributos por los que Jun se sentía altamente atraído. Y por si eso no fuera suficiente, Sho se dio cuenta de que había perdido la batalla cuando vio ese brillo ilusionado en los ojos de su mejor amigo cada que miraba al joven actor. Ese mismo brillo adictivo y enternecedor con que lo mirase a él tantos años atrás cuando su corazó le pertenecía. Fue difícil aceptarlo, pero Aiba fue un gran consuelo en esos momentos, incluso Ohno le ayudó a superar el mal trago de ver a la persona que amaba amando a alguien más. Cosa de la que nadie sabía excepto él propio Sho, porque hacía mucho que se había jurado que si algún día se lo confesaba a alguien, sería solamente al mismo Jun. Y fue precisamente en ese entonces, cuando tanto tiempo pasó cerca de Aiba, que Jun se convenció firmemente de que a Sho le gustaba de verdad el chico e incluso empezó a intervenir como Celestino y Sho podía jurar por su vida que sí trató con todas sus fuerzas de enamorarse de su compañero de casa, pero lo que sentía por su mejor amigo era demasiado grande para que cualquier otro sentimiento pudiera reemplazarlo de buenas a primeras. En cambio Jun, parecía que jamás hubiera amado a nadie más antes como en ese momento. Por una parte Sho se sentía aliviado de ver que había dejado a Nino como un recuerdo agridulce de su juventud, pero al mismo tiempo se sentía decepcionado de comprobar que él mismo formaba parte de esas memorias del ayer.


Pero como a menudo sucede, cuando mejor crees que van las cosas y que tu vida es perfecta siendo color de rosa, las nubes negras cubren el cielo y te impiden ver la luz del sol. Y Matsumoto Jun podía dar firme testimonio de eso porque cuando por fin pensó que había encontrado a su persona ideal y estaba dispuesto a confesar sus sentimientos por segunda vez en su vida, su mundo, como lo había conocido durante veintiocho años, colapsó.
-¿Ninomiya-kun?...- Lo había visto avanzar, con ese derrochador caminar que siempre le había gustado en él cuando quería verse cool, a través de la puerta doble de cristal de la cafetería donde esperaba a sus amigos para festejar el final de la obra de Ikuta y la nueva exposición de Ohno. El aludido lo miró sin verlo realmente al pasar, llevaba puestos los audífonos y si sus costumbres seguían siendo las mismas, seguramente los llevaba a todo volumen. Jun no pudo sino seguir cada uno de sus movimientos con la mirada, su voz era la misma: cálida y cantarina, sus delgados labios seguían curvándose del mismo modo al sonreír, sus ojos mantenían el mismo brillo inocente y travieso de antaño. Podrían haber pasado casi diez años desde la última vez que lo vio pero Ninomiya Kazunari seguía siendo el mismo mocoso misterioso e interesante de siempre que le hacía perder la cabeza con solo tenerlo cerca. Lo vio girarse guardando la cartera en el bolsillo trasero de su pantalón de mezclilla gris deslavado y sujetando con fuerza el vaso de café con la mano libre. Incluso sus gustos continuaban siendo los mismos: caramel macchiato con doble caramelo. Inevitablemente los labios rojos de Jun dibujaron una ligera sonrisa al percatarse de ese detalle; y es que jamás podría olvidar el día en que le invitó un café por primera vez, Nino le había sonreído y no había sido una sonrisa por mera cortesía, le había regalado la más deslumbrante de las sonrisas que poseía, era la primera vez que probaba aquella bebida y le había encantado.
-¿Jun?- Escucharlo llamarlo por su nombre lo sacó de su mundo de ensoñaciones pasadas. -¡Cuánto tiempo!...- Se acercó a Jun ampliando poco a poco una gran sonrisa con sus ojos castaños clavados sobre los del menor.
-Hola... ¿Cómo estás? ¿Cuándo volviste?- A Jun le costó una fracción de segundo, que le supo eterna, recuperar la compostura, pero de inmediato Nino tuvo enfrente de nueva cuenta a su  ex-delegado de clase, el chico maduro y carismático con un atractivo envidiable y esa sonrisa de infarto que tantos corazones había conquistado durante sus días de instituto.
-Llegué anoche. Quise volver tan pronto como terminó la ceremonia de titulación...- Nino miró al chico sentado frente a él: pantalón formal negro, camisa blanca, chaleco negro con detalles satinados, corbata morada con ribetes plateados, un saco caro y una bufanda bastante elegante en líneas moradas y grises descansaban en el respaldo de la silla a su lado junto a un bolso de piel negro de marca y un estuche de cámara profesional, impecable y a la moda como siempre, sonrió satisfecho al ver vacío su dedo anular mientras sostenía su taza de café con ambas manos. -...aún sigo un poco atontado por culpa del jet lag...- Admitió un poco apenado consciente de sus propias ojeras bajo la montura de pasta gruesa de sus anteojos y rascándose suavemente la oreja.Un gesto que Jun tenía perfectamente identificado como de nervios y timidez.
-¡Genial! Eso significa que ya eres todo un ingeniero, no?- Jun dio un sorbo a su bebida, sus ojos atentos a cada milímetro de ese rostro infantil que lo miraba con curiosidad.
-Así es, Ingeniero en mecatrónica con maestría en robótica e inteligencia artificial.- Anunció con una triunfal sonrisa llena de orgullo.
-¿Maestría?- Fue imposible que Jun disimulara su sorpresa.
-Uhn...- Asintió con sobrada seguridad. -...aunque no lo creas, no fui ahí a perder el tiempo en fiestas llenas de drogas, rubias de curvas explosivas y cerveza de barril.- El sarcasmo siempre había sido lo suyo y esta vez le arrancó una breve carcajada a Jun, quien había tratado en vano, de imaginarlo en onda spring-breaker; simplemente le parecía una idea demasiado ridícula que no pegaba en lo más mínimo con Ninomiya. Ni siquiera era del tipo al que le gustaban las multitudes y era tan perezoso que no le interesaba socializar porque eso implicaba salir de su cama. -¿Te estás riendo de mí?- No lo decía molesto, Nino también se estaba riendo.
-No, no, es que tú...-
-Aunque no lo creas, era la sensación entre las chicas de mi Universidad...- Esa maldita sonrisa pícara hizo que algo que siempre creyó que no poseía se despertara en su interior: celos. Por primera vez en su vida, Matsumoto Jun estaba celoso -...si te contara todas las veces qu...-
-¡Nino-chan!- Su frase quedó en el aire y Jun lo agradeció en sobremanera, pues en ese momento llegó Aiba corriendo a abrazar al viejo amigo que hacía años que no veía. Sho se había quedado petrificado y boquiabierto un par de pasos por detrás, pasando casi con histeria sus ojos de Jun a Nino. -¡Waaa! ¡No puedo creer que estés aquí! ¿Cuándo llegaste? ¿Cuánto tiempo te quedarás?- Aquella duda golpeó con fuerza los corazones de los dos chicos que los miraban fijamente y en silencio esperando escuchar la respuesta. Los dos con la misma intriga en mente aunque por motivos completamente diferentes.
-No lo sé... Si encuentro un buen motivo para quedarme, lo haré...- La forma en que Nino había mirado a Jun mientras decía eso último lo había hecho ruborizar al escucharlo. Detalle que no le pasó desapercibido a Sho, quien sentía que se le iba a detener el corazón de un momento a otro. ¿Dónde demonios estaba Ikuta cuando se le necesitaba? Sí, prefería mil veces verlo con el menor que con su ex-compañero de clase.
-¡No! ¡Tienes que quedarte en Japón! Te fuiste mucho tiempo, hay muchas cosas de las que ponernos al día.- Le sonrió con ternura, del modo en que siempre le sonreía a Aiba, y es que el chico inspiraba ese tipo de sentimientos aunque no se tuviera la intención, incluso Ohno, que era más bien del tipo inexpresivo, sonreía y le daba muestras de afecto al chico de la eterna sonrisa adorable.
-Lo pensaré... Hola, Sho.- Entonces se giró de medio lado y reparó en esa otra presencia que sentía que lo taladraba con la mirada por la espalda. Y es que a pesar de que su senpai le caía muy bien, al parecer el sentimiento seguía sin ser recíproco. Y no era para menos, Nino no era tonto, sabía perfectamente que al mayor le gustaba Jun desde que estaban en la escuela y casi podía jurar que habían tenido algo durante aquel tiempo. Sho se limitó a asentir a modo de saludo. Iba a decirle algo, pero las palabras se le desvanecieron al momento de ver la expresión de Jun: incredulidad. Siguió la dirección en la que miraban sus ojos y vio a través del cristal de la ventana a Ikuta que le acomodaba, de un modo demasiado íntimo para su gusto, el cuello de la camisa al chico con el que venía, mismo al que ya habían visto con él en un par de ocasiones dentro y fuera del teatro: Yamashita Tomohisa, uno de sus kouhai en la compañía de danza en la que trabajaba y que además era su compañero de piso. De algún modo le dio la impresión de que Jun había dejado de respirar por un momento, pero esa extraña mueca de medio lado que habían dibujado sus labios al bajar la mirada al piso, le dejó en claro que seguía haciéndolo.
-¡Perdón por el retraso!- Habían tardado un par de minutos en entrar después de que los perdieran de vista cuando caminaron hacia la puerta de entrada.
-Oh, vaya... Creo que es momento de que yo siga mi camino.- Nino, que no hacía ni tres minutos que se había sentado, arrastrado por Aiba y su enorme curiosidad por la comida norteamericana, volvió a levantarse al ver que aquello no era un encuentro casual sino una reunión planeada en la cual él estaba claramente sobrado.
-Supongo...- Fue lo único que Sho pudo decir antes de que Jun se pusiera de pie también con una extraña expresión en los ojos que ni a Sho ni a Nino les pasó desapercibida, aunque uno supo descifrarla a la perfección mientras el otro creó mil teorías posibles dentro de su cabeza.
-No, está bien, Kazunari, quédate...- Era la primera vez que Jun lo llamaba de ese modo y no pudo disimular su sorpresa. -...esta es una reunión entre amigos. Hacía mucho que no te veíamos, acabas de volver y creo que nos vendría bien ponernos al día. No creo que haya sido una coincidencia que nos encontráramos aquí de este modo...- Sus labios sonreían pero sus ojos contaban una historia muy diferente, misma que solo una persona fue capaz de leer.
-Sí, Nino-chan, quédate. Tengo muchas preguntas que hacerte...- Aiba ponía esa carita a la que ninguno de los tres había podido negarse hasta ahora.
-No lo sé... No quiero ser una molestia.- Pasó la vista de Sho a los recién llegados y luego a Jun y a Aiba.
-Claro que no eres una molestia. Tomo-chan está aquí como amigo de Toma, tú estarás aquí como mi amigo, ok?- Aiba sonreía como si su razonamiento fuera la clave de la vida.
-Ok, ok...- Al final cedió. Más que por los pucheritos de Aiba, por esa extraña expresión en los ojos de Jun que en cierto modo le gritaban "no te vayas".
-¡Ah! ¡Oh-chan! ¡Llegaste!- Aiba se levantó y fue a recibir al mayor de todos entre sonrisas y abrazos para llevarlo hasta la mesa.
-Hola...- Como siempre, las palabras no eran su fuerte. Pero de inmediato captó la telaraña que se desarrollaba a su alrededor y sonrió con ironía. La nueva pieza sobre el tablero era un giro que jamás hubiera predicho en la partida.

Pese a cualquier cosa, había sido una velada muy amena. Para sorpresa de Jun, Sho y Aiba, Nino ya no era el chico introvertido de antes y había hecho buenas migas de inmediato con todos los nuevos amigos de sus viejos amigos. Sin duda la cultura de occidente había tenido una buena influencia en él. Para fortuna o infortunio de Jun, con quien mejor se había llevado era justamente con Ikuta; al parecer la afición de Nino por las películas se había incrementado considerablemente desde los días de escuela y ahora incluso disfrutaba del cine independiente y se había vuelto un gran crítico, detalle que había sorprendido también a Jun, ya que ese seguía siendo, junto con la lectura y la fotografía, uno de sus pasatiempos favoritos. Sin duda era agradable ver cuánto había crecido Nino durante los años que no habían estado en contacto.


Y las semanas se volvieron meses y mientras para algunos era felicidad absoluta, para otros era una horrible pesadilla de la cual rogaban por despertar.
-Deberías hacer algo con tus sentimientos, Sho...- Había dicho Nino apenas Jun y Aiba se hubieran levantado de la mesa para ir al baño. El aludido perforaba inmisericorde a su interlocutor con la mirada.
-No creo que seas quién para hablar sobre mis sentimientos...- Una fría respuesta mientras apuraba de un trago lo que quedaba de su bebida.
-Tienes razón... Después de todo, tú y yo no somos más que viejos compañeros de escuela, no es así? Pero Macchan y J sí son tus amigos, y a este paso vas a terminar perdiéndolos a ambos.- Soltó aquello como si conversara sobre el clima y ni siquiera se molestó en quitar la vista de la fresa que rodaba de lado a lado de su plato con el pequeño tenedor, no porque no le gustara sino porque se la estaba guardando al chico que amaba comerlas incluso más que él.
-¿A qué te refieres?- Sus miradas reflejaban sentimientos completamente diferentes cuando se encontraron. ¿Acaso Jun o Aiba le habían comentado algo que él no sabía? No, Aiba no le guardaba secretos prácticamente a nadie, y mucho menos a él. En ese caso... ¿Jun? Su corazón le dio un vuelco. De nuevo se hacía presente ese mal presentimiento. Y es que últimamente sentía que Jun se alejaba cada vez más de él. A Sho seguía pareciéndole extraño que aún después de tanto tiempo, Jun no hubiera conversado con él sobre lo que pasara aquella tarde en el café con Ikuta porque siempre le contaba todo. Pero no, simplemente Jun había hecho como si no hubiera pasado nada, y no fue que hubiera ignorado la actitud de Ikuta con su kouhai sino que hizo como si jamás hubiera visto a Ikuta con otros ojos; sencillamente a Sho le pareció que Jun había decidido arrancarse de raíz lo que había llegado a sentir por Ikuta en el preciso instante en que lo vio tan devoto a Yamashita aquel día. Tal vez lo hiciera solo para auto protegerse de la herida, pero eso no era para nada el estilo de Jun y mucho menos eso que hasta la fecha hacía, de usar a Nino para poner celoso a Ikuta; como si con eso lograra un poco de venganza por haberse enterado, demasiado tarde, de que esos dos tenían una relación desde hacía un par de años. Simplemente Sho había empezado a no entender lo que Jun hacía, últimamente ya no hablaban tanto y Jun parecía estar siempre demasiado inmerso en sus pensamientos cuando estaban a solas como para que Sho se sintiera con derecho a preguntar.
-A que es MUY obvio que sigues sintiendo algo por J y aunque Macchan sea muy tonto para darse cuenta de que ustedes ya tuvieron algo, no es tan bobo como para no notar cómo te comportas con Jun cuando yo estoy cerca... A este paso, seguro ata cabos y se hará a un lado pensando en tu felicidad... sin saber que sería algo inútil porque no hay modo de que Jun vuelva a verte como una opción. Has alcanzado el punto de ser casi su hermano, eres su único mejor amigo, Jun jamás hará nada para cambiar eso porque eres alguien a quien definitivamente no quiere perder... Pero si no haces algo con lo que sientes por Jun, vas a perder a Masaki y cuando Jun se dé cuenta de que sigues sintiendo algo por él y que por eso Macchan se ha alejado de ti y de él, se va a sentir culpable y de seguro también ponga distancia de por medio por tu propio bien.- Soltó todo aquello de un modo tan simple que golpeó a Sho directamente en la nuca. Nino tenía razón. Sho los conocía mucho mejor que Nino, ¿por qué nunca vio las cosas de ese modo? Nuevamente se sentía idiota por dejar que sus sentimientos nublaran a ese grado sus pensamientos. Estaba molesto. No por el hecho de no haberse dado cuenta antes, sino de que hubiera sido precisamente Nino, de entre todas las personas, quien le hiciera ver la realidad.
-Jun no es tan infantil como para desaparecer de mi vida si descubre la verdad...- Esa era la primicia a la cual se había aferrado con uñas y dientes durante todo este tiempo.
-Precisamente porque Jun no es infantil, si se entera de la verdad, se culpara y se sentirá molesto por haber malentendido todo durante tanto tiempo, se sentirá decepcionado de tu falta de sinceridad, molesto consigo mismo por alentar a Macchan y herirlo en el proceso. Tratará de asumir él solo con toda la responsabilidad aunque eso le provoque una herida aún más profunda y todo con tal de que ustedes puedan recuperarse lo antes posible y sigan con su amistad aunque él no pueda volver a cómo estaban antes. Tú mejor que nadie sabes qué clase de persona es Jun y lo mucho que le importan. Ustedes son parte de su familia.- Y casi como si pudiera ver que Jun y Aiba se acercaban desde atrás de él, Nino guardó silencio, bajó la mirada y encendió su consola portátil que había estado todo el rato junto a su taza de café dejando a Sho con un millón de interrogantes flotando dentro de su cabeza.
-Deberías interactuar con las personas al menos una décima parte de lo que interactúas con esa cosa...- Le había dicho Jun con una mirada reprobatoria al volver a tomar asiento a su lado. Y es que en serio no entendía qué de genial tenían sus videojuegos si podía pasar todo ese tiempo divirtiéndose con personas o haciendo cualquier otra cosa.
-Prefiero el DS... al menos hace lo que le digo y su no resulta como yo quiero, pues lo reinicio y ya.- Amplió aún más su sonrisa al ver el ceño fruncido del chico sentado frente a él. Jun sacudió la cabeza sin tener idea del significado que ocultaba ese breve enunciado y la sonrisa perversa que se le dibujó brevemente de medio lado.
Ni siquiera podía recordar hacía cuánto que no salía a solas con Ikuta, pero ahora que nuevamente lo tenía frente a él, Jun recordaba perfectamente por qué le gustaba tanto. El brillo de su mirada mientras hablaban de mil y un cosas, la dulce y tímida sonrisa de sus labios cuando el otro lo escuchaba atentamente, todo del lenguaje corporal de Jun lo afirmaba en ese momento. Y nadie lo entendía mejor que Ninomiya Kazunari, quien, por azares del destino, iba pasando justamente por afuera de esa librería donde Jun e Ikuta estaban bebiendo café, cuando venía de regreso de visitar a Aiba, quien estaba en cama debido a un resfriado.
-Supongo que será mejor así...- Susurró para sí mismo tras mirar la carpeta azul marino con el emblema de su universidad que sujetaba con ambas manos, la misma que pensaba tirar a la basura en ese preciso instante, pues después de haberlo meditado cuidadosamente, y de haberlo consultado sin muchos detalles con un par de personas de su entera confianza, no pensaba aceptar la oferta de trabajo que contenía... al menos eso era lo que había decidido. Y es que curiosamente, había sido Aiba quien le dijera no hacía ni una hora que no necesitaba estarle dando tantas vueltas al asunto, que la respuesta le sería dada en el momento preciso, y parecía que así era. La respuesta le acababa de ser revelada. Nino lo sabía, había dedicado tantas y tantas horas de su vida escolar a observar en secreto a Matsumoto Jun, que sabía reconocer a la perfección ese brillo en su mirada, el mismo con el que miraba a Sho cuando los conoció y con el que nunca lo había mirado a él; ese brillo que lo hacía ver mil veces más atractivo de lo que ya le parecía, el mismo que le hacía poner esa estúpida y hermosa sonrisa cada que se perdía en sus labios perfectos que tanto le encantaban. Nino lo sabía, a Jun le gustaba Toma. Lo había sabido desde aquella tarde en el café donde se reencontraran después de tantos años. Sí, a Jun le gustaba el amigo de Ohno, pero al chico le gustaba su kouhai y viendo ese triángulo amoroso sin futuro, Nino creyó que podría tener una oportunidad, todo lo que había pasado entre ellos en el último año y medio se lo decía... pero tal vez se había equivocado... tal vez era momento de dejar atrás a su primer amor, a su eterno amor no correspondido... tal vez era tiempo de dejar el pasado en el pasado y buscar el futuro en otro lugar. Aunque ahí no pudiera tener lo que lo hacía realmente feliz en el presente.

Y con esa maraña de pensamientos en mente, Nino caminó y caminó durante largo rato sin rumbo. Se sentía cansado, física y mentalmente. Nunca antes había tenía que usar su cerebro con tanto ahínco. Y lo peor del caso, es que a pesar de su enorme intelecto, aún no era capaz de entender lo que le pasaba en ese momento, seguía siendo incapaz de identificar lo que sentía. Al final, dándose por vencido debido al punzante dolor de cabeza, sacó su celular mientras caminaba de regreso a su departamento, tenía un par de llamadas que hacer antes de empacar sus pocas pertenencias y partir de regreso a América.
-¿Nino-chan?...- Entendía su sorpresa, acaban de despedirse hacía un par de horas. -¿Olvidaste algo?-
-Tenías razón, Macchan... No había necesidad de que me estuviera devanando los sesos por decidirme. Ya encontré la respuesta...-
-¡¿Entonces vas a quedarte?!- Su voz denotaba su enorme felicidad y le sabía mal tener que ser quien le derribara sus castillos de arena.
-No... Me iré mañana por la mañana...-
-¿E-es broma?...- Aiba se había quedado trabado por la sorpresa. -Si me dijiste que habías encontrado tu razón para quedarte, dijiste que estabas dispuesto a todo por aferrarte a esa razón... ¿por qué sales ahora con que te vas? Dijiste que irte significaría tal vez no volver nunca más...- Sonaba como si fuera a romper en llanto en cualquier segundo y eso lo hacía sentir pésimo. Después de todo, era su culpa que Aiba estuviera así.
-Macchan... Lo siento... Y-yo...- Podía sentir el doloroso nudo en la garganta que le impedía hablar con claridad. -Yo... creo que me equivoqué... Tal vez esa razón nunca existió...- Su voz sonaba tan apagada. Todas sus fuerzas se concentraban en contener las lágrimas mientras seguía avanzando.
-Nino-chan.... ¿qué pasó?- No era normal que su amigo estuviera tan deprimido.
-Masaki... Jun jamás va a mirarme cómo estaba mirando a Ikuta en la librería...- Y al final, aquello lo había sobrepasado. Todo lo que sentía había acabado por desbordársele en un segundo.
-¿Jun? ¿Qué tiene que ver Jun con tu...? Oh... ¡¿Eh?! Nino-chan, a ti...? ¡Oh!... ¿Jun? - Fue una gran revelación. Un montón de cosas tuvieron sentido de repente. Flashazos y flashazos de viejas memorias vinieron a su mente y las piezas faltantes se acomodaron perfectamente en los huecos del rompecabezas.
-Ya viene el tren... Adiós.- Aiba quería decirle tantas cosas, pero las palabras se le atoraban debido al caos de pensamientos que tenía por dentro, para cuando supo qué decir, tan solo escuchó el "pi-pip" del otro lado de la línea que decía que Nino ya había colgado. ¿Qué debía hacer? No sabía qué podía hacer o decir para que Ninomiya cambiara de idea y no se fuera, no quería perder a su amigo nuevamente y tal vez para siempre, pero tampoco podía obligarlo a quedarse y que siguiera sufriendo viendo a la persona que quería siendo feliz con alguien más, él mejor que nadie entendía lo que era vivir un amor no correspondido, porque podía entender cuán doloroso debía ser para Nino lo de Jun después de tantos años de amar a Sho que no lo veía sino como un buen amigo. Y casi como si la vida se riera de él en su cara, la puerta del departamento se abrió y Sho entró acompañado de Jun, ambos sonriendo como si todo fuera genial en la vida.
-¿Aiba...?- Sho lo miró de pie en el umbral de la puerta de su habitación al fondo del pasillo que daba hasta el recibidor, mirándolo con las lágrimas a punto de desbordársele y ese extraño puchero que rara vez le había visto y que definitivamente no le gustaba.
-¡BAKA!- Gritó apuntando a Jun con el dedo y rompiendo en llanto. -¡P-por tu c-culpa se va a ir a Ca-California y n-nunca va a vo-volver!- Apenas si le entendieron, porque hipaba y sollozaba tanto que no podían entender de qué hablaba.
-¿Aiba-chan, de qué hablas? ¿Estás bien? ¿Qué pasó?- Sho lo había visto así de afectado pocas veces en todo el tiempo que tenían de conocerse y en esas pocas ocasiones siempre había sido por cosas muy serias o angustiantes, así que inevitablemente sintió que el estómago se le subía a la garganta al verlo así. Estaba realmente preocupado por Aiba.
-¡Tú también eres un tonto, Sho-chan! ¡Los dos lo son! ¡Tontos y egoístas!- Intercambiaron una mirada de incomprensión. El chico lloraba como un niño pequeño y desconsolado. -¡No! ¡Los tontos somos nosotros por enamorarnos de ustedes!- Y volvió a romper en llanto dejando a los otros dos aún más confundidos. Ambos sabían por qué lo decía Aiba, pero no sabían a quién más se refería además de sí mismo.
-¿A quién te refieres, Aiba?- Jun temía que Ohno o incluso Toma hubieran dicho algo innecesario pero no podía imaginar qué como para dejarlo en ese estado, por más que le daba vueltas al asunto, no podía conectarlo todo.
-¡Nino-chan! Te vio hoy con Toma y él...- Los ojos de Jun se abrieron como platos. El recuerdo de su charla con Ikuta y aquel abrazo afectuoso con el que se despidieron en la librería llegó a su mente en una fracción de segundo. ¿En serio era tanta su mala suerte como para que justo en ese momento Nino hubiera pasado por ahí? -...estaba tan triste... ¡No quiero que se vaya! ¡Son unos tontos!- Se dio la vuelta y cerró la puerta con brusquedad haciendo que los cuadros y fotografías colgados en la pared se cimbraran por el impacto. La casa se quedó sumida en un horrible silencio. Aún a lo lejos podían escuchar los desconsolados sollozos de su amigo. Ninguno podía decir nada, apenas si entendían lo que estaba pasando.
-¿California?...- De pronto las inconexas frases de Aiba tomaron sentido dentro de la cabeza de Jun. ¿Ese tonto se iba a ir sin decir nada? ¿Cómo estaba eso de que eso les pasaba por haberse enamorado de ellos? Sabía que Masaki lo decía por lo que sentía por Sho, pero... no había modo de que Nino... ¿o sí? -¿Piensa largarse de nuevo al otro lado del mundo por sabrá Dios cuánto tiempo y sin decirme nada?- Sintió un golpe de adrenalina correr por todo su cuerpo. ¿En serio había una, aunque fuera pequeña, posibilidad de que Nino sintiera lo mismo por él? Una risita histérica de nervios e incredulidad se le escapó haciendo eco por el pasillo. -Ese mocoso... ¿He estado sufriendo por un amor no correspondido todos estos años y resulta que todo este tiempo él sentía lo mismo? ¡¿Acaso tiene alguna lógica?!- No era para nada normal ver a Jun perder de ese modo el control de sus emociones, pero Sho sabía mejor que nadie cómo debía estarse sintiendo en ese momento. -¿Cree que voy a dejar que se largue esta vez así como así?- Estaba tan metido en sus pensamiento y tan furioso, que no podía ni calzarse bien los zapatos.
-¿Estás seguro de lo que vas a hacer, Jun?- Sho lo miraba preocupado porque sabía perfectamente lo que iba a hacer, quería ir tras él pero no podía dejar de mirar la puerta de la habitación del fondo. De verdad estaba preocupado por el chico que continuaba llorando a todo pulmón del otro lado de la puerta.
-Sí... Tan seguro como que tú mismo deberías hacer algo con tus propios sentimientos, Sho.- Y es que aquello no había escapado a su perspicacia ni siquiera en esos momentos donde lo único en lo que podía pensar era en salir corriendo hacia el departamento de Nino; y es que hacía mucho que se había dado cuenta de que lo que Sho sentía por Aiba iba más allá de un amor de amigos casi hermanos, pero Sho podía ser muy tonto cuando se trataba de cosas del corazón, sobre todo cuando el corazón era el propio, y Jun lo sabía de sobra, a Sho le había tomado una eternidad descubrir que se sentía atraído por Jun del mismo modo en que el menor se sentía hacia él, con todo y que Jun no había escatimado en esfuerzos para hacérselo saber sin ser muy directo como para hacerlo correr, simplemente Sho era tonto en terrenos del amor.

Sho se quedó largo rato mirando la puerta principal después de que Jun se hubiera ido dejándole la cabeza y el corazón hechos un lío; porque por fin entendía que Nino tenía razón: Jun no lo volvería a ver como una opción. Ya no eran esos los sentimientos que guardaba por él. Había perdido su gran autocontrol por Nino y por primera vez desde que lo conocía, lo vio actuar aniñado, emberrinchado e infantil, y todo por ese mocoso, el único al que siempre guardó recelosamente como un tesoro y por quien salió corriendo para no perderlo. ¿Pero qué había estado haciendo todos esos años? ¿Cuántas veces no habría llorado Aiba de ese modo por su culpa? ¿En serio no había podido corresponder sus sentimientos o era simplemente que no había querido hacerlo por temor a olvidar lo que sentía por Jun? ¿Qué era lo que sentía en verdad por cada uno? Recorrió en silencio todo el camino hasta la habitación del fondo y se quedó ahí afuera, de pie, con la mente en blanco e incapaz de hacer que su mano avanzara el pequeño tramo de menos de diez centímetros que le hacía falta para golpear la hoja de madera con la pequeña y colorida placa que colgaba con el nombre de Aiba escrito en letras verdes. Suspiró profundamente y armándose de valor, sujetó con fuerza el picaporte abriendo la puerta y siendo recibido por un par de ojos castaño claros que, sorprendidos, lo miraban entre lágrimas desde la alfombra junto a la ventana abrazando con todas sus fuerzas ese pequeño y viejo perrito de peluche con el que dormía desde que era un bebé.
-Masaki... Yo...- Era la primera vez que lo llamaba por su nombre en los casi quince años que tenían de conocerse. Un insignificante detalle para el resto del mundo que para Aiba representaba el cielo. Se levantó como impulsado por un resorte y sin importarle si era rechazado con crueldad, se arrojó a los brazos del chico que avanzaba a paso lento hacia él.
-Sho-chan, te quiero...- Y con todas sus fuerzas se abrazó a su cuello pronunciando entre sollozos esas simples palabras llenas de todos sus sentimientos. Sus lágrimas de dolor dieron paso a lágrimas de alegría al sentir esas manos aferrando con la misma fuerza y calidez su cuerpo. Una dulce y tímida sonrisa se dibujó en los labios de Sho. Tal vez por fin sería capaz de volver a sentir lo que era el amor. Y aún si todavía no estaba completamente seguro de lo que estaba haciendo, sabía que era la opción perfecta para ambos. 
Sin aliento. Así fue cómo Jun llegó al complejo de apartamento en los suburbios de Tokio donde vivía Nino, después de haber corrido todo el tramo desde la estación del subterráneo. Su cabello estaba hecho un desastre, lo mismo que su ropa, pero ni siquiera se percató de ello. Subió los cuatro tramos de escaleras corriendo y hasta saltando escalones. El camino hasta el quinto piso nunca le pareció tan largo como en ese momento y al detenerse un segundo para recuperar el aliento, el pasillo se le hizo interminable. En serio odió la maldita puerta que los separaba y no pudo evitar golpearla quizás con demasiada fuerza, lo que incluso espantó al chico del otro lado, quien acababa de salir de la ducha vistiendo su pijama para proceder a hacer maletas y dormir.

Una gota de sudor frío resbaló por su espalda mientras esperaba en silencio
 a que le abrieran, sintiendo sus latidos golpeando su pecho sin control. Terror. Era lo único que sentía ahora que por fin estaba ahí. Ni siquiera tenía idea de lo que quería hacer o decir cuando lo tuviera de frente. Sintió que su corazón se detenía en el momento en que escuchó pasos en el interior acercándose. No tuvo tiempo ni para reaccionar, la puerta se abrió y su rostro sorprendido le disparó la adrenalina a tope. Su voz pronunciando su nombre le pareció tan lejana debido al eco de sus pensamientos que ni siquiera estaba seguro de que lo hubiera llamado en realidad. En ese momento solo tenía una cosa en la cabeza repitiéndose una y otra vez; así que siguiendo ese impulso, se abalanzó contra él sujetándolo casi con desesperación por las mejillas para besarlo.

Descolocado por esa acción inesperada y un tanto salvaje, Nino dio un traspié quedando de espaldas contra el muro del recibidor con el peso del cuerpo de Jun manteniéndolo inmóvil. Parpadeó un par de veces sintiendo ese agradable y extraño calor rodeando su propio cuerpo. ¿Estaba soñando? ¿Alucinaba? No había modo en esta vida de que Matsumoto Jun hiciera algo tan impulsivo y loco como eso, así que se preguntaba seriamente si no habría muerto ahogado luego de dormirse en la bañera pensando en él, pero entonces sintió esos carnosos y tibios labios rojos, que tantas veces le habían subido los colores al rostro de solo imaginarlos sobre los suyos, moviéndose tímidamente para romper con aquel gesto y se dio cuenta de que no era ni un sueño ni una alucinación, el frío vacío que le dejaba esa milimétrica distancia entre sus bocas le provocó un agudo dolor en el pecho. Estaba pasando. Sus miradas se conectaron por un segundo, porque eso fue lo único que Nino necesitó para reaccionar y anclar sus manos en las caderas de Jun para impulsarse hacia adelante haciendo desaparecer esa maldita distancia que tanto le había desagradado y ser él quien diera inicio a tan íntimo y apasionado beso esta vez.

Y es que al ver que no le correspondía, Jun se sintió realmente miserable, pero todo eso quedó en el olvido al sentir los suaves labios de Nino unidos a los suyos bailando al mismo compás. Como pudo, se estiró y manoteó la puerta para cerrarla antes de avanzar entre besos y caricias por el pasillo hacia su habitación arrastrando consigo al chico que respiraba y jadeaba contra su piel. Jun era perfectamente consciente de lo que pasaba, de lo que seguiría una vez que llegaran a donde lo guiaban entre risitas y suspiros, pero no le importaba, era algo que incluso buscaba desde el segundo en el que puso un pie dentro del departamento.
-J-Jun...- Un ligero gemido se le escapó involuntariamente al sentir la mano del otro acariciando su cuello. Escuchar su nombre de ese modo le sonó a gloria y pronto eran sus labios los que se ocupaban de tan sensible zona en lugar de sus dedos. Acción que arrancó más de esos delirantes sonidos que escapaban de la garganta de Nino. Una a una las prendas fueron cayendo al suelo a medida que abrían botones y tropezaban con los muebles y cajas desparramadas en la habitación. -¿Estás bien?- Preguntaba Nino entre risitas un tanto burlonas y con la respiración aún entrecortada después de que le cayera encima a Jun cuando fueron a dar contra el colchón de la cama al pisar algún cachivache tirado en el piso.
-Cállate...- Lo tomó de la pretina del pijama de franela y tiró de él para acomodarlo mejor sobre su cuerpo. Ni tardo ni perezoso, Nino volvió a apoderarse de esos labios que tanto lo volvían loco; sabía perfectamente a qué se refería con "cállate" y aunque normalmente no le gustaba que le dieran órdenes, en este juego no le molestaba en lo absoluto ceder, después de todo, esa era una de las principales razones por las que Jun le gustaba tanto: era capaz de dominarlo. Y antes de que el resto de sus pensamientos tomaran forma para dar el siguiente paso, las diestras manos de Jun ya lo habían acomodado de espaldas contra el edredón deshaciéndose en el proceso de la ropa que le quedaba encima. Sus enormes y profundos ojos oscuros lo contemplaron desnudo por primera vez y un escalofrío agradable le recorrió de pies a cabeza. No, no era ese brillo que le conocía en la mirada, esto era algo mucho más intenso y deslumbrante que nunca antes le había visto. -Kazu...- Fue un susurro apenas audible que se fusionó con el aliento compartido en ese beso, pero para Nino fue un grito que se quedó grabado a fuego en su pecho. Era la primera vez que lo llamaba de ese modo... era la primera vez que alguien lo llamaba así en toda su vida... que alguien pronunciaba su nombre con tanta ternura y tanto amor, sonrió por la estupidez de su pensamiento, pero es que enserio estaba seguro de que de haber sido una chica, habría echado a llorar en ese instante, porque ahora podía estar convencido de que fuera lo que fuera que pasara en la oscuridad de esa habitación, no sería simplemente un impulso de lujuria del cual arrepentirse al despuntar el alba. Y con toda esa cálida mezcla de sensaciones, Ninomiya Kazunari se entregó en cuerpo y alma por primera vez, a ese, quien fuera su eterno primer amor.


Poco a poco, la suave luz de la mañana comenzó a colarse por entre las cortinas grises de la habitación a medida que el viento las mecía con suavidad. Negándose a despertar del más hermoso de sus sueños, Jun permaneció inmóvil y con los ojos cerrados deseando que aquella sensación febril no desapareciera jamás. Aún podía sentir la cálida humedad de su boca por todo su cuerpo y solo de recordarlo, sentía una corriente eléctrica recorriéndole toda la columna vertebral. Un sonido apenas perceptible que inevitablemente le dibujó una sonrisa de medio lado y lo arrojó por completo a la realidad. Alguien suspiraba a su lado.
-¿Nunca te han dicho que es de psicópatas mirar a la gente mientras duerme?- Había susurrado Nino aún sin abrir los ojos, arrancando una ligera risa al chico que yacía en la cama, seguramente también desnudo, bajo las sábanas.
-¿Y a ti no te han dicho que es más de psicópatas hacerse el dormido mientras te miran dormir?- Nino abrió los ojos lentamente, no porque quisiera abrirlos sino porque no quería perderse esa sonrisa deslumbrante que había denotado su tono de voz.
-Sí... a menudo me lo dicen al despertar.- Mentía, pero Jun no tenía por qué saberlo, le resultaba sumamente divertido provocarlo de ese modo.
-Ah...- Sin embargo esta vez era diferente. Se semi incorporó apoyándose en sus codos para mirarlo directo a los ojos. Parecía molesto, se había quedado boca arriba mirando el techo. Ignorándolo.
-Sabes que bromeo, cierto?- No sonrisas, un tono serio. Cosa rara en Nino, estaba siendo absolutamente sincero y eso hizo que Jun volteara de inmediato.
-¿Ah sí?- Sin embargo seguía un poco molesto. Sabía perfectamente que le mentía para divertirse con sus reacciones, lo había terminado de comprobar anoche.
-¿Por qué habría de mentirte?- Ver esa faceta de él le resultaba fascinante. Incluso parecía adulto.
-Nunca me dijiste que te gustaba...- Un silencio. Su mirada sorprendida. Un vuelvo al corazón conforme sus latidos le contaban los segundos de espera por una respuesta suya.
-Nunca me preguntaste.- Una angelical e inocente sonrisa que le hizo bajar los muros y sonreír también. -...así que eso no es mentir. Tú tampoco me dijiste nada.- Se tendió también de espaldas contra el colchón. Tímidamente alcanzó los dedos ajenos y los entrelazó con los propios.
-¿Es cierto que te vas?- Tenía que preguntárselo. Ni siquiera había podido dormir devanándose los sesos pensando en lo que pasaría con ellos a partir de ese momento y temiendo que, si cerraba los ojos, Nino desaparecería para siempre en medio de la noche.
-Perdí mi vuelo por culpa de alguien que llegó sin avisar...- Miró el reloj, hacía más de dos horas que el avión había partido.
-Lo siento...- Se sintió tonto por sentir esas clicheteras mariposas en el estómago al tener sus manos unidas de ese modo por deseo del otro.
-Yo no...- ¿Estaba riendo? Se giró para mirarlo sosteniendo su cabeza con la palma de mano y apoyando su peso en el codo contra la almohada. -...no hay nada que pudiera ser mejor que esto.- Y tomándolo desprevenido, Nino se estiró para darle un beso. Y así entre risas y caricias, los besos se fueron perdiendo cuesta abajo entre las sábanas y sus cuerpos.

No había prisas. Tenían todo el tiempo del mundo a partir de ahora para estar juntos. No más miedos, no más malentendidos, no más guardar verdades, simplemente ellos y toda la vida por delante para llenar esos quince años de vacío con nuevos y maravillosos recuerdos, porque los dos sabían que, aún a pesar de todo lo que había pasado, al final habían elegido la opción perfecta.
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Telaraña (KamePi)




Título: Telaraña
Autor: Lilith
Pairing: Kamenashi Kazuya + Yamashita Tomohisa + OC
Fandom: Johnny's Jimusho
Tipo: One-shot
Género: Shonen-Ai  / Angs / Romance / Escolar / AU / Todo público
09/06/14
To: Ai-chan, que es una de las dos culpables de que yo le haya tomado tanto gusto al KamePi aunque eso signifique separar al AKame TwTo Otanjoubi Omedetou, pekeña! Espero que podamos seguir acumulando recuerdos Johnnysticos juntas por muchos años más! ^^ I luv u <3 o:p="">



Todo sucedió de un modo tan lento que apenas si fui consciente de lo que pasaba hasta que había sido demasiado tarde.

Tomo y yo nunca habíamos sido los mejores amigos. Para ser sinceros, nos odiábamos mutuamente. ¿Cuándo había iniciado esa situación? La verdad ni siquiera lo recordaba. Pero para cuando entré al instituto, ya era un hecho que no nos soportábamos y que si terminábamos coincidiendo en algún lugar, seguramente discutiríamos o incluso nos agrediríamos, con suerte solo nos miraríamos mal y nos ignoraríamos; todos lo sabían y todos preferían no estar cerca cuando esas cosas ocurrían… cosa que, para mi pesar, sucedía cada vez más a menudo ahora que estábamos nuevamente en la misma escuela. Adiós nuevamente a mis pacíficos días de instituto. Al menos hasta que él se graduara y yo pudiera recuperar mi tranquila vida de estudiante.
-Deberías simplemente ignorarlo, Kame-chan…- Era lo que Ueda siempre decía y yo sabía que tenía razón, pero simplemente no podía. Una vez que lo tenía frente a mí y que me miraba de ese modo que tanto me molestaba, ya no podía pensar, simplemente se me calentaba la sangre y quería golpearlo, hacer desaparecer esa cara suya que tanto me sacaba de quicio. -…no me gusta verte con esa expresión molesta en tu carita.- Fue inevitable que una sonrisita se me dibujará en los labios cuando me tocó la punta de la nariz con su dedo de ese modo tan dulce que solo él tenía.
-Tat-chan…- Y cómo a menudo pasaba, sus tiernas caricias y sus suaves labios sobre los míos, eran lo único que podía hacerme dejar de pensar en Tomo y su cara de palo arrogante. Ueda siempre había tenido ese extraño poder sobre mí. Solo él era capaz de hacerme olvidar todos mis problemas y preocupaciones.


Nos habíamos conocido en una librería durante mi viaje escolar a Yokohama al final de mi primer año de secundaria. Ese día también había peleado con Tomo, ni siquiera recuerdo por qué, sólo recuerdo que por segunda vez nos habíamos agarrado a golpes en un parque cercano a la casa de huéspedes donde estábamos; molesto por haber sido derribado nuevamente frente a todos, me había ido a caminar en un vano esfuerzo por tranquilizarme antes de poder volver.
-¿Estás bien?…- Me habían extendido un bonito y caro pañuelo de seda de color azul marino con ribetes plateados. Levanté la mirada dispuesto a desquitar un poco de mi frustración con el niño de papi que se atrevía a sentir lastima por mí… pero las palabras se quedaron atoradas en mi garganta cuando miré esa brillante sonrisa dedicada únicamente para mí.
-No, pero…- Retrocedí un poco intimidado por ese bello rostro que me miraba por entre los mechones de ese lacio y largo cabello negro.
-No importa si se ensucia…  siempre podrás lavarlo y devolvérmelo, no es así?- Amplió aún más el gesto acercando el pañuelo a la comisura de mi labio, donde probablemente aún había rastros de sangre. Aquello no estaba ni cerca de lo que me había hecho dudar de tomarlo, pero su voz fue suficiente para hacerme olvidar lo que estaba pensado en ese momento. El contacto fue tan suave y delicado como cada uno de sus movimientos. -…ah~ pero que frío hace afuera…- Se estiró parándose incluso de puntitas. -… te apetece acompañarme a tomar algo?- Se agachó hasta quedar a la altura de mi rostro, sus grandes ojos marrones mirando alegremente los míos. No pude sino asentir tímidamente. –Mi nombre es Ueda…-
-Kamenashi…- Por qué estaba actuando así? No era propio de mí ser tan introvertido y aniñado, pero había algo en su aura que no podía simplemente ignorar y que me mantenía pegado a él como un chicle. No podía dejar de mirarlo y cuando menos pensé, ya sonreía junto con él y había olvidado por completo la razón por la que había terminado sentado en la entrada de aquella librería del centro de la ciudad.

Había pasado la mejor tarde de mi vida al lado de ese extraño chico, quien casualmente, se estaba saltando las clases por primera vez en su vida. Era tres años mayor que yo, asistía a una escuela privada de chicos y su vida fuera de la escuela se limitaba a más clases particulares de las que cualquier pudiera soportar. Ser un niño de buena familia no me había parecido tan espantoso hasta entonces. Y aun así, él sonreía y disfrutaba de las pequeñas hermosas cosas de la vida. Era raro, sí, pero eso era precisamente el encanto que tanto me había atrapado desde la primera vez que lo vi.

Pese a la distancia que nos separaba, seguimos en contacto aún después de que yo regresará a Edogawa aquel invierno, al grado que incluso venía a verme los fines de semana o me pagaba el viaje para vernos en alguna parte de Kanagawa. Simplemente queríamos vernos cada que podíamos y pasar el mayor tiempo posible juntos. Inevitablemente, esa convivencia nos llevó a descubrir lo que eran realmente nuestros sentimientos. Y ahora, aún después de dos años de estar a su lado, él seguía siendo la calidez que me rodeaba y llenaba mi mundo de felicidad.


-¿Tat-chan?...-
-¿Mmm…?- Su voz confirmó lo que imaginé, y no lo culpaba por haberse quedado dormido en el sillón mientras le contaba lo que había pasado ese día, después de todo, ya eran pasadas las tres de la mañana y el viaje en coche hasta mi ciudad había sido largo después de que él saliera de la Universidad. Para mí, eso era una prueba innegable de lo mucho que me quería y de lo mucho que se preocupaba por mí. No era común que viniera en jueves y sin embargo, ahí estaba, solo porque me había escuchado triste por teléfono. Me hacía sentir tan especial, que a veces, la felicidad no me cabía en el cuerpo y sentía que iba a salir volando hacia a algún lugar donde pudiera ser libre.
-Gracias…- Me estiré un poco, lo suficiente para alcanzar su mejilla y depositar ahí un beso de buenas noches antes de levantarme y apagar la luz para dejarlo descansar. Quería hablar con él de tantas cosas, pero ya tendríamos tiempo por la mañana. Teníamos todo el tiempo del mundo.


-Mmm… quién diría que la pequeña tortuga tiene el poder para seducir a un chico así…- Y si compartir la escuela con Tomo ya era lo suficientemente nefasto, tener que compartir aire en el mismo planeta con Akanishi Jin, era incluso peor. Ni siquiera sabía qué le había hecho para que se portaba tan desagradable conmigo desde el primer día de clases; pero poco a poco comencé a entender que probablemente se debía a lo que sentía por Tomohisa, cosa que ni sabía ni me importaba saber, si él estaba al corriente de. Simplemente era lo peor de mis viernes, tener que verlo a primera hora porque él tenía entrenamiento de soccer por la mañana. -…debes ser bueno en la cama, kame-chan…- Y esta era particularmente la peor de todas las ocasiones. Ueda había insistido en llevarme a la escuela antes de volver a Kanagawa para sus clases de la tarde, al final, no había podido convencerlo de que no era necesario e incluso habíamos pasado a desayunar juntos a una cafetería cercana. Para mi mala suerte, Akanishi nos había visto en la esquina de la entrada del estacionamiento de profesores cuando nos despedíamos, según nosotros, lejos de la mirada de los demás.
-¿Y eso a ti qué te importa?...- No me habían molestado sus palabras sino la forma en que había mirado a Ueda, quien incluso por educación lo había saludado con una sonrisa sin darse cuenta de nada. A veces podía ser inocente y despistado que me preocupaba.
-¡Oh! Pero claro que me importa, tortuguita …-
-Pues no debería… Si tienes tanto tiempo para meterte en mi vida privada, tal vez deberías considerar emplearlo en decirle a Tomohisa lo que sientes por él… es demasiado estúpido para darse cuenta por sí mismo, sabes?, aun cuando tú eres demasiado obvio para ocultarlo…- Aquello lo había dejado con cara de idiota, incapaz de responder, incluso se había sonrojado violentamente, probablemente al saber que alguien sabía su gran secreto. Estaba consciente de que si le daba tiempo suficiente, reaccionaría del modo impulsivo y agresivo en que siempre lo hacía, así que simplemente me seguí de largo y entré a la Universidad a toda velocidad dejándolo plantado ahí afuera.


Después de ese día, entendí que había cometido un terrible error provocando a Akanishi. Su relación con Tomo seguía siendo la misma de siempre: eran los mejores amigos, tal vez incluso un poco más que eso pero menos que amantes, pero por el contrario, su relación conmigo se había vuelto mucho más hostil. Antes se limitaba solo a decirme un par de cosas desagradables, pero ahora se divertía metiéndose conmigo de todas las maneras que le venían en gana, claro, siempre y cuando no estuviera Tomo; jamás había entendido esa conducta de su parte, pero sus motivos debía tener y entenderlo no era algo que me quitara el sueño. Nadie lo veía raro, Akanishi era nuestro senpai de tercer grado y era el chico más popular de la escuela, todos lo admiraban y querían estar cerca de él y por si eso no fuera suficiente, incluso los profesores lo tenían en alta estima porque era bueno en los estudios y en los deportes, así que el hecho de que Tomo fuera su único mejor amigo, le daba el status de la segunda persona más genial e importante dentro de la escuela… cosa que me dejaba a mí, enemigo declarado de ambos, como la persona más odiada entre el cuerpo estudiantil, por eso a nadie le importaba si el alumno modelo había tomado como su hobby favorito molestarme todo el día. Para lo que me importaba realmente, tampoco era como si todos se metieran conmigo, de algún modo, todos respetaban el hecho de que el pleito era sólo entre nosotros tres y casi podía asegurar que era así por orden de ese par de engreídos y que los demás me ignoraban también por “sugerencia” de Akanishi. Al menos podía enfocarme de lleno a estudiar y nadie me molestaba con sus trivialidades adolescentes… eso era mil veces mejor que lo que tuve que vivir en mi segundo año de secundaria gracias a las fans locas de Tomo.
-Uppsss… no sabía que nuestra kame-chan estaba pasando justo por aquí… Sorry…- Su sonrisa burlona mientras me miraba “inocentemente” desde el barandal del segundo piso sosteniendo una cubeta, ahora vacía, me molestó más que el hecho de haber terminado mojado de cabeza a pies. “Solo unos meses más” era el pensamiento que a menudo repetía mentalmente para consolarme. Solo unos meses más y Akanishi se habría graduado de la escuela saliendo de mi vida para siempre. Prefería mil veces más tener que soportar a Tomohisa que a su querido enamorado secreto.


-Kame-chan, estás bien?...- Era imposible que Ueda no se diera cuenta que estaba enfermo, mi voz me delataba a gritos.
-Sí… supongo que me quedaré en cama unos días, Tat-chan… Koji-nii y mamá cuidarán de mí, no te preocupes…- A mi familia no le había hecho mucha gracia eso de que su “niño” tuviera “ese tipo” de preferencias, sobre todo a Yui-nii, pero yo no podía seguirles ocultando la verdad, me sentía mal por ello; por fortuna se habían dado la oportunidad de conocer a Tatsuya y al final, se habían dado cuenta de que no era el lobo pervertido queriéndome devorar al más mínimo descuido que habían imaginado, más bien parecían preocupados de que yo “echara a perder” a un chico tan inocente, adorable y con un futuro tan prometedor. Además nos comportábamos tanto cuando estábamos en casa, que ellos tenían nuestra relación en el concepto de “manita sudada”, y a nosotros nos convenía que ellos siguieran pensando de ese modo, porque de lo contrario, dudo que me dejaran dormir fuera sabiendo que estaba con él, aunque tampoco era como que fuéramos un par de adolescentes irresponsables con las hormonas fuera de control. Aún ahora discutía a menudo con mi hermano mayor y con mi padre debido a lo “ridícula” que les parecía mi “relación” y lo mucho que me arrepentiría en el futuro por decisiones “inmaduras” y “rebeldes” que no valían la pena; pero al menos era bueno saber que contaba con el apoyo de mamá, Koji y Yuya, quienes pensaban que yo era más feliz desde que salía con Tatsuya y eso les era más que suficiente para aceptarnos.
-De acuerdo… te llamaré mañana, descansa, sí?- Me sabía mal haberle ocultado a Tatsuya el por qué detrás de mi resfriado. No quería que se metiera en problemas por golpear a un chico de preparatoria, por mucho que ese maldito se lo mereciera.


Los meses pasaron y por fin pasé a segundo grado. Toda la escuela era un mar de lágrimas debido a la partida de su querido Adonis, pero yo no cabía de la felicidad por saberme libre de él y de sus acosos. De algún modo estaba seguro que incluso mis altercados con Tomo bajarían de intensidad si ya no estaba a nuestro alrededor el que atizaba las chispas para crear la llamarada. No podía evitar sonreír bobamente por todas partes debido a ese maravilloso pensamiento.
-Kame-chan…- Aquello sí que me había tomado por sorpresa. Ueda estaba maravillosamente vestido de traje esperándome afuera del Auditorio cuando terminó la ceremonia de clausura. Era la primera vez que lo veía vestir de ese modo tan formal y elegante y se veía aún más hermoso que siempre. ¿Podía mi día ser más perfecto?
-¡Tat-chan!- Me sentí una colegiala enamorada por echar a correr de ese modo hacia él. Me costó una vida controlarme para no saltar a sus brazos como me ordenaba mi corazón. Debíamos “mantener las apariencias”, era lo que siempre nos aconsejaban mamá y Koji-nii, nosotros sabíamos que tenían razón, no todos verían con sus mismos ojos nuestra relación. -¿Por qué estás vestido así?- Me dio una de esas hermosas sonrisas suyas al tiempo que me despeinaba cariñosamente. Nuestro modo secreto de decirnos en público “te extrañé y quiero abrazarte en este momento”.
-Tuve una presentación de piano para unos amigos de mi padre esta mañana… y entonces tuve estas enormes ganas de ver a Kame-chan y desaparecí de la terraza sigiloso como un gato…- Susurró lo último en mi oído provocándome esos escalofríos que tanto me gustaban.
-Baka… tu padre no estará muy feliz…-
-Ya debería estar acostumbrado…- Ambos echamos a reír. No era nuevo que Ueda era la “oveja negra” de su familia por no querer seguir los pasos de sus demás parientes dentro de la política por su sueño de volverse músico.
-Kame-chan~….- Casi pegó un brinco al escuchar su desagradable voz bañada con ese tono de falso cariño. Ueda miró curioso a ese par de chicos que se acercaban a nosotros. -…te extrañaré tanto cuando esté en la universidad.- ¡Incluso me había abrazado! Akanishi debía haberse drogado o por lo menos, golpeado la cabeza con fuerza. Tomo me miraba del mismo modo que hacía siempre a una prudente distancia de donde estábamos parados los demás, mirando a Tatsuya con algo cercano al desagrado. -¡Hola de nuevo!- Esta vez su sonrisa iba dirigida a Tatsuya, quien nuevamente le regresaba el saludo ignorante de todo lo que había detrás de ese rostro encantador y manipulador.
-Hola…-
-Tenemos que irnos, Tat-chan… Mamá dijo que nos esperaría para comer todos juntos…- Lo tomé posesivamente del brazo y eché a andar hacia la entrada principal de la escuela. Podía sentir la mirada confusa de Ueda sobre mi rostro, la mirada sarcástica y malintencionada de Akanishi clavada en mi espalda y la penetrante mirada de Tomo en mi nuca. ¿Qué demonios se traía entre manos? ¿Es que acaso pretendía atormentarme hasta su último segundo en el instituto?

-¿Qué fue eso, Kame-chan?- Preguntó apenas subimos al coche y nos abrochamos el cinturón. Sonaba mucho más preocupado que cualquier otra cosa y no era para menos, jamás me había comportado de ese modo ni delante de él ni de nadie más.
-No quería que la presencia de Tomohisa arruinara la felicidad que siento por tenerte aquí hoy…- Puse mi mejor sonrisa para que dejara de mirarme de ese modo o terminaría contándole todo. En parte era mentira… en parte era verdad. Tomo me había mirado de un modo extraño cuando aferré el brazo de Ueda antes de irnos y eso no me había gustado. Me había sentido realmente incómodo con esos dos ahí.
-¡¿Ese chico era Tomo-kun?!-
-¡¡¡SHHHHHH!!!- No dudaba que incluso ellos lo hubieran escuchado. –No, ese incordio hipócrita era su mejor amigo… Tomohisa era el chico de pie detrás de él…-
-Ooooh… no parecían malas personas, sabes? Ese chico que te abrazo era muy simpático y amigable…- Boquiabierto. Así había quedado tras escuchar aquello. -¿Kame-chan?...- No, simplemente no había sido capaz de responderle nada. Hacerlo implicaría contarle TODAS las cosas que Akanishi me había hecho y dicho en este último año y que yo nunca le había contado durante nuestras largas charlas telefónicas para no preocuparlo con mis tonterías. –Oh, vamos, Kame-chan, no te enojes… sonríe, anda, sí?...- Hacía sus pucheros más adorables. No pude durar “enojado” por mucho tiempo, su nariz me hacía cosquillas en la oreja. -¿Ves? Esa sonrisa te hace mucho más bonito… ¿y entonces?,  ¿tu mamá nos espera en tu casa?-
-Claro que no… si ni siquiera yo sabía que vendrías, ¿cómo lo iba a saber mi madre?-
-Oh, tienes razón…- A veces podía llegar a ser en serio peligrosamente ingenuo y despistado.
-Aprovechemos el factor sorpresa para pasar un poco de tiempo a solas… y ya luego vamos a casa a comer, habrá que pasar a comprar un obsequio para Koji-nii, así si preguntan, decidiste venir para felicitar a Koji-nii por su graduación… papá y Yui-nii amarán ese gesto de tu parte… todos aman a Koji-nii, hasta Tomohisa…- Koji-nii era la razón por la que conocía a Tomo, ya que su madre le había pedido a mi hermano que hiciera de su tutor para estudiar para el examen de admisión a la secundaria, después de todo, Koji era realmente bueno en matemáticas e inglés y nosotros nos sentíamos muy orgullosos de él por todos sus logros académicos; con el éxito de esa primera vez, mi hermano había seguido tutorándolo hasta el día de hoy, ni siquiera podía enojarme por la situación, le pagaban bien y eso evitaba que mi hermano tuviera que buscar un trabajo de medio tiempo que lo distrajera de sus estudios. Por desgracia eso implicaba que Tomo pasará tres días a la semana en mi casa en período de clases y que mi hermano lo tuviera prácticamente todos los días en mi casa durante las vacaciones por al menos tres horas diarias. Hacía tanto que no jugábamos baseball con Koji-nii como acostumbrábamos, que incluso Yuya-chan odiaba un poco a Tomo por monopolizar el tiempo de nuestro hermano durante las vacaciones. A veces me daba la impresión de que a Tomo le gustaba mi hermano. ¿Acaso esa la razón por la que Akanishi nunca había intentado nada con Tomo aun cuando era obvio que se moría de ganas de hacerlo? Debía dejar de pensar tantas tonterías.


Las vacaciones se pasaron volando. Mi segundo año de preparatoria fue menos tranquilo de lo que imaginé. Contrario a mis expectativas, Tomo se había hecho del control de la escuela como el sucesor de Jin en el cargo de Presidente del Consejo Estudiantil y yo había tenido que probar por segunda vez lo que significaba ser el enemigo declarado de Yamashita Tomohisa gracias a su fans. Se volvió una costumbre que Ueda me escuchara durante horas quejándome de todas las cosas estúpidas e infantiles que Tomo hacía para molestarme y de todas las peleas verbales que teníamos casi a diario. Después dejó de ser tan típico que habláramos de Tomo… o de cualquier otra cosa… Tatsuya tenía clases mucho más demandantes este año en la escuela de música y poco podíamos vernos realmente ya que tenía incluso clases sabatinas de piano y violín por órdenes de su padre, sin contar que se había unido a la banda del amigo de un amigo suyo de la preparatoria y a menudo ensayaban en domingo. Ueda estaba por fin en el camino para hacer realidad su sueño… ¿qué derecho tenía yo de impedírselo por un poco de atención y mimos? Odiaba la idea de que para él yo siguiera siendo un niño.

Nuestra falta de comunicación había hecho felices a mi hermano mayor y a mi padre, quienes simplemente daban por hecho que nuestra etapa de “confusión” había pasado y que todo estaría bien de ahora en adelante porque estábamos en una edad magnifica para seguir con nuestras vidas, al poco tiempo ya todos daban por hecho que habíamos terminado. Sin embargo, Yuya-chan era el único que sabía que a menudo me quedaba dormido por las noches de tanto llorar aferrando mi celular contra mi pecho esperando una llamada que nunca llegaba.

Los meses seguían pasando, inclusive yo comenzaba a preguntarme si aún podíamos considerarnos una pareja. Hacía dos meses que no lo veía para nada y en los últimos cuatro meses habíamos hablado solamente en seis ocasiones. Ueda se escuchaba feliz. Muchas cosas buenas debían estarle pasando en su vida ahora. Me sentía tan mal por no alegrarme por ello… pero es que lo extrañaba demasiado.

Incluso Tomo notaba que algo había pasado. Nuestros “encuentros épicos” en los pasillos se habían limitado a comentarios hirientes y sarcásticos por su parte y miradas vacías y silencios de la mía. Nuevamente era ignorado y ya nada me importaba.
-¿Te pasó algo?...- Aquella era la primera vez que Tomo me dirigía la palabra cuando estaba en mi casa. Hasta ese momento, habíamos mantenido un mudo acuerdo de fingir que no nos conocíamos aun cuando asistíamos a la misma escuela desde la primaria. Y en mi casa a todos parecía tenerles sin cuidado que no nos habláramos en absoluto, no era como que estuviéramos obligados a ser amigos sólo porque Koji-nii fuera su tutor y nosotros asistiéramos a la misma escuela, después de todo, ni siquiera estábamos en el mismo curso y nunca habíamos estado en los mismos clubes ni nada. Ambos éramos completamente diferentes y en parte, era por eso que no nos llevábamos bien. Esa genuina gota de preocupación en su mirada al preguntar aquello me tomó completamente con la guardia baja. Silencio. No pude sino mirarlo por un largo momento sin decir nada, él sentado en la sala y yo con un pie en el primer escalón. Bajé la mirada y me obligué a arrastrar mis pies hacia arriba hasta mi habitación. ¿Qué rayos había sido aquello? ¿Tan patético me veía que incluso mi peor enemigo sentía lastima por mí? Estaba tan enojado que le marqué a Tatsuya. Ni siquiera me sorprendió que no me tomara la llamada, no era la primera vez, en realidad eso era lo que siempre sucedía últimamente. “Estoy cansado de esto. Terminemos.” había sido el breve y frío mensaje que le dejé esa tarde en su buzón de voz después de al menos veinte llamadas perdidas. Me quedé dormido esperando que me regresará la llamada para exigir al menos una explicación… nuevamente había llorado hasta el cansancio bajo las cobijas aferrando entre mis manos el pequeño aparato que nunca timbró.


Mi segundo año de instituto terminaría con el recuerdo más doloroso de mi vida. Ni siquiera pude alegrarme ante la idea de saber que no volvería a ver a Tomo. Tampoco pude sorprenderme al descubrir que estaría en mi casa por las tardes para preparar su examen de ingreso a la universidad. No me extrañó ni siquiera que ingresara a la universidad de Meiji al primer intento, mi hermano era capaz de hacer eso hasta con los ojos cerrados, no por nada era un alumno sobresaliente en la Todai. Simplemente ese otoño había pasado sin que me diera cuenta, trayendo consigo el invierno más frío que había vivido hasta el momento.

Hasegawa-senpai, el encargado de mi club y compañero de clase de Tomo, había organizado un viaje de despedida para todos los miembros del club de Teatro. No estaba con muchos ánimos de ir, pero Koji-nii me había convencido para que fuera a despejarme un poco de todo lo que había pasado ese año. Su argumento no era para nada malo, unos días lejos de todo y de todos, del otro lado del país, en Sapporo, de seguro me venían de maravilla para olvidarme de todo y hasta divertirme con mis pocos amigos. De ese modo, diciembre prometía darme un efectivo cambio de página para iniciar mi último año de instituto con un nuevo yo.

-¡Iku-chan!- Nos hospedaríamos en la casa de un viejo amigo de Hasegawa-senpai. El chico, de nombre Ikuta Toma, era alguien de quien había oído hablar en más de una ocasión debido a su enorme talento en la actuación, senpai lo había conocido durante un campamento escolar en Hokkaido hacía un par de años, ambos habían participado en una obra juntos y se habían vuelto grandes amigos, ahora que era estudiante universitario, su nombre había adquirido todavía más fama debido a varios musicales en los que había sido protagonista o coprotagonista en varios teatros y auditorios de universidades de artes por todo el país. Era alguien a quien admirábamos y respetábamos bastante y no sólo por ser amigo de senpai; así que poder conocerlo en persona y hablar con él como colegas, era algo que me había hecho realmente feliz. El viaje hasta su casa había sido algo cansado porque vivía en una apartada zona rural lejos de la ciudad, pero una vez que llegamos, fue como si hubiéramos entrado a otro mundo. Decir que nos quedaríamos en su “casa”, era faltarle el respeto a semejante construcción. No pude disimular ni un poco mi sorpresa al reconocerla como una finca feudal de la era Edo, tal vez incluso más antigua. Simplemente era hermosa, con todos esos jardines alrededor y sus hermosas decoraciones pintadas a mano sobre las pantallas de papel de las puertas y ventanas.
-Me alegro que te guste…- Me había susurrado nuestro anfitrión con una sonrisa al ver mi cara de fascinación contemplando las múltiples figuras esculpidas en sus techos y el arco de la entrada, lugar de donde no me había podido mover ni un paso debido a mi fascinación.

Pero toda mi felicidad acabó tres metros bajo tierra cuando la puerta principal del pabellón frente a la entrada se abrió y una cara familiar con una sonrisa amable nada familiar para mí, le dio la bienvenida a Toma-san de regreso a casa y saludando del mismo modo afectivo a mi senpai… ¿Acaso era posible que Tomohisa Yamashita tuviera ese tipo de expresiones faciales tan cálidas? ¿Acaso había alguna lógica en que estuviera justo ahí en ese momento?  Y es que ya sólo me faltaba que Akanishi se apareciera detrás de él para mostrarme la viva imagen de mi infierno personal.
-¿Kamenashi-kun?...- Hasegawa-senpai se acercó a mí al ver que era el único que aún no había entrado. Al menos no había sido el único sorprendido esa tarde. Tomo tenía la misma cara de incredulidad que seguramente yo había puesto segundos antes al verlo. Suspiré y me obligué a mí mismo a actuar como si nada pasada. –Ya conocías a Tomo-chan, verdad?- Él había decidido silenciosamente seguir mi juego así que también sonreía como sin nada. Asentí sosteniendo del mejor modo mi falsa sonrisa.
-¿En serio? ¿Ya conocías a Yamapi?!- ¿Yamapi? ¿Eran TAN cercanos que incluso lo llamaba por un apodo tan “cariñoso” como ese?
-Kamenashi-kun es nuestro kouhai en la escuela, verdad, Tomo-chan?- Toma-san, por su parte, había puesto una cara bastante graciosa al descubrir todo aquello.
-Ehhhh… espera!... Kamenashi? Kamenashi Kazuya?!- Ok, oficialmente me sentía incómodo como jamás en la vida. ¿Por qué me miraba de ese modo? ¿Cómo era que sabía mi nombre? Senpai asintió no muy seguro de lo que pasaba en realidad. Tomohisa y Toma-san intercambiaron una extraña mirada entre risas nerviosas.
-Ah, bueno… será mejor que entremos y nos instalemos antes de que anochezca…- Hasegawa-senpai me tomó suavemente por los hombros y me empujó consigo hacía adentro dejándome con la duda de qué había sido todo aquello y sintiendo que ambos me miraban fijamente a medida que nos alejábamos de la entrada.

Ya no estaba muy seguro de querer permanecer ahí. Serían cinco días completos compartiendo casa con Tomo. No me sentía preparado para ello. ¿Qué hacía él ahí por principio de cuentas?
-Tomo-chan e Iku-chan se conocen desde hace mucho… sus madres estudiaron juntas en la universidad de enfermería, así que prácticamente han sido amigos desde que nacieron…- Cómo si pudiera leer mis pensamiento, Hasegawa había empezado a hablar. -…conoces a Jin, cierto?- Hizo una pausa esperando mi respuesta, sólo atiné a asentir sin quitarle los ojos de encima en señal de verdadero interés, ocultando tanto como pude mi molestia ante la sola mención de su nombre. –Jin también es mejor amigo de ese par desde entonces por las mismas razones, prácticamente crecieron los tres juntos, pero como Jin tuvo que irse un par de años a vivir a Italia por cuestiones familiares…- Se detuvo otra vez al ver seguramente un dejo de incomprensión en mi rostro. -…la familia materna de Jin es italiana.-
-Oh…- Fue lo único que pude articular. Obviamente no sabía nada de ese sujeto fuera del hecho de que era un vanidoso y arrogante porque se sabía bueno prácticamente en TODO y por ello tenía el ego disparado hasta la mesósfera.
-Te decía, como estuvo unos años viviendo en el extranjero, pues perdieron contacto por casi cuatro años, se reencontraron nuevamente cuando entraron a la preparatoria, Jin acababa de volver de Los Ángeles, tuvo que mudarse para allá debido al trabajo de su padre después de que falleciera su abuelo materno…-
-Mmm…- Todo aquello me resultaba morbosamente interesante precisamente porque no sabía nada al respecto y porque nunca se sabía cuándo podía ser útil ese tipo de información.
-Iku quiso mudarse a Tokio para estar en la misma escuela que ellos, y así fue por dos años, pero luego su madre enfermó y él tuvo que regresar a Hokkaido, por eso tú no lo conociste… Te hubieras sorprendido de lo diferente que era Jin en ese entonces…- Muchas cosas empezaban a tomar sentido de pronto, muchas otras se volvían aún más confusas dentro de mi cabeza. -Yo lo conocí después de transferirme a nuestra escuela, en segundo grado, así que tampoco me tocó tenerlo como compañero de escuela… fue toda una sorpresa para ambos descubrir que teníamos tantos conocidos en común… y parece que las coincidencias no dejan de ocurrir, de dónde te conoce a ti?-
-¿Eh?...- Su pregunta me había tomado por sorpresa. -…en realidad yo no lo conozco de nada, sólo por lo que tú nos has contado, senpai o por lo que he leído sobre él en los periódicos debido a sus obras...- Admití con timidez.
-¿En serio?... Por su reacción juraría que te conoce de tiempo…-
-Hoy es la primera vez que lo veo en persona…- Me encogí de hombros.
-Bueno, supongo que entonces yo debí haberle hablado de ti… a veces hablamos durante horas sobre nuestros kouhai más sobresalientes…- Ni siquiera le di importancia a su halago, cosa que en otras circunstancias me habría hecho inmensamente feliz, pero es que mis pensamientos seguían ocupados en todo lo que había escuchado en ese momento. –Bueno, iré a mi habitación, solemos quedarnos juntos cuando venimos a visitarlo, espero que no te moleste tener que estar solo en esta habitación… si lo prefieres podrías quedarte con alguno de los chicos…-
-¡No! No te preocupes, senpai, no me molesta….- Negué con las manos y la cabeza tal vez con demasiada efusividad. Cómo iba a molestarme si para mí era perfecto de ese modo. -…es genial que tengas amistades de tanto tiempo, obviamente debes compartir tiempo con ellos.- Aquello lo decía en serio. Odiaba admitirlo, pero Tomo tenía algo que yo jamás había poseído: verdaderos amigos. No pude evitar sentir envidia por él. No podía decirlo por Akanishi, pero Hasegawa-senpai y Toma-san eran personas realmente geniales a las que admiraba un montón y que me hubiera gustado llamar “mejores amigos”. De algún modo sentía que él no lo merecía.

Para mi total sorpresa, pasar tiempo en compañía de Tomo de ese modo, resultó ser realmente agradable. Era toda una novedad para mí verlo sonreír de ese modo, podía apostar a que ni siquiera con Akanishi sonreía de esa manera, una sonrisa que parecía demasiado cálida para cualquier otra persona, pero que en su rostro, se veía tan adorable que incluso me hacía sonreír. Una sonrisa que de algún modo me recordó la cálida y brillante sonrisa que me salvara de mí mismo aquella tarde en una librería de Yokohama… mi ánimo decayó hasta el sótano en una fracción de segundo, discretamente me levanté de la mesa so pretexto de que se había terminado mi bebida y caminé lejos de las miradas de los demás. Me parecía descortés deambular por una casa ajena, así que me limité a salir al jardín lateral, el mismo que había visto cuando llegáramos y me quedé de pie bajo ese enorme sakura que no poseía nada de espectacular en esa época del año sin sus millones de flores… una impresión que de cierto modo me hacía sentir aún más deprimido. ¿Así me veía yo ahora que no tenía las sonrisas de Tat-chan? ¿Alguna vez podría volver a florecer mi propia sonrisa como antes aún si no era debido a Tatsuya? Apoyé mi mano en el tronco… nunca me había sentido tan frágil. Sentía que mis ojos se habían llenado de lágrimas pero no podía permitirles salir. No era el momento y definitivamente no era el lugar. Respiré profundamente un par de veces tratando de recuperar la compostura. Miré hacia abajo parpadeando constantemente para hacer desaparecer a las malditas que habían logrado colarse hasta mis pestañas… y entonces la vi… un solitaria y pequeña flor de color rojo que crecía entre las raíces y el musgo. Una amarga sonrisa se dibujó en mis labios. Qué extraña coincidencia era aquella.
-¿Acaso eres mi respuesta…?- Dejé caer mi cuerpo hasta quedar de rodillas, mi mano aún sobre la madera, mis ojos fijos en esa mancha carmín, mis lágrimas sin poder ser ya contenidas. Lloraba, y aun así, sonreía a causa de la pequeña flor.
-Amapola roja…- Su voz me sobresaltó. ¿Hacía cuánto que estaba ahí? -…increíble que esa pequeña luchadora sobreviva todavía a estas alturas del invierno, no crees?… cuando llegué creí que ya no florecería, la he estado observando cuidadosamente desde entonces… supongo que estaba esperando por la persona indicada…- No me atrevía a voltear o a moverme. Lo que menos quería era que se diera cuenta de que estaba llorando. -…y supongo que este año, esa persona tampoco era yo…- De pronto su tono fue tan nostálgico que me pregunté cómo se veía con una expresión así de abatida en su rostro. -…las flores que planté nunca han florecido para mí…- Sus pasos se detuvieron a un metro o menos de mí. -…y a de ello, sigo esperando que algún día lo hagan, por eso no dejo de mirarlas…- Seguí inmóvil. Silenciosamente tratando de cortar mis lágrimas y escuchando detenidamente sus palabras sin ser capaz de entender a qué se refería en realidad. -…aún si ellas nunca se dan cuenta.- Sentí que ponía algo ligero sobre mi cabeza y luego el sonido de sus pasos alejándose. Llevé mi mano a mi cabello. Un pañuelo. Gris claro con unas pequeñas sakura bordadas en rosa. Algo tan impropio de Tomo. Una risita se me escapó. ¿Cuántas cosas más descubriría sobre él antes de que terminara esa semana?

Mi humor no había mejorado mucho después de esa noche, pero ya no me sentía tan mal. Esas dos mañanas había salido a mirar la pequeña amapola, era algo tan tonto y trivial, pero lograba darme ánimo para sonreír y querer pasar tiempo con mis amigos. Habíamos ido a Otaru a la playa, comimos calamar hasta reventar, habíamos jugado con fuegos artificiales, contado historias de terror y hasta cantado alrededor de una fogata a la luz de las estrellas, simplemente había sido divertido y me había olvidado de todo lo que me agobiaba. Al tercer día, me había quedado dormido, había hecho tanto frío cuando regresamos que no me había podido despertar a primera hora, quería quedarme dentro de los futones toda la vida. Ante ese pensamiento, me levanté sobresaltado. Había empezado a nevar esa mañana. Salí corriendo al jardín, sin suéter y sin zapatos, solo preguntándome si la pequeña flor seguiría ahí. Abrí la puerta y para mi sorpresa, Tomo estaba ahí, durmiendo como si fuera lo más normal del mundo, recargado contra el tronco de cerezo, había puesto una sombrilla sobre ella, estaba a salvo. Suspiré aliviado e inclusive sonreí.
-Ne…- Me acerqué a él y le piqué la mejilla con el dedo… su rostro estaba helado. –Oye…- ¿Hacía cuánto que estaba ahí afuera? Puse mis manos en sus mejillas y acerqué mi oreja a su nariz: respiraba tranquilamente.
-Mmm…- Se removió sin abrir los ojos y puso sus manos sobre las mías, también las tenía heladas. -…que calientito…- Esa estúpida sonrisa suya tan adorable se dibujó en sus labios y poco a poco abrió los ojos. Era la primera vez que lo tenía tan cerca y era tan extraño que no pude evitar ponerme de pie bruscamente.
-No deberías estar aquí afuera con este frío…- Estornudé. Entonces recordé en qué condiciones había salido de la cama.
-¿Y me lo dice el que sale a ver la primer nevada como si fuera al Tanabata?…- Sonrió poniéndose de pie y quitándose la chamarra para colocarla sobre mis hombros. -…será mejor que entres y te abrigues un poco, sería una lástima que volvieras a enfermarte en vacaciones, la última vez no te fue muy bien…- Dijo divertido pero no en broma mientras caminaba de regreso al interior. Inevitablemente le seguí con la mirada. ¿Cómo sabía él que me había enfermado en las últimas vacaciones?, NADIE había sabido de ello porque no se lo había dicho a nadie, nuevamente me había quedado en cama todos esos días, ¿mi hermano se lo había dicho? Cada vez me sentía más confundido por las cosas extrañas que hacía y decía ese chico cuando estábamos a solas. Cuando entré, encontré sobre la mesa de la cocina una taza de chocolate caliente con una nota adhesiva pegada que tenía una tortuguita sonriente dibujada que decía “no te enfermes!”, la miré sonriendo por el detalle y la despegué antes de beberla. La nota había ido conmigo de regreso a la habitación después de terminar la bebida.

El cuarto día parecía transcurrir con tranquilidad. Era el último día del año y todos estábamos alistándonos para visitar el templo y luego asistir a un concierto al que nos había invitado un amigo de Toma-san cuando estuvimos en Otaru, al parecer tocaría la banda del amigo de un amigo suyo y eran realmente buenos, así que habíamos aceptado asistir. Subimos a la camioneta y partimos rumbo al centro de Sapporo después de haber presentado nuestros respetos en el Santuario. Parecía una forma realmente genial de acabar el año y darle la bienvenida al nuevo. El concierto había empezado una hora antes de la media noche y terminaría una hora después. Las bandas que se habían presentado hasta entonces eran realmente buenas, todos nos estábamos divirtiendo de lo lindo. Y así hubiera sido por el resto de la noche de no ser porque había ido a dar el peor infierno imaginable.
-Kame-chan…- Ahí frente a mis ojos, estaba Ueda, con un corte de cabello diferente, algunos mechones de otro color y un peinado muy a la rock star que resaltaba sus ojos oscuros maquillados como sus ídolos del visual kei, vistiendo oscuros pantalones de mezclilla medios rotos de las piernas mostrando pequeñas porciones de su nívea piel, una camisa de terciopelo negro con tiras de piel cruzadas sobre el pecho sujetas con hebillas de diferentes tamaños y unas botas desgastadas de gamuza que lo hacían ver realmente sexy y genial. Sus labios rojos habían perdido la sonrisa traviesa que había tenido segundos antes… mientras se besaba con ese chico de cabello ondulado y negro y sonrisa endemoniadamente atractiva que llevaba un pantalón de lino negro, una camisa blanca con las mangas recogidas descuidadamente y un chaleco de vestir a medio abotonar rematando con un sombrero de medio lado dejando ver esos distintivos lunares junto a su ojo derecho... Akanishi Jin. Mi mundo colapsó en un segundo. Mi pecho dolía. No podía respirar con normalidad. Mis piernas se sentían de gelatina.
-Oh, vaya, mira qué tenemos aquí…- Me di la vuelta para salir corriendo de ahí antes de que su lengua venenosa hiciera de las suyas y terminé estampándome con alguien que olía a frutas y maderas, un aroma que últimamente se había quedado atascado en mi nariz. –Ah! Yamapi!- Lo escuché sonreírle. Contrario a mis deseos, levanté la mirada y me topé con sus ojos claros. Mis lágrimas corrían a través de mis mejillas. Su expresión mientras me miraba me desarmó. ¿Estaba preocupado por mí? Me sentía realmente patético. No quería que ni Akanishi ni Ueda me vieran así.
-Kame-chan… yo…- Me estremecí al escucharlo justo detrás de mí. Nuestras miradas seguían conectadas. Solo quería salir de ahí. Sentí su brazo rodear mi espalda con suma delicadeza al tiempo que me empujada suavemente llevándome consigo lejos de ahí perdiéndonos entre el ruido y la multitud. Afuera hacía frío, no habíamos tenido tiempo de ir a donde estaban los demás por nuestras chamarras. Mis sollozos se materializaban en el aire como pequeñas nubes blancas que se entremezclaban de a poco con su respiración. No quería estar ahí. Empecé a caminar sin ningún rumbo. Solamente quería irme a mi casa y llorar lastimeramente en la seguridad de mi habitación, ser abrazado por mamá, consolado por las amables palabras de Koji-nii, sentir las palmaditas en mi pierna que para Yuya-chan eran un “aquí estoy”… simple y sencillamente necesitaba sentirme protegido por aquellos que me amaban.
-Kazuya…- Su voz tan queda y llena de preocupación fue como un interruptor. Me detuve. Estallé en llanto ahí a media calle cual niño pequeño.  Estaba cansado. Cansado de haberme callado tantas cosas por no parecer egoísta, de haberme limitado de tantas cosas por no parecer inmaduro, de haberme tragado tantas cosas por no parecer mimado,  de no haber pedido tantas cosas por no parecer infantil… Estaba harto de pensar siempre en todos menos en mí. Harto de no poder ser yo mismo por temor a defraudar a todos. Harto de vivir sin ser libre. Y ahí estaba él, mi eterno enemigo, ese que no quería que viera ninguna de mis debilidades, mirándome como si temiera acercarse por miedo a que me rompiera en mil pedazos, incapaz de moverse un milímetro por miedo a que mi llanto empeorara… corriendo hacia mí y estrechándome con fuerza entre sus brazos. –Todo estará bien… llora… no pasa nada… aquí estoy… no iré a ningún lado…- Desbordando tanta paz y amor que no pude sino abrazarme con fuerza a su camiseta y seguir lloriqueando como si de ello dependiera mi vida. A estas alturas ya todo daba igual.
-¡Kame-chan!- A lo lejos escuché su voz agitada. –Hablemos por favor…-
-¿No crees que ya has hecho suficiente?- Contrario al tono con que me había hablado a mí, a Ueda le espetaba aquello con tanto rencor que incluso escuché su corazón latir con más fuerza.
-Esto es entre Kame-chan y yo… tú no tienes nada que ver…- Nunca había escuchado a Ueda usar ese tono de voz tan frío.
-No creo que Kazuya quiera escucharte… y eso, claro que tiene que ver conmigo…-
-Que reencuentro tan poco emotivo, chicos…- Tomo me soltó poniéndome detrás de él para encarar a su amigo. –¿No creen que esto está un poco sobrado?... ¿En serio? ¿Una escenita de telenovela barata?...- Sus sarcasmos me dolían más que cualquiera de las veces anteriores que podía recordar.
-Jin, basta… mejor entremos… somos los siguientes en subir al escenario…- Ueda sonaba desesperado.
-Yamapi, no me irás a decir que sigues enamorado de ese niñato bueno para nada, verdad?- Al escuchar aquello sentí un golpe en la boca del estómago. ¿Qué acababa de decir? ¿Por qué todo tenía que ser para él un motivo de burla? Tomohisa no se movió ni dijo nada pero sus manos se veían rojas de tanta fuerza con que las empuñaba a sus costados.
-Jin... basta.- Su voz sonaba tan rara. Nunca lo había escuchado hablar en ese tono.

–Bromeas, verdad? ¿Sigues enamorado de él y todavía no se lo has dicho? ¿En serio, aun después de tanto tiempo? ¿Aún con todas las cosas inútiles que has hecho para estar cerca de él? ¿Aun después de tus grandes esfuerzos por odiarle y que te odie para olvidarlo?-
-¡Jin, dijiste que nunca hablarías de eso frente a Kame-chan!- ¿De qué hablaban? ¿Incluso Ueda lo sabía? Tenían que estar bromeando. Eso no podía ser verdad... nosotros éramos enemigos jurados.
-Yo…- Ni siquiera sabía qué quería decir pero no pude decir nada porque su voz me interrumpió.
-Sí… sigo enamorado de Kazuya como desde la primera vez que lo vi, no me arrepiento de haber usado a su hermano para poder pasar tiempo en su casa después de clases o hasta en vacaciones, ni de haberme matriculado en una escuela lejos de mi casa sólo para estar cerca de él, ni de haberle hecho y dicho tantas cosas desagradables tan solo por tener un poco de su atención, así como tampoco me importa que siga siendo un amor no correspondido mientras pueda verlo sonreír y ser feliz… así que entenderás que no esté de acuerdo con que quieras hablar con él después de todo lo que le has hecho, Ueda-san…- Su voz temblaba, del mismo modo en que su cuerpo lo hacía, pero sabía perfectamente que no se debía al frío. Estaba conteniéndose. Completamente molesto. Era algo que ya había visto con anterioridad. Solo era capaz de contemplar su silueta de pie delante de mí, esforzándose en protegerme de lo que amenazaba con lastimarme aún si en el proceso, él mismo estaba siendo lastimado.
-¡Ay, Pi, por favor! No me vengas con sermones cursis… ¡Tat-chan no le hizo nada! La tortuga fue la que quiso terminar su relación sin ninguna explicación, ¿y todo por qué?, ¿por qué ya no podían verse cada semana y llamarse a diario? Si realmente hubiera sido amor, ellos…-
-¡CÁLLATE! ¡Tú no sabes nada! ¡Así como tampoco lo sabe Ueda! ¡Él nunca quiso saber mis razones! ¡Nunca le importé ni un poco como para el menos haberse enojado conmigo y haberme gritado por teléfono exigiendo una razón!- Me sabía tan extraño llamarlo por su apellido. –¡Ha pasado casi un año! ¡Y nunca me buscaste! ¡¿Tienes idea de lo mal que lo pasaba?! ¡¿De todas las cosas que nunca te dije por temor a causarte problemas o preocupaciones innecesarias?! ¡¿De cuántas veces me quedé con las ganas de verte o escucharte porque estabas demasiado ocupado?! ¡¿De todas las cosas que quise preguntarte porque nunca me contabas nada?! Siempre tan distante, tan reservado, tan lleno de secretos… tan lejos de mí…- Había explotado. Mi voz sonaba tan extraña a medida que dejaba salir todo aquello que me había ahogado durante tanto tiempo. –No se trataba de vernos siempre o de hablar todo el tiempo… era cosa de confianza y comunicación y tú rompiste todo eso…- Él también lloraba. –Yo fui en contra de todo y de todos por lo que sentía por ti… incluso de mi propia sangre… sin esperar nada a cambio, simplemente porque te amaba y quería estar contigo… y tú… ¡tú solamente me dejaste a un lado cuando más te necesitaba porque no tenías tiempo para nada ni nadie que no fueras tú mismo!...- Tomé aire. Sentía que en cualquier momento me iba a desmayar. Mis piernas se sentían tan ajenas a mí. –¿Pero sabes?... al menos ahora podré dormir sabiendo que tú si eres capaz de sonreír nuevamente… aún si esas sonrisas van dirigidas a un imbécil como él…-
-Kame-chan…- Dio un paso hacia mí.
-Hemos terminado… No quiero volver a verte…-
-No, Kame-chan, escúchame…- Un paso más. No lo quería cerca de mí. Sabía lo que él me provocaba. Sabía que aún después de todo lo que había pasado, si me miraba con esos ojos y me hablaba con ese tono, terminaría cayendo de nuevo a sus brazos… y no quería.
-Yui-nii tenía razón… Al final, sí terminé arrepintiéndome de haberme enamorado de ti… No valía la pena.- Había tanto odio en mis palabras que no era para menos que me mirara de ese modo.
-Kazuya, basta, te haces daño…- Sentí su mano en mi muñeca y un tirón que me obligaba a dar media vuelta perdiendo de vista aquella escena en la que Ueda lloraba en brazos de Akanishi a medida que me arrastraban calle abajo.

Lo siguiente que supe es que volvíamos a la casa de Toma-san en taxi y que Tomo le medio explicaba lo que había pasado por teléfono sin darle demasiados detalles, casi como si la persona al otro lado de la línea supiera exactamente lo que había sucedido sin necesidad de palabras. El resto del trayecto estuvo sumido en un doloroso e incómodo silencio. Podía sentir su mirada de tanto en tanto sobre mí, pero no era capaz de enfrentarlo después de todo lo que había pasado. Llegamos y aproveché que pagaba para escapar fuera del coche lejos de su mirada. Al llegar al jardín, mi atención se desvió hacia cierto punto al fondo junto al estanque. La sombrilla seguía ahí, manteniendo la pequeña amapola roja a salvo del helado viento que soplaba esa noche. El cielo se iluminó de colores. El año había terminado. Los fuegos artificiales lo dejaban en claro. Mis lágrimas volvían a resbalar silenciosas a través de mis mejillas. Algo cálido rodeaba mi cuerpo. Tomo había sacado su chamarra y me la había puesto encima.
-No se suponía que las cosas sucedieran así…- Se quedó de pie detrás de mí, tan cerca que podía sentir el calor emanado por su cuerpo en mi espalda. -…lo siento.-  Y nuevamente el frío que se hacía mayor a medida que se alejaba de mí.
-Ne…- Se detuvo. -…¿por qué esa pequeña amapola fue capaz de florecer aun en circunstancias tan difíciles?- Una ligera risita se le escapó.
-Por qué estuve mirándola y cuidándola todo el año… desde el día que la planté… -
-¿Y por qué decidiste plantarla en este lugar tan deprimente?...-
-Porque en medio de la crueldad era donde iba a encontrar las fuerzas suficientes para mostrar su verdadera belleza…-
-Eres extraño…-
-Ambos lo somos…- Reímos. –Vamos, será mejor que entremos. De verdad no quiero que pesques otro resfriado, no querrás que sea tu primer recuerdo de este año, verdad?...-
-No, no lo será…- Me miró confundido. -…ya tengo un recuerdo mucho mejor en mente…- Caminé hasta la terraza y me quedé frente a él sonriéndole. Mirando su verdadera belleza por primera vez.


-Creo que este año te tocará por fin ver florecer las flores…- Se había detenido afuera del Auditorio, diploma de graduación en mano, apenas al escuchar mi voz. Me miró de ese modo extraño en que siempre me miraba, del mismo modo que siempre me había sacado de quicio, como si mirará a través de mí desarmándome por completo, viendo todo lo que yo siempre me esforzaba en ocultar.
-Eso sería un milagro que no creo que suceda, todavía no es primavera… además no iré estas vacaciones a casa de Iku…- 
-Baka… en serio que nunca te enteras de nada…- Caminé hasta donde estaba y tomé su mano para darle lo que había mantenido oculto en la mía. –Es la primera de este año…- Su cara fue todo un poema cuando vio la pequeña flor de cerezo rosada enmicada junto a la pequeña tortuguita sonriente de color verde que había recortado de una vieja nota adhesiva que había guardado hasta entonces.
-Kazu…- Sus ojos pasaron de lo que yacía en su palma a mi rostro. Su reacción fue todo menos lo que hubiera imaginado que haría. Me abrazó con fuerza, riendo bobamente pero incapaz de articular alguna palabra, tan sólo estrechando mi cuerpo contra el suyo.

Todo sucedió de un modo tan lento que apenas si fui consciente de lo que pasaba hasta que había sido demasiado tarde. Todas las personas que conocía se conectaban unas con otras formando una enorme, complicada y frágil telaraña que nunca antes había sido capaz de ver. Una telaraña que estaba llena de soledad y calidez. De tristezas y alegrías. De mentiras y verdades. De engaños y realidades. Y en medio de todo ese caos bipolar que era mi vida, lo único constante y seguro que conocía era Tomo. La sombrilla que me había protegido de la lluvia y del viento. La espina que me había enseñado a ser fuerte y a defenderme. Las manos que siempre habían cuidado que incluso una pequeña y rebelde flor pudiera florecer aun en un cruel invierno. Para cuando traté de pensar en ello, ya era demasiado tarde… me había enamorado perdidamente de mi peor enemigo. 
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